Convertir la ausencia en presencia: perder a un ser querido (II)

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En mi anterior post hablaba de cómo la pérdida de un ser querido nos “llama” a crecer en el terreno de la espiritualidad. Hacía alusión a cómo, si nos atrevemos a escuchar esos tañidos de campana y cruzamos las puertas del alma para buscar respuestas a preguntas difíciles, posibilitaremos transformarnos desde esa nueva dimensión para extraer un aprendizaje de vida de una situación tan dolorosa. Este aprendizaje nos va a permitir una de las formas más bellas de amor del ser humano: convertir la ausencia de ese ser querido en una presencia vívida, llena de intimidad y  paz.

 

Aunque a muchos les parezca algo imposible, se puede lograr. Para ello, debemos aprender a integrar en nosotros el LEGADO PERSONAL de quienes hemos querido y hemos perdido.

 

Seamos conscientes o no, todos tenemos un legado personal que transmitimos. Por legado, no me refiero tanto a las cosas  que esa persona hizo en su vida, sino al  para qué las hacía. ¿Cuales eran los valores rectores que movían a esa persona? ¿En qué creía, por qué luchaba, se emocionaba y  se comprometía? Eso es lo que en coaching llamamos  la ESENCIA de las personas. Acceder ahí es acceder al núcleo más íntimo del ser humano, que nada ni nadie nos puede arrebatar y que queda vacante, a disposición de que alguien recoja el testigo,  tras la muerte.

 

Así mi amiga Clara, que ha perdido a su padre, desde un primer momento me habló de cómo ahora se ocupará de preservar su legado: el de un hombre centrado en “mantener una familia unida”,  que combatía con los medios a su alcance la injusticia y que mostraba su amor a la humanidad mediante su profunda amabilidad.

 

En el caso de mi hermano su esencia hablaba de alguien apasionado, luchador, vitalista y experimentador de la vida. Capacidad de superación, aventura, disfrute, optimismo, creatividad y curiosidad también eran valores muy en su esencia.

 

Para que la esencia de una persona continúe presente entre nosotros y se transmita, primero hay que descubrir y saber  cual es ese conjunto de cualidades que en ellos se expresaban de forma única. Ahí estará su legado. Una vez lo sepamos, debemos elegir el recordar a través nuestro a esas personas. No sólo necesitamos ser conscientes de cuales son esos valores, sino también permitir que lo mejor de ellos pase a manifestarse en nosotros: en las decisiones que tomamos, en cómo enfrentamos y vivimos la vida. De este modo, habrá una nueva oportunidad para que se exprese su esencia en esa vida que ellos ya no tienen oportunidad de vivir.

 

En mi caso, cuando me miro al espejo, encuentro ahora en mi muchas de las características propias de mi hermano. No pervive tan sólo en mi recuerdo: está presente en una forma de ser y de hacer que le era propia y hoy se ha amalgamado con la mía, enriqueciéndola.

 

No hablo de vivir por ellos o hacer lo que ellos hubieran hecho…su vida se ha perdido y eso no tiene vuelta atrás.  Hablo de  convertirnos en la persona que ellos contribuyeron a forjar. Eso es lo que hace que continúen con nosotros y nos devuelve la esperanza. Más que con mis lágrimas (que también las hubo), la desesperación o la tristeza, es a través de la memoria de ese pasado que se ha escrito en nosotros, que los que han partido nos pueden  acompañar.

 

Sin duda, el último regalo que podemos dar y recibir al perderlos es “convertirnos en la persona que ellos nos convirtieron en parte y vivir las vidas que esas personas que tanto amamos contribuyeron a desarrollar para nosotros”.  ( M. Rowlands).