Pánico en la capital: los demonios interiores

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Hace ya unas semanas y con mi motivo de mis vacaciones, pasé por Madrid en tránsito hacia Marrakech. Bajaba a la capital llena de ilusión y no solo por las inminentes vacaciones, sino porque  tengo una relación afectiva especial con esa ciudad.

 

A ello contribuyen muchas razones. Pero la principal es sin duda que quien fuera mi única pareja, vivía (y vive) en Madrid. Razón por la que yo hice allí mi formación como coach. Atesoro maravillosos recuerdos de aquella breve pero felicísima época. Si ya de antes me gustaba “la capi”, entonces se me consolidó  el deseo de vivir en Madrid algún día, aunque no sea de forma definitiva.

 

Por eso,  al llegar el domingo al mediodía y ver sus edificios radiantes bajo esa maravillosa e intensa luz de la meseta, nada me hacía  intuir lo que me esperaba esa tarde.

 

Al principio comenzó como un punto de nostalgia, al ir hacia el centro por la Castellana y pasar por delante de la casa de mi ex. Se me levantó como un revuelo de mariposas en el estómago, imágenes de todos los sueños que tuve en su día. Se me despertó de nuevo una profunda añoranza de todos aquellos momentos de maravillosa felicidad. Y a medida que pasaba la tarde,  y paseaba por esa ciudad en la que un día soñé vivir, empecé a venirme abajo. Sin que pudiera evitarlo, me empezaron a asaltar pensamientos debilitantes y negativos como no los había tenido en meses, ni en ninguna otra de las ocasiones anteriores que había pasado por Madrid.

 

No recuerdo en años una explosión semejante de demonios interiores,  que se fueron desatando en una macabra danza,  hasta sepultarme en una sensación de orfandad como no había conocido jamás. Tan profunda,  que ni todo el sol de la capital podía sacarme el frío que me metió en los huesos. Y allí, en Plena Plaza Mayor, y mientras mi madre cabeceaba en una dulce siesta delante de una “relaxing cup of café con leche”, no podía parar de secarme las lágrimas de desconsuelo que corrían por mis mejillas, totalmente desorientada por semejante tsunami emocional. En apenas 2 horas, me anegó en un mar de emociones encontradas, mientras en mi cabeza revoloteaban las imágenes de las cosas y personas que ya no tendría,  ni serían y de las oportunidades perdidas.

 

¿Os habéis sentido alguna vez como si caminaseis descalzos encima de los cristales de vuestros sueños rotos?  Pues así me sentía yo. Invadida por la profunda tristeza de que mis ilusiones siempre se acaban frustrando, de que nunca he llegado a dónde deseo y siempre he tenido que estar luchando en solitario, como una jabata, pagando con sangre sudor y lágrimas cualquier cosa que haya logrado, mientras a los otros todo les resulta más fácil.

 

No podía evitar rememorar cómo hace ya 5 años que arranqué con mi “hijo” profesional, llena de ilusión y confianza en lo que pensaba que iban a ser los años más hermosos de mi vida, en un proyecto a dos que la otra parte quebró de repente, sin ton ni son,  a los pocos meses de que yo me quedase “embarazada”. Y me vinieron a la cabeza,  como los flashes de una película,  los esfuerzos, los miedos, las decepciones de estos 5 años de desvelos y de entrega en esta crianza solitaria, en la cual,  sentí que, a pesar de todo el sacrificio y el esfuerzo invertido, de todas las renuncias que he tenido que hacer,  mi “niño” no había crecido ni lo más mínimo. Y probablemente, no iba a crecer nunca.

 

Y no sigo, porque creo que todos sabéis cómo son los demonios interiores. Una vez nos asaltan, no dejan títere con cabeza. Enfocados a ennegrecer cualquier situación por positiva que haya sido. A decirte lo poco que has logrado, lo mal que lo has hecho, cuanto has perdido para nada. Enfocados siempre en lo que no eres, ni serás. Enfocados en la oscuridad, en lo negativo. En lo que nunca conseguirás y lo que has tenido que dejar por el camino. Sus palabras preferidas son “Nunca” , “nadie”,  “jamás par ti”,  “ imposible” , “ lo has hecho todo para nada”, “ no lo lograrás” “ no puedes”, “ eso es para otros, no para ti”, “te falta capacidad, empuje, valentía, belleza, inteligencia…” Y así hasta el infinito. No hace falta que siga, porque estoy segura de que sabéis de qué hablo.

 

asesinato

Si. Esos son nuestros demonios. Algunos vienen de visita para una determinada ocasión. Luego se marchan y no regresan. Pero otros son recurrentes. Se ausentan una temporada, pero luego regresan inesperadamente. Y los peores, son los que se instalan como ocupas en tu vida, sin dejarte ni a sol ni a sombra.

 

Todos nosotros (y cuando digo todos, es TODOS)  hemos sufrido o sufrimos en algún momento el ataque de estos demonios. Momentos de desesperanza, de miedo, de negatividad. Momentos de orfandad, de envidia, de menosprecio. No podemos evitarlos, forman parte de la condición humana. Da igual cuanto los combatas: mutarán su forma y su color y regresarán. A los demonios interiores no se les puede cortar la cabeza; sacan una nueva. Sólo te queda aprender a conocerlos y aprender a gestionarlos. Si, has oído bien. Aprender a hacerte su “amigo”, para saber cómo tratar con ellos.

 

Claro, que ante el ataque de estos demonios, eso es lo último que se nos pasa por la cabeza. Nuestra reacción más frecuente es negarlos. Intentamos esconderlos en un sótano, (como los esqueletos que escondíamos en el armario). Pero igual que los esqueletos, tienen vida propia y vuelven a salir y presentarse en el momento más inoportuno causando estragos aún mayores de lo esperado. Ya se sabe que lo que niegas y no enfrentas, te esclaviza.

 

La segunda tendencia es a “escapar” de ellos mediante diferentes medios de evasión: con el alcohol, comiendo en exceso, trabajando a destajo, volviéndonos unos frikis de los deportes o haciéndonos adictos a las compras o la adrenalina. Casi todas las adicciones derivan de demonios internos mal gestionados. Demonios que intentamos anestesiar hiper-desarrollando hábitos destructivos.

 

La tercera tendencia, es sufrirlos sin hacer nada. Pensando que ya pasarán. Lo malo es que en ocasiones pasan, pero en otras se quedan llenándote de culpabilidad y vergüenza, hasta que acaban convirtiéndose en okupas de tu vida, arrastrándote con ellos al infierno.

 

¿ Te sorprende si te digo que  con cualquiera de estas opciones, lo único que conseguimos es perpetuar el problema?

 

 En el fondo, aunque no lo creas, esas reacciones emocionales encierran una oportunidad. Porque nos están indicando  que hay algo que se ha desajustado en nosotros. Nos están dando información muy valiosa. Son como luces de alarma que nos piden una “revisión interna”.  Puede que estemos pasando por un momento de estrés o fragilidad  y necesitamos prestarnos atención, o bien nos sacan a la luz situaciones no resueltas o no superadas,  que nos seguirá lastrando y sujetando mientras no seamos capaces de resolverlas.

 

Por eso es importante prestarles atención y captar cual es su mensaje.

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Para ello, la primera forma de hacerles frente es plantearse ¿cual es la emoción básica dominante que nos provocan?

¿Es tristeza? Entonces sabremos que hay algo de lo que debemos despedirnos o algo que estamos viviendo como una pérdida.

Si por el contrario, es ira, es probable que nos estemos sintiéndonos injustamente tratados, agredidos. ¿Por qué o por quién nos estamos dejando agredir? ¿ Dónde nos estamos dejando invadir o no sabemos marcar límites?

Si la emoción que subyace es el miedo, deberemos buscar el origen de nuestra vulnerabilidad. ¿Qué situación concreta provoca ese miedo? ¿ Ante qué o quién no nos sentimos aún suficientemente fuertes?

 

Esto que puede parecer una tontería, es la base de la inteligencia emocional: reconocer nuestras emociones, para detectar las señales de alerta emocional y encontrar la fuente del problema,  subsanándolo en la raíz.

 

Sólo que no tenemos consciencia emocional. No estamos educados ni acostumbrados a tratar con nuestras emociones y por eso nos desbordan. Y ahí es dónde se marca la diferencia entre la persona con recursos emocionales y la que no los tiene. La primera resuelve, la segunda revuelve.

 

En mi caso, una vez me tranquilicé mínimamente, bastaron unas horas de auto introspección para entender qué había desencadenado ese tsunami. Bastaron unas preguntas que ya son sencillas para mí a base de practicarlas una y otra vez para detectar qué me estaba ocurriendo:

 

¿Que es lo que no estoy aceptando?

¿Qué me indica esta situación  que necesito cambiar en mi o reforzar?

¿Qué necesito soltar o dejar ir?

 

En mi caso, mi “anticristo” venía de dos focos: el primero se originaba porque tras el trabajazo que he llevado a cabo este invierno, he llegado de nuevo a un punto en mi proyecto profesional, donde me toca salir otra vez a vender. Y aunque no lo supiera, me ha quedado grabada una sensación de “derrota psicológica” de la vez anterior, en la cual, a pesar de mis esfuerzos, no conseguí vender nada. Ese miedo me volvió vulnerable y permitió que se me removieran los posos emocionales.

Así que por una parte, he detectado que tengo pánico a dar el siguiente paso en mi proyecto.  Un tema que, con tan solo detectarlo, he podido poner “en orden” por mi misma.

 

No somos nuestro pensamiento

El otro foco, me costó un poco más detectarlo. Guarda relación mi leyenda personal y como tiene mucha “miga”,  lo dejo para un próximo post. Os avanzo que tiene que ver con la soledad del lider.

Así que aunque fueron unas horas infernales, resultaron útiles y he salido reforzada. Me permitieron detectar aspectos a mejorar y en los que debo superarme.

Claro, que yo tampoco podré extirpar mis demonios. Pero sí puedo trabajar los miedos que me hacen vivir encogida.

 

¿ y tú? ¿ qué estás dispuesto a hacer con tus demonios?

Soy María Díez Coach y con mi blog ofrezco un espacio de encuentro vital, reflexión y aprendizaje para personas comprometidas con su superación personal, familiar y laboral.

En él encontraras herramientas de inteligencia emocional para superar los obstáculos cotidianos y construirte una vida llena de fuerza, confianza y pasión. Una vida  a tu medida, que sientas que merece la pena vivir.

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9 comentarios en “Pánico en la capital: los demonios interiores

  1. Me encanta la última viñeta. Yo creo que estoy en la tercera imagen: me he dado cuenta de que existe la maraña sobre mi cabeza, estoy todavía intentando cogerla. Lo de desenredarla me parece muy complicado, lo de acabar jugando con ella me parece un sueño.
    Gracias por poner palabras a los sentimientos de muchos de nosotros.

    • Hola Pili, darse cuenta de que existe la maraña, es el paso más importante; sin él no puedes hacer nada. Después es cuestión de compromiso y valentía decidir qué quieres hacer con ella. A mi hace 5 años, me parecía imposible jugar con ella y me pasaba el día sumida en un carrousel emocional que ponía los pelos de punta en las bajadas. Y ya ves hoy: aunque mis demonios digan lo contrario, aquí estoy, criando en solitario mi proyecto profesional. Algo impensable para mi hace unos años. ¡Animo!

  2. Es impresionante cuanto me puedo reflejar en este post, el pasear por Madrid y sentir esa vida que no tendras.. La gente.. Oportunidades.. Sueños rotos.. Pero creo que tenemos algo que no todo el mundo conoce, saber que queremos! Sabiendo eso, como minimo no perderemos fuerzas en otras cosas… Podemos focalizar y tirar para adelante! Quizas la venta del Proyecto, no sea lo esperado.. O quizas si!! Aunque tambien considero, que tenemos que disfrutar mas con el camino, que esta siendo apasionante y lleno de sorpresas marabillosas como el conocerte Maria! Y las que nos quedan!! MADRID NOS ESPERA!!! 😉 Te deseo lo mejor!!

    • Hola Juan!!! sí que tenemos muchas cosas en común tu y yo…ese ansia de ciudad grande, esas ilusiones que se rompieron, ese sacar adelante a nuestros “hijos profesionales” en una soledad casi absoluta…y sobre todo, tenemos el saber adónde vamos y en quien nos está convirtiendo este camino. Es fácil mirar hacia lo que no somos y no tenemos…pero lo extraño es que es aún más difícil, mirar hacia lo que sí somos, lo que sí hemos sido capaces de hacer para llegar hasta aquí. Ahora que ya parece que les vamos “a quitar los pañales a nuestros niños”, nos falta quizás, celebrarnos, reconocernos y empezar a disfrutar un poco del camino…sabiendo que como bien dices; MADRID NOS ESPERA!!!!UN SALUDO.

  3. Querida María,
    Los planes que no se cumplen, los objetivos que no se alcanzan, los proyectos que se truncan… duelen tanto, sobre todo cuando uno ha puesto toda su ilusión en ello.
    Cuando parece que ya has pasado página, que ya lo has superado, surgen torbellinos de emociones que te indican que aún hay algo pendiente, esperando a que lo mires de frente y te ocupes de ello. Sólo alguien valiente como tú es capaz de hacer ese ejercicio de introspección del que hablas y tratar de averiguar qué está pasando por ahí dentro, el que busca encuentra y encuentra respuestas.
    Una vez más, gracias por tu post. Por cierto, la última viñeta ha ido directa al corcho de mi gabinete ¡es buenísima!
    Un besote

    • Buenas Laura!!!
      Leo tus palabras y es como leer la descripción de la vida misma. Y si…duelen y duelen mucho, pero por suerte, como bien dices, el que busca encuentra. Y encuentra respuestas que nos hacen subir un peldaño más en la espiral de la fortaleza y la aceptación desde la humildad, de lo que ha sido y lo que es nuestra vida.
      La viñeta es fantástica, ya dicen que una imagen vale más que mil palabras…
      Abrazo fuerte.

  4. Hola María:

    Como bien sabes me reconozco en esos miedos de los que hablas. Hasta hace unos años mi estrategia para afrontarlos era la tercera: sufrirlos sin hacer nada. Canalizaba mis inseguridades a través de un sentido del humor autodestructivo, que disfrazaba bajo una supuesta capacidad para reírme de mí mismo. He de reconocer que el autoengaño funcionó eficientemente durante los primeros años de mi juventud, pero al final mis bromas empezaron a hacerse repetitivas y acabé aburriéndome a mí mismo.
    Fue hace unos cuatro años cuando empecé a cambiar a lo que creo que sería la estrategia número 1: Esconderlos en el sótano. No es que los negara, pero puse un poco de estoicismo en mi vida y asumí que era un simple mortal y que había cosas que nunca podría superar. Así que finalmente los envié a las profundidades de las Minas de Moria y mi estado anímico ha mejorado considerablemente. Sé que en cualquier momento saldrán a la superficie, pero vamos tirando.

    Lo de enfrentarse a ellos… en fin, eso son palabras mayores y me da mucha pereza.
    Un abrazo.

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