Los buenos siempre ganan-(homenaje a mi hermana de alma rusa).

Nina y yo en el Parque de las Naciones.Ella siempre tan elegante y yo con esta pinta tan soviet!
Nina y yo en el Parque de las Naciones.Ella siempre tan elegante y yo con esta pinta tan soviet!

 

“Los buenos siempre ganan”. Menuda frase. Casi seguro que cada uno de nosotros la habremos escuchado en alguna ocasión de nuestra vida. Y es muy probable que haya sido dentro de alguna película de Hollywood, sobre todo si estaba ambientada en época de la Guerra Fría. Pero más allá de las anécdotas, lo cierto es que estas 4 palabras resultan muy potentes y dan para mucho debate. Y desde luego que por sí solas son capaces de despertar muchas emociones. Porque como siempre ocurre en la vida, somos nosotros, los que las recibimos, quienes las dotamos de sentido.

 

Yo misma las he escuchado bastantes veces. Pero hubo una ocasión concreta en que literalmente, me “golpearon”. Fue hace ya muchos años,  mientras veía una película que ni siquiera recuerdo, de “buenos y malos” con mi sobrino Carlos, que era todavía un niño. Aquella debía de ser una de esas etapas personales complicadas y tristes para mi, como ocurría con frecuencia en mi vida “antes”. Vivía yo entonces en un rol permanente de “super-victima, convencida de que la vida era algo que “me sobrevenía” sin que yo tuviese ninguna posibilidad de influir sobre ello. Ya veis qué plan…  El caso es  que allí estábamos mirando la tele, cuando más por la tristeza que entonces teñía mi vida, que por lo que veía en la pantalla, se me debió de escapar alguna lágrima. En ese momento, mi sobrino, me miró muy serio y con toda su pureza infantil me lanzó un: “tía, no te asustes ¡si los buenos siempre ganan!”

 

¡Cómo me llegó al corazón aquella frase! Lógicamente, no se me ocurrió romper la inocencia del niño contradiciéndole. Pero sí que en aquel momento, aquel comentario me desgarró.  Porque acorde a mi patética visión de la vida, sabía que los buenos no siempre ganan. Es más, creía que casi nunca ganaban. Sabía que muchas veces, da igual lo que te esfuerces, que todo sale al revés y te dan por todas partes, que era lo que a mi me ocurría entonces. Sabía que la vida no es cómo las películas. Y que puedes ser todo lo “bueno” que quieras, que en ocasiones, no tienes nada que hacer. Y mientras los “malos” lo consiguen todo y se van de rositas y tienen mejor trabajo, más pasta, novias/os más guapas/os y se lo pasan infinitamente mejor que tu, que te esfuerzas, que luchas y te sacrificas. Vamos, que como veis, qué más quería yo que aquello para darme todavía más pena a mi misma…¿Os suena a alguno esta sensación? Pues menos mal que entonces me callé la boca.

 

 

La segunda vez que me han golpeado estas palabras, ha sido con motivo de mi viaje a Moscú el pasado mes de Marzo,  a visitar a mi amiga Nina. Una situación bien distinta, con muuuchos años transcurridos de por medio y sobre todo, con una madurez personal bien diferente.

 

Plaza Roja retocada

 

Conocí a Nina hace 3 años, cuando se presentó para solicitar unas prácticas en la empresa en la que trabajo.  Estaba decidida a dejar su puesto en el Ministerio de Economía buscando una cambio de vida. Todavía recuerdo como durante la entrevista que tuvimos con ella, mantenía sus hombros inclinados bajo el peso de alguna enorme carga que sólo tenía forma en su cabeza y en su corazón. También me impactó como su mirada apuntaba hacia abajo, como apesadumbrada por esa aparente locura que estaba intentando, segura de que nadie podría entender su necesidad de abandonar la promesa de una carrera profesional brillante en su país por venir a hacer unas prácticas al nuestro.  Parecía que se sintiera avergonzada por un acto de valentía que pocos de nosotros somos capaces de llevar a cabo. ¡Qué ironía!Tenía por entonces un español correcto al que faltaba un poco de fluidez y era ( y es ) una chica preciosa, con un curriculum completo y muy potente a pesar de su juventud. Se la notaba honesta y muy motivada y nos gustó mucho.  Recuerdo como al terminar la entrevista, después de comunicarle que le aceptábamos, nos quedamos solas. Ella empezó a decirme llena de agradecimiento como iba a trabajar durísimo por la empresa y que no nos íbamos a arrepentir de haberla cogido porque haría todo lo necesario para que estuviéramos contentos de haber apostado por ella. Era tan evidente que pensaba sacrificarse al máximo, que me dio mucha lástima aquella gratitud un poco desproporcionada. Le respondí que me alegraría si tan sólo al final de sus prácticas volviera a caminar erguida y mirando a los ojos a las personas.  Y ese fue el principio de una relación que acabaría transformándose en una sólida amistad.

 

PicMonkey Collage Nina

 

Nina resultó un acierto para la empresa por su gran capacidad de trabajo, su carácter esforzado y disciplinado y una estupenda capacidad de adaptación al entorno y a la cultura. Prueba de ello está en los videos que grabamos juntas para mis sorteos de Facebook, donde sin ningún problema se ofreció ayudarme en algo tan alejado del serio y reservado carácter ruso. Para muestra, tienes el enlace de aquí abajo.

Sorteo falsa toma

Poco a poco fuimos descubriendo afinidades y a pesar de la diferencia de edad, empezamos a hacer planes juntas fuera del trabajo. Esto nos permitió conocernos mejor, desarrollar una gran confianza y complicidad entre nosotras y pasar a admirarnos mutuamente. Ambas compartíamos gusto por la aventura y el arte, tenemos ambición profesional y nos esforzamos por mantener y hacer crecer nuestra independencia emocional  como mujeres. En el tiempo que vivió en Donosti, Nina dejó de caminar encorvada, empezó a mirarnos a todos a los ojos y nos dejaba ver cada vez más su preciosa sonrisa. Cautivó a mis amigos, se granjeó el aprecio de los compañeros de trabajo, de los clientes y los proveedores y hasta de mi mismo jefe. Se hizo una persona de peso dentro de la empresa y ninguno nos planteamos que ese idilio podía tener un final. Pero como ocurre en las películas la vida siempre se complica: después de casi dos años que para ella fueron un auténtico revivir, llegó el momento en que ya no era posible renovar más su visado de prácticas. Sólo quedaban dos opciones: o conseguir un permiso de trabajo y residencia para ella (algo muy difícil de lograr) o que se arriesgase a quedarse en una situación irregular en el país. Algo que ni se consideró.

 

 

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En Octubre de 2014 Nina regresó a Moscú esperando la oportunidad de regresar a esa vida que tan feliz le hacía y yo me puse a gestionar sus papeles.  Ambas éramos conscientes del impacto que podía tener la consecución de ese permiso en su futuro y quizás por eso yo acabé el año pasado tan estresada, ya que a mi trabajo habitual se añadía la gestión de un tema sobre el cual sabía muy poco. Pero tuve suerte, porque conté con el apoyo de Jordi, un chico de Barcelona experto en visados, que se implicó en nuestra historia con una generosidad que todavía me emociona al recordarla y me ayudó enormemente. La vida, que a veces y sin que sepas muy bien porqué, te echa un cable. Y así, contra todo pronóstico, superamos con éxito la primera parte de la gestión, que suele ser la más complicada. Creo que fue uno de los momentos de mayor satisfacción para mí del año pasado. ¡Había puesto todo mi empeño, mi dedicación y mis habilidades en ello y lo había conseguido! ¡Los buenos siempre ganan!!

 

Pero nos “tumbaron” en la segunda parte. Aunque decidimos recurrir la denegación, el tema se fue complicando y termino en un sonado fracaso. No alcanzamos el objetivo que era el tan ansiado permiso. Y de repente se hizo evidente una realidad que ninguno  habíamos querido mirar de frente: Nina ya no regresaría a España. De ese golpe aprendí que a veces, enredados en la rutina, no somos capaces de comprender en profundidad qué y quienes son realmente importantes en nuestra vida. Y por eso, sin darnos cuenta, dejamos pasar las oportunidades de disfrutarlos mientras están cerca, creyendo que nada cambiará. Durante aquellos meses de lucha yo descubrí que Nina no era para mi sólo un pilar en el trabajo, sino en mi vida personal: sin que yo lo supiera, se había convertido en la hermana que nunca he tenido en mi corazón.  Mi hermana pequeña, mi hermana de alma rusa. Y me encontré con que casi, ni nos habíamos despedido, abrazando la ilusa convicción de que ella volvería. Así que nuestra “despedida” fue por teléfono, para decirle que no había permiso. Que ese sueño se había acabado. Casi no nos salían las palabras y sin embargo, creo que en ese momento las dos estuvimos tan unidas que podíamos comunicarnos sin hablar.

 

PicMonkey Collage museo

 

Este mes de Marzo, he viajado a Moscú a ver a Nina y “despedirnos” en persona. Poner fin a los sueños de una etapa, poner palabras a aquello que vivimos juntas, pero a miles de kilómetros de distancia. Y a sellar nuestra amistad y volver a crear nuevos sueños. Caminando del brazo como allí se estila, bajo el sol de Moscú y con un frío cortante y que sin embargo se llevó lejos aquellas decepciones, me venía de continuo a la mente la dichosa frase: “los buenos siempre ganan”, en relación a esa decepción que habíamos vivido.

 

Y ocurrió que allí encontramos juntas el sentido de esas 4 palabras…porque entendimos muchas cosas, como que el vínculo que nos unía, hecho de vivencias, risas, miedos y sueños, seguiría ahí para siempre. Y visitando el Kremlin, los monasterios del Anillo de Oro de Moscú, pasando delante de la Ciudad de las Estrellas, sentimos ambas como la vida es una aventura apasionante. Y esa aventura hay que vivirla de un modo proactivo, en primera persona, en presente y futuro. Nada de condicionales. ¡Y eso era lo que nos habíamos atrevido a hacer! Nos comprometimos, nos esforzamos y aprendimos por el camino. Experimentamos como aún siendo personas normales, con un trabajo normal, nuestro campo de actuación puede ampliarse tanto como queramos. Porque podemos luchar por hacer realidad los sueños, ir más lejos de lo que pensábamos y aprender sobre la vida y sobre nosotros mismos con ello. Nos sentimos, en cierto modo, sin límites e infinitas…..Por eso, los buenos siempre ganan.

 

PicMonkey Collage María San Basilio

 

Si, los buenos siempre ganan. Ganan una infinidad de vivencias, experiencias, información y emociones, que están ahí, en la oscuridad que rodea la luz que ilumina con fuerza el objetivo. Por eso no podemos verlas. Porque sólo miramos el objetivo. Pero están ahí, en el  camino recorrido: la grandeza de la amistad,  la generosidad de personas como Jordi capaces de implicarse en una historia ajena, la magia de las ilusiones que nos llevan más lejos de lo que nunca soñamos ir, la estima que todos sentían por Nina….Y sobre todo, los buenos ganan en respeto por si mismos. Porque si algo entendimos, fue hasta qué punto podíamos contar con nosotras mismas cuando nos empeñamos a fondo en algo y como, intentar aquello, había sido querernos y tratarnos bien.

 

Ahora Nina tiene un trabajo bastante bueno para la situación económica de su país y vive tranquila de vuelta en el hogar familiar. Añora y añorará siempre Donosti. Pero disfruta su vida en Moscú con una fortaleza personal que le ha hecho crecer lo inimaginable y le abre a un nuevo mundo de posibilidades.  Y yo he tenido la ocasión de conocer con ella de guía un pedacito de un país que siempre me ha fascinado. ¡Quién me iba a decir que acabaría viendo el Volga con una amiga rusa, cuando lo estudiaba en mis libros de geografía!

 

Con el Volga de fondo.
Con el Volga de fondo.

 

 

Y por eso, ahora, muchos años más tarde, puedo mirarle a mi sobrino a los ojos y decirle: “sabes Carlos, es cierto, los buenos siempre ganan.” Y matizaría lo siguiente: “Quizás no ganan todo lo que querían. No todo lo que buscaban. Pero si miras con detenimiento, si tienes la actitud adecuada, si conoces el amor y la gratitud, entenderás que sí. Que los buenos, siempre ganan algo. Sobre todo, cuando se atreven a vivir con valentía”

 

La misma frase, distintos momentos, distintas reacciones y diferentes actitudes ante la vida. Antes, no sé ni si lo habría intentado. Hubiera pataleado, hubiera echando balones fuera y  gimoteado “maldita administración que nos pone estas barreras”.

 

Ahora, vivo la satisfacción de saber que no volveré a vivir mi vida como una víctima, la satisfacción de haber paseado bajo el sol de Moscú. La satisfacción de un montón de recuerdos y vivencias que nadie puede arrebatarme.

 

Por eso, recuérdalo: los buenos siempre ganan algo.

 

 

Y tú: ¿cuando fue la última vez que “ganaste”? 

¡Hola! Soy María Díez Coach y con mi blog ofrezco un espacio de encuentro , reflexión vital  y aprendizaje para personas comprometidas con su superación personal, familiar y laboral.

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