Mis (invisibles) regalos de Reyes

¿ Consiste acaso la magia de los Reyes sólo en recibir regalos tangibles?
¿ Consiste acaso la magia de los Reyes sólo en recibir regalos tangibles?

 

No recuerdo cuantos años han pasado desde que dejé de poner mi zapato para los Reyes. Para mi disgusto, en mi casa la Navidad terminó rápido, demasiado rápido. La alegría que debieran habernos aportado estas fechas, fue pronto sustituida por unas celebraciones que bien podrían asemejarse a un cuadro de Hopper o Munch, donde habitan personajes encerrados en sus propios silencios,  intentando encontrarse desde una ilusión de celebración hueca y triste,  propia de quienes guardan dentro demasiadas ausencias y dolores sin expresar.

 

Sin embargo, durante los últimos años y quizás como rebeldía ante esa falta esperanza y esa perdida de la magia,  sí que recuperé la ilusión de escribir una carta a los Reyes Magos la noche del 5. Sabedora de que los Reyes no pasarían por una casa donde no había zapatos preparados ni comida para los camellos, al menos pedía para mí y  para los que me rodeaban todo tipo de regalos no materiales, ya que materiales, nos sobran. A la siguiente Navidad, recuperaba algunas de esas misivas y volvía a releerlas, buscando si alguno de aquellos deseos se había cumplido.  Y será porque no enviaba las cartas (aunque yo esperaba que los Reyes supieran leer mi corazón sin necesidad de hacerles llegar la misiva)  o vete a saber por qué.Pero nada de cuanto pedí  tomó forma en el transcurso de los años.

 

Por eso, este es el primer año que ni siquiera he escrito ya la carta. Después de la cabalgata me lleve a mi madre a pasear y ver las luces de Navidad, que todavía no había visto, y tan sólo me he ocupado de que los Reyes me dejasen algunos regalos materiales para mis sobrinos que viven en Navarra, con quienes íbamos a pasar hoy el día. Y se han portado bien. Se ve que no les importa tanto desilusionar a un adulto, pero jamás desilusionarán a un niño.

 

Así que una vez más, me ha tocado conducir por mi adorada autovía A15 camino a Navarra. Algo que como ya sabéis los lectores de este blog, es uno de mis máximos placeres. Y según conducía (y tal y como me sobrevienen a mi estas cosas) he caído en la cuenta de mi lamentable error al pensar que mis zapatos nunca se llenan de regalos.

 

Sin saber muy bien por qué, mi mente viajera al conducir,  me ha llevado a esas hileras de refugiados caminando por los campos de Europa huyendo de la guerra que todavía nos golpean desde las pantallas planas de última generación.  Es esa una imagen que no me sacudo del todo de las retinas. De hecho,  esa imagen de pesadilla ha habitado en mí desde que estudié la Segunda Guerra Mundial en el colegio y vi una foto similar en mi libro de texto. Mas tarde, se reforzó por algunas lecturas que narraban las vivencias de quienes vivieron esa guerra y los documentales.  Y desde aquello años de juventud,  ha continuado almacenada en mi memoria, alimentando uno de mis miedos más secretos: encontrarme en esa situación,  con mi madre mayor o mis hijos, huyendo de la guerra por las carreteras, con lo poco que hayas podido cargar en una maleta. Dejando todo atrás: casa, colegio, ciudad, idioma, dinero, amigos y familia.

 

 

Y al volverme hoy a la mente, reavivada por esas escenas que por desgracia ya se nos han convertido en habituales, he SENTIDO como los Reyes Magos llenan mis zapatos, no sólo el 6 de Enero, sino todos y cada uno de los días del año.

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Porque a mi lado llevaba mi madre dormitando a sus 81 años, tranquila, abrigada y protegida,  a pasar el día de Reyes con sus nietos. Porque mis sobrinos tienen una casa y un hogar y educación y salud y la posibilidad de vivir la magia de una noche como la de Reyes. Y no caminan en medio de los campos, con frío, salvando alambradas o jugándose la vida en pateras cruzando el Mediterráneo. Ni están en ninguna otra situación de penuria, como sufren tantos y tantos niños. Y no tan lejos de nosotros, pero sí lejos de la mayor parte de nuestras realidades.  Y todos gozamos de una salud excelente. Y porque yo tengo un trabajo, fortaleza emocional y amor suficiente para ser el pilar afectivo de muchas personas, aunque ello suponga por momentos, renuncias y esfuerzos.

 

Si, muchas veces, cuado he visto esas filas de refugiados, lo he pensado. Y me he sentido desgarrada por su tragedia. Y me he dicho “qué suerte tenemos los que no nos toca esto”. Pero era una idea en mi cabeza, en mi intelecto. No era comparable a la experiencia de alegría y calidez que he VIVENCIADO hoy al SENTIR una inmensa GRATITUD por cuanto poseo.

 

E igual que caen las cuentas de un collar cuyo hilo se ha roto, así se han ido soltando uno tras otro todos los regalos con que me obsequia cada día, cada segundo, cada minuto, la vida. Y por los que olvido sentirme infinitamente agradecida y confiada: la educación que he recibido, los amigos maravillosos que tengo, mi “imperfecta” pero adorada familia, mi desquiciante trabajo, las mil oportunidades que encuentro para crecer y superarme como persona, la ilusión de poder luchar por un porvenir aún mejor que este presente que ya es fantástico, aunque en mi casa no se pongan ya zapatos. Y tantos y tantos regalos más por los que me olvido demasiado a menudo de dar las gracias, dejándome arrastra por la vorágine y por clichés de felicidad vacíos que no responden para nada a las verdaderas necesidades humanas.

 

Al poco, mi madre se ha despertado y mirando el paisaje, con las cumbres de las Malloas de la sierra de Aralar azucaradas por las primeras nieves y los prados intensamente verdes cuajados de caseríos a sus pies, ha exclamado: “verdaderamente, es un lujo poder ir por esta autovía.” Algo sorprendente, porque mi madre es muy reservada y cuando se permite expresa alguna emoción, suelen ser quejas o tristezas. Así que algo del espíritu de la Navidad que me ha habitaba de le ha debido de contagiar.

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Y ya en Navarra “¡oh sorpresa”. Por primera vez en años he descubierto de nuevo algo parecido a la felicidad en mi hermano mayor. Algo que yo no le había visto, salvo en su boda y cuando el nacimiento de su primer hijo.  Por supuesto, no ha parado de protestar respecto al trabajo que da tener 3 hijos y lo “mal que se portan” y bla, bla, bla. Pero detrás de esas lamentaciones que le he escuchado mil veces, hoy no había agobio ni irritación. Sino que eran un defectuoso mensaje de felicidad y satisfacción.  E incluso le he visto prodigar muestras de cariño a mi cuñada, cuando es muy parco en efusividades en público.

 

Supongo que está ya más relajado y menos agobiado ahora que los niños van siendo un poquito más mayores, o quizás que como ha mi, a él también le han traído los Reyes una dosis de consciencia en forma de agradecimiento a todo lo que tiene y le han hecho entender que sin duda estamos en una de las mejores etapas de su vida. En cualquier caso, he visto un matrimonio unido y feliz con su familia, que es mucho más de lo que esperaba. Porque en nuestra casa, lo que siempre se ha llevado es “ser agonías”. Usar un mensaje “defectuoso” para expresar “por muy autónomo, capaz y responsable que sea, yo también soy vulnerable, muchas veces me siento cansado y triste y no me entiendo ni yo mismo y  necesito atención y cariño aunque yo mismo ni me lo permita sentir”.

 

Imagino que si hoy he podido sentir ese invisible “decodificador” de las emociones ocultas en esas protestas, es porque ya estoy madura para usarlo. Entiendo que estoy en una nueva etapa donde soy capaz de estar en relación desde el corazón. No desde mi cabeza, movida por ideas rígidas sobre lo que me gustaría que los demás fueran.

 

Por fin acepto lo que hay y lo que me ha tocado y lo amo.  Por fin soy capaz de redefinir cada encuentro, sin prejuicios y aceptar la “imperfecta” humanidad de los demás, igual que acepto mi “imperfecta” humanidad. Quizás porque antes  he aprendido a saber donde quiero que esté cada persona respecto a mi, qué espacio quiero que ocupe y cómo poner límites sin que marcarlos me cree un conflicto. Y porque he aprendido primero qué espacio quiero ocupar yo misma.

 

Por supuesto, mis sobrinos tan ideales como siempre y juntos nos lo hemos pasado bomba. La maravilla de rodearte de pequeños es que siempre nos regalan la posibilidad de conectarnos con lo que de niños queda en nosotros y  disfrutar sin límites, desde esa pureza y esa inocencia que se asombra con el mundo y cuanto ocurre a su alrededor.

 

Y yo, que pensaba que los Reyes no se acordaban nunca de mi, no puedo borrar la sonrisa de mi rostro, de entender todos los regalos acumulados durante años y que de pronto, me han llegado en este día. Y entiendo que los Reyes nunca nos desilusionan, sino que somos nosotros, con nuestra falta de gratitud y la mirada exigente y errónea sobre la vida, quienes acabamos por desilusionarnos.

 

Y a ti: ¿ qué te han traído los Reyes Magos?

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