¿FELIZ NAVIDAD?: ¡ES POSIBLE!

 

Navidad

Luces, regalos, comidas, celebraciones…todas estas palabras se asocian con la Navidad. Se organizan encuentros con amigos y cenas familiares y nos gusta dejarnos llevar por la creencia de que un mundo más justo y bondadoso es posible.

 

Lo cierto es que aunque en Navidades todo parece invitar a la felicidad muchas personas viven las Navidades con apatía, rechazo y tristeza, sin saber muy bien la razón.  Para algunas personas, se acentúa la sensación de soledad y fragilidad, a pesar de estar rodeados de abundancia y bienes materiales. Para otras, se agudiza la sensación de estrés, de tener que llegar a todo y hacer un esfuerzo extra por complacer a todos. Por no hablar de las relaciones familiares. ¿Qué nos ocurre en estas fiestas  que unos las aman y otros las viven como una carga por la que hay que pasar?

 

Igual que en la maravilloso Cuento de Navidad de Dickens Mr Scrogge recibía la visita de 3 fantasmas de la Navidad, en el caso de muchos de nosotros, también hay 3 “modelos” de Navidades que cohabitan en nuestra mente. La Navidad pasada representa el periodo lleno de magia e ilusión que vivimos de niños. La Navidad presente es la que  llegara en apenas dos semanas. Y la Navidad futura…¡Oh! La Navidad futura es una Navidad soñada  llena de felicidad inconcreta y misteriosa que nos remite a la infancia, pero que queremos recuperar de mayores.

 

En la NAVIDAD PASADA, aprendimos la emoción de la Navidad. Aprendimos de la magia de creer en Santa Claus, el Olentzero, los Reyes Magos. Aprendimos en muchos casos del misterio de la religión. Aprendimos de las ciudades engalanadas, de las vacaciones escolares. De los dulces,  los escaparates llenos de juguetes y miniaturas que reflejaban ciudades perfectas donde los patinadores daban vueltas con precisión en un mundo de colores siempre vivos.  Aprendimos que las personas sonreían más, había más alegría, nos veíamos con nuestros primos y familiares lejanos…Los mayores siempre se ocupan de ocultar sus problemas a los niños, con lo cual esas Navidades familiares de nuestra infancia, solían ser lo más cercano a un estado de felicidad continua donde se nos trasmitió cuales eran nuestras raíces, nuestras tradiciones y nuestro marco familiar. En definitiva, lo que hoy conforma nuestros valores.

 

Luego vamos creciendo y a esa imagen idílica se añaden nuevos elementos, en general, menos agradables. Las tensiones familiares y el stress de tener que atender a mil detalles para llegar a todo y a todos. La conciencia de que ese “espíritu Navideño” no suele durar más allá de las fiestas. Y aunque te rieras un montón con tu compañero o tu jefe en la fiesta de empresa, en realidad no le tragas. A esto se suma la presión mediática y consumista de lo que debe ser la Navidad: regalos, viajes, gastos y más gastos. También salen a la luz la profunda desigualdad de una parte del mundo sumida en la opulencia (donde estamos nosotros, no lo olvidemos) mientras la otra se muere de hambre. Nos damos cuenta de la soledad de los mayores y los enfermos. Empieza a haber ausencias en nuestro seno familiar que toman mucha presencia en estas fechas. Esa amalgama es lo que nos da nuestra NAVIDAD PRESENTE. Por todo eso, las Navidades se van vaciando poco a poco de contenido, de esencia, y se van convirtiendo en algo vacío, que nos vemos “obligados”  a repetir año tras año, porque así lo marcan las fechas. Mucho automatismo y poca emoción. Y en la medida en que nos vamos alejando de esos VALORES que representaba para nosotros la Navidad, la vivimos con más tristeza  o más hastío dependiendo del grado de compromiso y desconexión con nuestros valores. Y cuanto más desconectados, más nos aflora el conflicto de esos sentimientos confrontados en estas fechas.

 

Porque en el fondo de nosotros, subyace  la sensación de que ES POSIBLE UNA NAVIDAD DIFERENTE. Una Navidad donde permanece intacto el espíritu de magia e ilusión de la infancia, porque todos llevamos dentro el niño o la niña que fuimos. Es nuestra NAVIDAD FUTURA o SOÑADA. Una Navidad en la que nos volvemos a reencontrar con nuestras emociones más profundas. En ella tendrán cabida tanto emociones propias de nuestra infancia que ahora hemos olvidado, como la ilusión, la magia y el disfrute, como aspectos más propios de la personalidad adulta: la solidaridad,  la espiritualidad, la generosidad y la  amabilidad.

 

Porque como dice Bill McKibben “No existe la Navidad ideal, solo la Navidad que decidimos crear como reflejo de nuestros valores, deseos y tradiciones.”

 

Podemos “decorar” nuestras Navidades con todo aquello que realmente consideremos valioso en nuestro corazón. Debemos entender que tenemos a nuestra disposición un ESPACIO DE LIBERTAD TOTAL, donde recuperarnos a nosotros mismos de forma integra: en niñez y madurez.

Convertir la ausencia en presencia: perder a un ser querido (II)

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En mi anterior post hablaba de cómo la pérdida de un ser querido nos “llama” a crecer en el terreno de la espiritualidad. Hacía alusión a cómo, si nos atrevemos a escuchar esos tañidos de campana y cruzamos las puertas del alma para buscar respuestas a preguntas difíciles, posibilitaremos transformarnos desde esa nueva dimensión para extraer un aprendizaje de vida de una situación tan dolorosa. Este aprendizaje nos va a permitir una de las formas más bellas de amor del ser humano: convertir la ausencia de ese ser querido en una presencia vívida, llena de intimidad y  paz.

 

Aunque a muchos les parezca algo imposible, se puede lograr. Para ello, debemos aprender a integrar en nosotros el LEGADO PERSONAL de quienes hemos querido y hemos perdido.

 

Seamos conscientes o no, todos tenemos un legado personal que transmitimos. Por legado, no me refiero tanto a las cosas  que esa persona hizo en su vida, sino al  para qué las hacía. ¿Cuales eran los valores rectores que movían a esa persona? ¿En qué creía, por qué luchaba, se emocionaba y  se comprometía? Eso es lo que en coaching llamamos  la ESENCIA de las personas. Acceder ahí es acceder al núcleo más íntimo del ser humano, que nada ni nadie nos puede arrebatar y que queda vacante, a disposición de que alguien recoja el testigo,  tras la muerte.

 

Así mi amiga Clara, que ha perdido a su padre, desde un primer momento me habló de cómo ahora se ocupará de preservar su legado: el de un hombre centrado en “mantener una familia unida”,  que combatía con los medios a su alcance la injusticia y que mostraba su amor a la humanidad mediante su profunda amabilidad.

 

En el caso de mi hermano su esencia hablaba de alguien apasionado, luchador, vitalista y experimentador de la vida. Capacidad de superación, aventura, disfrute, optimismo, creatividad y curiosidad también eran valores muy en su esencia.

 

Para que la esencia de una persona continúe presente entre nosotros y se transmita, primero hay que descubrir y saber  cual es ese conjunto de cualidades que en ellos se expresaban de forma única. Ahí estará su legado. Una vez lo sepamos, debemos elegir el recordar a través nuestro a esas personas. No sólo necesitamos ser conscientes de cuales son esos valores, sino también permitir que lo mejor de ellos pase a manifestarse en nosotros: en las decisiones que tomamos, en cómo enfrentamos y vivimos la vida. De este modo, habrá una nueva oportunidad para que se exprese su esencia en esa vida que ellos ya no tienen oportunidad de vivir.

 

En mi caso, cuando me miro al espejo, encuentro ahora en mi muchas de las características propias de mi hermano. No pervive tan sólo en mi recuerdo: está presente en una forma de ser y de hacer que le era propia y hoy se ha amalgamado con la mía, enriqueciéndola.

 

No hablo de vivir por ellos o hacer lo que ellos hubieran hecho…su vida se ha perdido y eso no tiene vuelta atrás.  Hablo de  convertirnos en la persona que ellos contribuyeron a forjar. Eso es lo que hace que continúen con nosotros y nos devuelve la esperanza. Más que con mis lágrimas (que también las hubo), la desesperación o la tristeza, es a través de la memoria de ese pasado que se ha escrito en nosotros, que los que han partido nos pueden  acompañar.

 

Sin duda, el último regalo que podemos dar y recibir al perderlos es “convertirnos en la persona que ellos nos convirtieron en parte y vivir las vidas que esas personas que tanto amamos contribuyeron a desarrollar para nosotros”.  ( M. Rowlands).