El legado de Marrakech: grande por dentro, grande por fuera.

leona post

 

Dicen que cada viaje esconde para el viajero un destino secreto, una invitación única que el propio viajero desconoce y que sólo a él le será revelada;  porque sólo él puede entender y reconocer su mensaje.

En mi caso, la invitación que me ha traído Marrakech es hacerme consciente de que estoy a las puertas de un nuevo ciclo vital: delante de mí  se dibuja el camino que me llevará a una nueva etapa en mi leyenda personal. Esa leyenda que se crea con la vida que elegimos vivir. Una vida no impuesta desde fuera, sino aquella que nosotros mismos vamos creando desde nuestros valores y nuestros ideales,  hacia un lugar concreto, hacia una escena final, dentro de las circunstancias que a cada uno nos tocan.

 

Aunque a ratos me parece que fue ayer, han pasado ya 5 años desde que emprendiera mi singladura hacia un cambio profesional que me permitiera vivir de forma más acorde con quien soy y de dónde vengo. Me encuentro exactamente a medio camino del plan que me tracé. Los 5 años que dejo detrás, han sido para mi, en general, bonitos pero duros. Llenos de renuncias y sacrificios para sacar adelante mi “hijo profesional”; un proyecto muy querido para mi, en el cual he volcado toda mi ilusión de estos últimos años. A través de él,  he estado buscando sacar a luz a las  inquietudes y valores personales que me conforman y que hasta 2010, habían permanecido latentes, como la música de una partitura aún sin expresar.

 

Claro que no todo ha sido árido. Ha  habido también  momentos hermosos. Y  momentos de ilusión, de  alegría y pequeños logros. Sin olvidar muchas victorias sobre mi misma.

 

Sin embargo, mirando hacia atrás, no regresaría sobre estos 5 años. Siento que en demasiadas ocasiones, la nota predominante ha sido una sensación de enorme esfuerzo, de lucha permanente, de sacrificio y de soledad. De mucha soledad. Esta nota se ha roto aquí y allá por etapas de plenitud y bienestar cada vez más largas  que me permitían recuperarme antes de volver “a la carga”. Pero no ha sido en general, ni fácil, ni tan alegre y divertido como esperaba. Al contrario.

 

Ahora sé que en mi interior, todavía no estaba preparada para alcanzar la vida que soñaba.  En mi interior, había aún demasiada inseguridad. Demasiado miedo. Miedo a no estar a la altura, miedo a fracasar y  no conseguir lo que busco. Y pesar. Pesar por tener que renunciar a tantas cosas, a tantos momentos de ocio y diversión. Sacrificando tanto. Demasiado para lo que sentía que lograba.

 

También ha habido demasiada búsqueda de compañeros de viaje,  porque en el fondo, no me sentía segura de poder llegar viajando sola. Y el no encontrarlos en muchas ocasiones, o ver que no seguía el mismo rumbo, acrecentaba mi sensación de soledad.

 

Además, entiendo que hubo demasiados libros, demasiada teoría. Cierto que no me faltó la acción. Pero sé que no viví en ese delicado equilibrio entre acción y aprendizaje que nos da sensación de fluidez y libertad.

 

Y había demasiada impaciencia. Demasiado quererlo todo rápido y ya. Demasiado querer llegar a la cima por los atajos. No aceptaba algo tan sencillo como dar al proceso el tiempo de desarrollarse e integrarse en mi.

 

No. No estaba quizás tan preparada como pensaba para conquistar mis sueños. Por eso he dado tantas vueltas y me he desgastado tanto. Por eso ha habido más sufrimiento que disfrute: tenía todavía demasiado “peso” en mi mochila. Estaba cargando con demasiadas emociones lastrantes y discapacitantes.

 

Y sé que no deseo eso para los próximos 5 años. Y sé que necesito cambiar algo, y ese “algo”, no puede ser otra cosa que yo misma y mi percepción de la vida. Una vez más.

 

Lo he entrevisto con claridad,  durante mis vacaciones en  Marrakech. Si. Por primera vez  en todos estos años, siento que hay una posibilidad diferente para mí. Me ha aparecido una imagen seductora como un oasis, que me habla de una nueva realidad que emerge. Que me enseña que es tiempo de cambio y me dice que es hora de soltar lastre y aligerar mi mochila.  Me invita a abandonar viejos ropajes y emprender una nueva etapa en la travesía. Algo que siempre produce cierta incomodidad. Porque supone abandonar lugares y costumbres que se nos habían vuelto familiares y cómodos. 

 

Marrakech me habló de lo que SI SOY YA. Me habló de en quien me he ido convirtiendo sin apenas darme cuenta, en esta larga travesía. Con cada obstáculo, con cada impedimento, que me he encontrado y que han sido muchos. Pero tenían un sentido: el de poner a prueba mi determinación y forjar mi fortaleza.

 

Marrakech me invitó a caminar en solitario sin sentirme sola. Porque de hecho, es lo que he venido haciendo en algunos momentos sin darme cuenta. Y me habló de contar exclusivamente con mis propios recursos, que, si lo pienso,  ahora sé que son muchos y muy buenos. Entre el perfume de sus rosas,  me susurró como  ya soy la persona en la que necesitaba convertirme para sacar adelante mi proyecto personal. La persona que ha traspasado mil y una veces su miedo enfrentándose a él y ha hecho que ese miedo enfrentado, le convierta en quien es hoy día.

 

Aunque mientras estaba allí, e incluso más tarde, he estado intentando obviarlo, no me cabe duda:  Marrakech  me entregó como regalo mi imagen actual en el espejo, para que entienda  que ya he crecido lo suficiente y soy una mujer que puede ir y llegar allá donde se plantee, siempre que persevere y se comprometa a fondo.

 

Ese ha sido mi regalo en este viaje. Un regalo que todavía me quema en las manos como una patata caliente, tanto que todavía no me atrevo a mirarlo de frente. Como un traje demasiado suntuoso, que aún no me atrevo a vestir, permaneciendo oculta tras mis viejas ropas.  Porque en el fondo,  tememos más a nuestra luz que a nuestra oscuridad y por eso nos “retenemos”  a nosotros mismos sin comprender del todo cómo nos autosaboteamos y nos hacemos pequeños.

 

 

Marrakech llegó para hacerme consciente de mi fortaleza, de mi determinación, de mi poder y de que en el fondo, ya he conquistado largamente el derecho a estar ahí. Me explicó que aunque no tenga todavía la vida que deseo, sí soy la persona que deseaba llegar a ser. Y eso es lo que convierte en posible lo imposible. Ser- hacer- tener. Siempre en ese orden.

 

A cambio,  me preguntó sobre si deseo atreverme a seguir caminando por caminos poco transitados durante otra larga temporada, con la incomodidad que ello conlleva.

 

Y me confrontó con la idea de que quizás no consiga llegar a dónde me propuse.

 

Sin embargo,  mi corazón, satisfecho, me repite que sólo por intentarlo, ya he ganado una gran batalla: la batalla de haberme atrevido una vez en mi vida a intentar hacer las cosas de forma diferente.

 

Ya soy lo suficientemente grande por dentro, para atreverme a jugar más grande por fuera si lo deseo.  Es  hora de actuar en consecuencia y en congruencia con las nuevas cualidades adquiridas siempre que yo misma,  me atreva.

 Y tu: ¿Cómo te ves en el espejo?

 ¿Eres ya la persona que deseas ser?

 

¿ qué pensamientos te atan?

¿qué miedos te limitan todavía ?

¿ qué creencias te controlan? 

¿ Vas a hacer algo al respecto?

Soy María Díez Coach y con mi blog ofrezco un espacio de encuentro vital, reflexión y aprendizaje para personas comprometidas con su superación personal, familiar y laboral.

En él encontraras herramientas de inteligencia emocional para superar los obstáculos cotidianos y construirte una vida llena de fuerza, confianza y pasión. Una vida  a tu medida, que sientas que merece la pena vivir.

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