Lo que la vida nos quita. Lo que la vida nos da.

 

Hablábamos en primavera de como a veces la vida nos besa en la boca. Pero lo cierto es que en otras,  nos golpea con todas sus fuerzas en el estómago. La muerte de mi hermano fue para mi una de esos golpetazos.

 

Sin embargo, ese acontecimiento, fue la mayor lección de vida que he recibido hasta hoy. Provocó un antes y un después en mi forma de ser y en la forma de estar en la vida.  Y curiosamente, al echar la vista atrás, hoy entiendo que  tanto como la vida me quitó, me lo trajo a continuación de vuelta. Por eso, hoy quiero escribir, como homenaje a mi hermano en su aniversario, sobre lo que la vida nos quita y lo que la vida nos da.

 

 

Mi hermano Guillermo y nuestro pastor vasco, Bumbum. Eran los felices 80, cuando el ligaba a tope por parecerse al Puma y vivía más y már rápido que ninguno de nosotros.
Mi hermano Guillermo y nuestro pastor vasco, Bumbum.
Eran los felices 80, cuando el ligaba a tope ( recordaba al cantante el Puma) y vivía más y már rápido que ninguno de nosotros.

 

Hoy se cumplen 6 años desde el fallecimiento de mi hermano Guillermo.

 

Tenía 44 años cuando murió. No llegó a cumplir mi edad.

 

Antes, en los tiempos afortunados (y que yo no entendía que eran afortunados) tenía 3 hermanos más mayores. Guillermo era el hermano anterior a mí y, como descubriría años más tarde,  fue el que más sufrió con el divorcio de mis padres y la atomización de la familia que se produjo a raíz de aquel hecho. Cada hermano en una punta del país y cargando con el peso de su propia historia, en vez de sustentarnos sobre el pilar de una historia común.

 

Aunque ya os dije en una ocasión que no guardo demasiados recuerdos de mi infancia, sí que guardo algunos de mi hermano y yo. Recuerdo como en verano buscábamos por la playa los cascos vacíos de las botellas de Coca Cola para canjearlos por  unos duros con los que luego nos comprábamos chucherías. En esas ocasiones  celebrábamos por la noche un ritual secreto que llamábamos “bola de chicle”. Consistía este acontecimiento en colgar de la litera de arriba una de las colchas a modo de telón y meternos en la litera de abajo con una linterna cuya luz quedaba disimulada por la colcha, a comer nuestras chuches. El mayor peligro era que nuestro padre o nuestra madre tuvieran la mala idea de abrir la puerta y ser descubiertos comiendo golosinas con los dientes recién lavados.  En esas ocasiones,  la “bola de chicle”  terminaba con ambos sacados a “la escalera” por turnos, en pijama.  Primero iba yo y sólo me dejaban unos minutos, aunque me parecieran eternos. Y después le tocaba a  mi hermano que por ser más mayor, era considerado el inductor y le dejaban más tiempo.

 

Allí nos quedábamos, quietos, con un poco de frío y muy humillados, rezando porque cada vez que el ascensor se movía, no parase en nuestro piso y algún vecino nos viera  vestidos de aquella guisa, junto a la puerta de casa.  De todos modos, a pesar de la vergüenza que sentíamos,  el castigo no tenía el poder de hacernos desistir en nuestras trapacerías.

 

También recuerdo los largos y cálidos días de Agosto, en León, pescando en el río y cazando ranas a millares. Las llevábamos a montones al piso de mi tía abuela, cuya vida apacible se veía profundamente trastocada por aquella invasión de batracios que se escapaban del balde donde los manteníamos presos (a pesar de la tapadera que los cubría) y aparecían después consumidas por cualquier rincón de la casa, victimas de una pavorosa muerte por desecación.

 

En los tiempos afortunados, cuando tenía 3 hermanos más mayores.
En los tiempos afortunados, cuando tenía 3 hermanos más mayores.

Con su adolescencia se convirtió en lo que se llamaba “un bala perdida”. Mi madre aún murmura de vez en cuando que nunca “contó con él”. Vivió en vilo durante años,  pensando que tendría algún accidente de tráfico o le ocurriría alguna desgracia ya que su vida era intensamente alocada. Lo cierto es que los tuvo. Años más tarde, mi hermano confesó que al regresar en el Dos Caballos en que se escapaba la cuadrilla a San Fermines a correr el encierro después de toda la noche sin dormir y regresar luego a toda velocidad a Donosti a verse corriendo en la tele,  volcaron en dos ocasiones. Pero todos resultaron con heridas leves.

 

Mi hermano, como el mismo decía, vivió “más y más rápido que el resto de los hermanos juntos”. Sociable hasta la médula, generoso, intenso, vital, desmedido, glotón, de temperamento explosivo,  divertidísimo  y fantasioso, pasó de una carrera a otra, sin querer estudiar ninguna para gran disgusto de mi madre. Y después de trabajar varios años de camarero, se marchó a Salou a buscar fortuna en los hoteles. Como tenía buena educación y mucho carisma, encontró un trabajo de maître con el que hizo algunos ahorrillos a base de vivir una vida super austera.  Y de ahí pasó a montar un negocio de reciclaje en Castellón con una inversión mínima.  A pesar de que resultó un éxito y fue nombrado empresario novel del año, tuvo que dejarlo por el estrés. Eso sí, tras vivir mil aventuras a cada cual más increíble, que me contaba cuando vino a acompañarme al hospital la tarde antes de mi operación allá por 2003. Ambos teníamos desarrollado un fuerte mecanismo de defensa ante el miedo a base de un humor absurdo, solo comprensible por nosotros. Recuerdo que las enfermeras le pidieron en varias ocasiones  que abandonase la habitación, porque nos reíamos tanto que alterábamos el silencio necesario del hospital. Y después de la operación, cuando me desperté con unas arcadas a lo niña del exorcista por la anestesia, continuamos igual: temían que las grapas que me pusieron para coserme a lo Frankenstein se me soltasen, a pesar de mis esfuerzos por no reírme entre arcada y arcada. Pero con mi hermano, era imposible no reírse o no pelearse según el momento. Y con su poder de seducción conquistaba a todas las enfermeras logrando que no le echasen de la habitación.

 

Creo aquel entonces estaba casado con una chica de Madrid de la que se separó al cabo de dos años .  La madre de ella era una terapeuta reconocida y un día, para asombro de todos, mi hermano, siguiendo lo que el llamó “una vocación tardía”,  se metió a estudiar para terapeuta.  Fue ahí donde descubrí cuanto había sufrido con el divorcio de nuestros padres. Decía que era terapeuta, primero para “tratarse él y ponerse en orden él mismo”. Con 41 años, terminó sus estudios con excelentes calificaciones y arrancó con una consulta que despegaba con éxito cuando el cáncer llamó a su puerta un 14 de Febrero.

 

El resto resulta hasta difícil de resumir. A pesar de lo agresivo de su cáncer, resistió casi dos años porque tenía una naturaleza fuerte y vital, de gladiador. De esa época, recuerdo los viajes a Madrid los fines de semana a acompañarle en la clínica Anderson y vuelta en el autobús nocturno a Donosti el domingo noche, para entrar a trabajar casi en directo el lunes. Recuerdo como cuando ya desahuciado y muy débil,  pero intentado aún plantar batalla en Pamplona,  le llevaban en silla de ruedas y yo bromeaba con él, diciéndole con voz a lo Forrest Gump: “No tiene usted muy buen aspecto  Teniente Dan”.

 

Tuve la suerte de ser de las personas que más tiempo pasó acompañándole, porque no me asustaba de estar con alguien que era “el novio de la muerte” como solíamos bromear para desdramatizar. Podía estar en paz junto a él, animándole o peleándome con él,  sin intentar negar lo que ocurría,  ni echarme a llorar en su presencia o cambiar mi conducta.

 

Al final, todo fue muy rápido y el desenlace resultó “inesperado”; una infección pulmonar repentina agravó su estado sin darle tiempo a regresar a Pamplona a ingresar. Consciente de que era el fin y aun con sus capacidades muy mermadas por la medicación, pidió que no le sedaran hasta  no despedirse de mi, que viajé toda la noche en autobús a Alicante, con una entereza de la que no me sabía capaz. Cuando llegué había perdido el habla, pero me conoció con los ojos. Después de que le sedaran pude tumbarme junto a él. Le abracé y entablé con él la última conversación. Le expliqué hacia dónde se dirigía (tal y como yo lo imaginaba) y como yo estaba allí para acompañarle una parte del trayecto. No sé de donde salieron mis palabras después de aquella noche insomne de espanto. De dónde saqué aquella alegre serenidad.  Pero le hablé y le hablé durante largo rato. De como por una temporada  nos íbamos a tener que separar. De cómo no tocaba ya atracarnos a comer en los restaurantes chinos, no más pelarnos por tonterías, no más marcharnos de travesía juntos con Julio Villar, siendo los más gordos de la excursión y cargando en nuestras mochilas con barras de turrón de chocolate,  que a las dos horas de caminata, no eran sino una masa  reblandecida. Así, entre mis lágrimas, risas, recuerdos y expectativas de reencuentros en un más allá,  caí dormida a su lado y nos despedimos.

 

Se marcho la noche entre el 3 y el 4 de Noviembre en Alcoy, Alicante, donde residía entonces. Ni siquiera pude quedarme a su funeral, porque mi madre, sola en San Sebastián, estaba destrozada de dolor y necesitaba mi presencia. Consciente de que a él no le hubiera gustado un velatorio triste, todavía pude bromear como lo habría hecho con él presente mientras recibíamos a sus conocidos. Dejé encargada la música para la ceremonia, unas palabras para el cura y regresé a Donosti mirando la luna llena desde el autobús, entendiendo que la vida acababa de meterme un buen puñetazo, pero sin querer pensar todavía en mi dolor. Pasaron aún algunas semanas antes de que estuviera preparada para internarme en el proceso de duelo.

 

Eso es lo que la vida nos quita.

 

 

Ni siquiera recuerdo cuando nos tomaron esa foto en la que estamos hechos unos críos y para variar, con algún bicho entre las manos ya que adoptábamos continuamente perros, gatos y cualquier animal en mal estado o abandonado.
Ni siquiera recuerdo cuando nos tomaron esa foto en la que estamos hechos unos críos y para variar, con algún bicho entre las manos ya que adoptábamos continuamente perros, gatos y cualquier animal en mal estado o abandonado.

Lo que la vida nos da.

Giuseppe Verdi perdió en dos años a sus dos hijos y su mujer. Imaginaos lo que es eso. De entre su desgarro y la consiguiente depresión surgiría “casualmente” Nabucco, que le lanzaría a la fama como compositor. Ya sabéis…el “Viva Verdi”.

 

Victor Frankl perdió a toda su familia en los campos de concentración. De ese horror emergería su teoría de la logoterapia y su maravilloso libro “El hombre en busca de sentido”. Una corriente con la que tanto mi hermano como yo, nos sentíamos identificados.

 

Obviamente, yo no puedo compararme con ninguno de ellos. Pero sé que he vivido, como ellos,  el abismo. Y he vivido como ellos y como tantas personas que han perdido a un ser querido o han sufrido una tragedia, la rabia, la incredulidad, el llanto y el desgarro. He vivido la tristeza infinita que parece que nunca va a desasirse de tus entrañas y vuelve y repunta una y otra vez hasta que se te secan las lágrimas.

 

Y como ellos, he encontrado que cuando todo parece perdido, hay un brote de  luz que no se sabe cómo, despunta en esa oscuridad. Para Verdi fue volver a componer en medio de su noche oscura. Para Frankl entender el sentido profundo que mueve a los hombres en la vida en el campo de concentración. Lo que sea. Puede ser bajo la forma del consuelo de una espiritualidad que uno no sabía ni que tenía. O a través de la fuerza interior que uno encuentra en si mismo para se capaz de sujetar, además del propio, el dolor de otras personas que le rodean, como fue mi caso con mi madre,  que perdió más que un hermano: perdió un hijo.

 

El caso es que esa luz aparece y la vida vuelve a abrirse camino con una nueva dimensión y un nuevo entendimiento para nosotros. Para mí, fue precisamente durante esa inhibición de la persona que provocan los duelos, en el silencio del enclaustramiento que me acompañó durante largos meses de invierno, cuando empecé a ordenar en mi interior las grandes cuestiones de la vida. Cuando empecé a buscar respuestas a esas grandes preguntas como ¿Qué vida quiero vivir? ¿Para qué estoy aquí? o ¿Qué me gustaría dejar detrás de mi?

 

Además, días antes de morirse, en una de nuestras últimas conversaciones, mi hermano, sabiendo de mi insatisfacción con mi situación laboral, me pidió que le prometiera que buscaría un trabajo vocacional, enfocado a ayudar a las personas. El quería que me hiciera terapeuta, como él. Según el creía, tengo el don de acompañar a las personas  a encontrarse a sí mismas. Sin juzgarlas ni enjuiciarlas, aceptándolas plenamente.

 

Aunque yo no quería ser terapeuta, acepté la promesa de buscar otro trabajo más acorde a mi potencial y que me resultará vocacional y motivador. Que me enamorara.

 

Y ahí, aun con la lágrimas húmedas y a trompicones, empezó sin yo saberlo,  una nueva página de mi vida. Esas Navidades una compañera de trabajo nos invitó a cenar a su casa. Allí conocí a un amigo suyo que se hizo mi amigo. Y meses más tarde resultó que tenía un conocido cuya pareja acababa de fallecer. Este amigo pensó que su conocido y yo podíamos encajar bien como amigos ya que veníamos de circunstancias vitales parecidas.

 

Bendito error de cálculo. En Junio, ese “conocido del amigo” era mi pareja y al preguntarle si conocía algún coach que me pudiera ayudar con el cambio profesional que necesitaba, me puso en contacto con el coaching.  El resto, podéis leerlo aquí.

 

En apenas 10 meses, viví la profunda desolación que acompaña a la muerte de un hermano. Pero también conocí el consuelo una espiritualidad que ni  sabía que habitaba en mí. Y descubrí la belleza que surge del diálogo interno cuando nos replegamos en nosotros mismos buscando respuestas. Encontré la alegría del amor de una pareja y el regalo de una profesión vocacional que extrae sin esfuerzo nuestro pleno potencial. Transité por las etapas más dolorosas y más felices de la vida,  que me transformaron profundamente convirtiéndome en quien soy hoy. ¡Quién me lo hubiera dicho!

 

Por eso, 6 años más tarde,  reflexiono sobre lo que la vida nos quita y lo que la vida nos da.

 

En mi caso, se llevó mi hermano y me dio cuanto os he descrito más arriba. También se llevó mi breve amor de pareja, pero me ha regresado otro amor: el amor hacia mi misma y un amor más inconcreto, pero igualmente maravilloso: el amor por la vida y el amor fraternal por la condición humana.

 

Por eso y aunque nada pueda reemplazar la ausencia de Guillermo, siento que tanto como me quitó la vida, me lo trajo luego de vuelta.  Y sé que para muchas otras personas, ha sido igual. Te lo digo, para que si en alguna ocasión te ocurre algo parecido, recuerdes esto y te abras a la esperanza.

 

Como cierre, os diré que puedo sino sentirme infinitamente agradecida a mi hermano, porque de algún modo, el pagó con su muerte el precio de toda esta consciencia y esta plenitud que he conocido después. Un coste muy alto, para esta lección de vida, para la que me cuesta encontrar las palabras que expresen mi gratitud.

 

Gracias, Guillermo.

 

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7 comentarios en “Lo que la vida nos quita. Lo que la vida nos da.

  1. Maria, me he leido toda esta carta y la verdad que me ha calado hasta los huesos es verdadera hermosas tus palabras y me encantaria recibir mas un fuerte abrazo
    clara

  2. Gracias por abrir tu corazón, esfuerzo que supongo no ha sido fácil. Terapeuta, coach o amiga … Llámalo como quieras pero es verdad lo que te decía tu hermano, tienes un don para acompañar. Y es una suerte que de esa virtud hagas tu profesión, suerte para los que podemos disfrutarlo como terapeuta, como coach o como amiga. Gracias!!!

  3. Hoy leo esta entrada de tu blog…y me emociono, tanto que cae una lágrima hasta el teclado…¡¡Me hubiese gustado tanto conocer a Guillermo¡¡…Siempre que he oído hablar de el a alguien de tu familia, ha sido con un amor inmenso, incluso a alguno que todavía le cuesta hablar de el y que es incapaz de ver fotografías donde aparece su hermano…Debió ser alguien excepcional…¡Qué suerte tuvisteis de disfrutarlo!
    mientras estuvo, y de recordarlo ahora con tanto amor.
    Besos María

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