Hablemos hoy de AMOR.

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Me encuentro con una amiga a la que no veo hace tiempo. Empezamos a charlar, clásico “qué tal, qué tal”. Hoy hay algo diferente en ella. La noto evasiva. No me mira a los ojos, parece que le cuesta expresar lo que siente, como si un nudo le cerrara el paso de las palabras. Poco a poco se va soltando. Empieza, una vez más a lamentarse.

A lamentarse de su vida. A lamentarse de su situación personal. A lamentarse de su marido. Otra vez.

Porque no es la primera vez que la escucho estas palabras. Tristemente, son las mismas que me viene repitiendo en los últimos 5 años. Cada vez más quejumbrosa, cada vez más desesperada. Me explica cómo la actitud de su marido que no contribuye como ella esperaba en las tareas del hogar y en la educación de los niños, ha provocado que se distancien. Ella tiene que cargar con todas las responsabilidades, el no se hace cargo de nada. “Llega a casa y se va al gimnasio y no se da cuenta que sus hijos no han estado con él en todo el día y le necesitan. Y yo tengo que hacerme cargo de todo, porque si por él fuera los niños ni cenarían. Jamás me ayuda con nada de la casa y yo me paso el día ocupándome de todos y todo, sin tiempo para mí. Por él puede quedarse todo sin hacer. He intentado hablar con él mil veces, pero es como hablar con una pared. Estoy harta de repetirle las cosas y que él no preste atención, no me haga ni caso. Y lo que es peor, nos estamos distanciando cada vez más. Yo no sé adónde vamos a llegar… Siento que no le importamos en absoluto.”

“Vaya” os estaréis diciendo…”¿pero no íbamos a hablar hoy de AMOR?”.

Sí. Hoy quería hablaros de AMOR. Pero de amor con mayúsculas. No de amor con miseria. Quería hablaros de empezar a AMARNOS BIEN y dejar de QUERERNOS MAL.

Quizás hayáis oído esto mismo de otras personas. O incluso, quizás alguno de vosotros ha pensado esas mismas palabras, esos mismos reproches respecto a su pareja, alguna vez. Porque son tan comunes, que en alguna ocasión, todos hemos sido esa amiga ficticia a la que he prestado palabras y quejas que oímos con demasiada frecuencia.

Si es así…¿Cómo habéis reaccionado al oírlas? ¿Os habéis llenado de simpatía por la persona que las expresa, entendiendo como es una victima de las circunstancias y habéis hecho todo lo posible por consolarla? O al contrario, algo os ha chirriado en la cabeza y os han asaltado dudas como: ¿quién le está negando en verdad sus necesidades a esa persona? ¿Quién no se está haciendo ni caso? ¿Quién no se está implicando con su vida y está viviendo una vida que no desea y no le hace feliz? ¿Quién está junto a una persona con la que no parece compartir un proyecto común en torno a un vínculo tan maravilloso como es la pareja o la familia?

Ambas perspectivas son muy distintas. En la primera perspectiva,  el problema es el otro. La falta de amor del otro, que no cubre mis necesidades. Que no me quiere como yo deseo que me quiera. Si las quejas no esconden el hacer a la persona consciente de una situación que debe cambiar en su vida y no la llevan a actuar para salir de ahí,  apenas conseguirá otra cosa que cierta simpatía y comprensión inicial. Luego, acaban cansando, aburriendo si no hace nada para salir de esa situación. Cuando las quejas se convierten en crónicas, convierten en víctima sin fuerza al quejoso, que a su vez, victimiza a cuantos le rodean. En la segunda, el problema estriba en mi mismo. Pongo el foco en mi, que no soy capaz de cubrir por mi mismo mis necesidades y exijo a otros que se hagan cargo de ellas. Yo que no sé poner límites en mi relación de pareja, ni sé crearme una vida propia interesante. Yo que no me escucho, que no sé qué es lo que deseo para mi vida o lo que es o no es negociable para mi. Yo, que no me quiero y necesito el amor de los demás para llenarme. Pero también yo, que tengo capacidad de comprometerme en construirme como persona y la responsabilidad de crearme  una vida a la medida de mis aspiraciones.

Hablemos hoy de AMOR. Y entendamos que el verdadero amor, ese que se escribe con mayúsculas, empieza por uno mismo. Eso es lo primero que deberían enseñarnos, lo primero que deberíamos aprender ya de niños.

 

 El amor no va de hombres y mujeres abnegados que se sacrifican a sus parejas, a sus hijos y acaban frustrados y rebotados, echando la culpa de sus desgracias a los que les rodean. El amor implica renuncias, está claro. Cualquier elección las conlleva. Pero cuando elegimos y lo hacemos en libertad, sabiendo lo que de verdad deseamos y no desde el desconocimiento de nuestras necesidades, se paga el precio con alegría. Amar de verdad siempre implica alegría. La alegría de lo que damos, de lo que compartimos, porque nos sale del corazón, porque deseamos hacerlo con generosidad. Pero siempre cuidando de nosotros mismos.  Siendo responsables de entregar el regalo de nuestro afecto a quien lo respete y lo valore.

El AMOR no es pelea, no es guerra, no es estar midiendo cuanto pone cada uno en la relación. Es tan sencillo como entregar lo que cada uno desea y darnos desde la libertad, sin llevar una lista de agravios  “yo más, tu menos”. Cuando surgen esos problemas, es señal de que nos queremos, pero nos queremos mal.  Estamos considerando inconscientemente al otro como “algo que nos pertenece” y tiene que cumplir unas expectativas que tenemos sobre esa persona o esa relación. Expectativas que muchas veces, no han sido consensuadas y que en la mayor parte de las ocasiones, ni somos conscientes de volcar en el otro.

 Y quererse mal suele estar directamente relacionado con falta de amor por uno mismo. No es que no sientas afecto por el otro, es que el vínculo que se crea está viciado, porque se basa más en la dependencia que en la libertad. Cuando queremos mal, el peso de nuestra felicidad, está depositado en el otro, no en nosotros. Cuando amar, es exactamente lo contrario: el peso de la felicidad siempre debe están en nosotros.Nosotros tenemos que ser de algún modo lo  primero, para desde nuestro bienestar, poder ofrecer a los demás lo mejor de nosotros mismos. Primero te llenas para darte después.

 

Insisto; no estoy diciendo con esto que en una relación no hay que renunciar a nada. Una relación implica muchas renuncias para adaptarse a un modo de vida y proyecto común, que ambos deben desear.  Si esas renuncias se viven como una carga, como algo que nos pesa, como un sacrificio, entonces no hay verdadero amor. Hay necesidad, cierta dependencia. Miedo. Porque cuando se ama de veras, nos sentimos felices, satisfechos. Nuestro destino, como dice Osho “ se está realizando al amar”. Estamos donde queremos estar, donde sentimos que pertenecemos. Y funciona igual cuando te amas a ti mismo. Estás feliz estando en tu compañía y te envuelve una profunda satisfacción. Todos pueden ver lo feliz que eres, transmites confianza y serenidad.

Hoy,  te reto a que busques ese amor hacia ti mismo, lo primero. Hoy, atrévete a darte amor. AMOR del bueno.

Todo lo demás, como por arte de magia, vendrá después.

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