Detente a oler las rosas: tú también lo necesitas

 

"Mientras vives, sigue aprendiendo a vivir".
“Mientras vives, sigue aprendiendo a vivir”.

 

En Marrakech, en Abril, no puedes escapar de las rosas ni de su fragante perfume que te sorprende inesperadamente al doblar una calle, aun mucho antes de que tú veas las flores. En todos sus jardines, por secos y polvorientos que estén, florecen las rosas.

 

Rosas blancas, amarillas, naranjas, rojas. Rosas rosas. Rosas trepadoras que se mecen con la brisa. Rosas de todos los tamaños, formas y colores. Unas rosas soberbias que acaban adornando en muchos casos los jarrones de los riads y cuyos pétalos cubren las piscinas y los baños de los hammanes.

 

Os lo digo como lo he vivido, porque este mes de Abril, he pasado 10 días allí, con mi madre de 80 años.

 

Explicaba en mi boletín (para  los que están suscritos en mi blog) que sacar adelante estas vacaciones   ha sido todo un reto. Para conseguirlo, además de planificar muchos temas y anticipar otros tantos, he tenido que sobrevivir a la complicada tarea de lograr que las cosas salgan en el plazo previsto. Algo muy arduo cuando los temas no dependen exclusivamente de ti sino que en ellos participan otras personas sujetas a sus correspondientes ritmos.

 

¿Qué os voy a contar que no sepáis de lo que son las semanas anteriores a las vacaciones? Si ya es complicado de por si surfear la ola de la vida, en los días previos a marcharnos lo normal es que vayamos revolcados por ella. Necesitaríamos sólo unas vacaciones para descansar del estrés que solemos acumular los días previso a las propias vacaciones.  No es casualidad que muchas personas se pongan justo enfermas el primer día, porque solemos llegar con un enorme desgaste.

 

En mi caso, no ha sido muy diferente. Aunque sin duda ha sido el año que mejor me he organizado por mi parte para no pasar por ese estrés pre-vacacional, tuve montones de contratiempos. Y para colmo,  a ellos  se añadieron  algunas tormentas emocionales de esas que nos trae inesperadamente la vida.  Y lo anterior, sumado a la preocupación de viajar con una persona mayor y además con problemas de movilidad, ha hecho que este viaje, aun habiéndome encantado el destino, no haya sido de los más relajados a nivel emocional.

 

Por eso llegué  con mucho deseo de ver cosas, pero también con mucha necesidad de tranquilidad y descanso. Ansiaba recuperar un poco de equilibrio interior, del que tanta necesidad  tenemos debido a la velocidad con la que vivimos.

 

Y ese equilibrio, lo recuperé renunciando a ver cosas y deteniéndome a oler las rosas.

 

PicMonkey Collage 2

Os lo explico.

 

Siempre he sido una persona muy activa, muy “hacedora”. Me encanta el movimiento y la variedad. En ese sentido, soy como una niña llena de curiosidad por la vida;  me crezco con el estímulo de las situaciones cambiantes y los lugares y personas diferentes. Me ha costado, y mucho,  aprender a disfrutar de mis pequeñas rutinas, sin tener sensación de monotonía.

 

Por eso esta nueva forma de viajar, con una persona mayor que tiene necesidades muy específicas, ha requerido mucho “reajuste de mis expectativas” y mucho aprendizaje y autogestión por mi parte.

 

Antes cuando viajaba a una ciudad, me llevaba planificado en una lista todo lo que quería ver. Ahora,  he aprendido a aprovechar las vacaciones  para recuperar contacto conmigo misma.  Y así, he conseguido disfrutar con los  momentos “muertos”, de esos en que no haces nada, pero nada, nada, salvo dejar la cabeza vagar, mientras mi madre descansa y se recupera.

 

Puede que a otras personas les asuste esa “parada mental”; ese espacio de aparente “vacío” que puede sobrevenir cuando estamos ociosos. De hecho, creo que en la sociedad actual, estamos tan ocupados con la exclusiva finalidad de escapar de ellos. Seguro que todos vosotros conocéis  personas que temen a los pensamientos que pueden venir a su cabeza si no están ocupados. Y sin embargo, pocas cosas nos resultan tan beneficiosas y nos aportan tanto como crear esos pequeños “oasis del tiempo” donde pararnos a beber té, quitarnos el polvo del camino de la boca y detenernos a oler las rosas. Es en esos momentos de tranquilidad y reconexión con nosotros mismos, dónde sentimos qué y quienes son importantes para nosotros. En ellos es donde hay espacio natural para la creatividad,  las ideas nuevas y los cambios de perspectiva,  que surgen casi sin buscarlos.

 

No sé vosotros, pero yo cuando voy acelerada, me ocurre como que “me salgo de mi misma”. Pierdo el foco, la tranquilidad, me estreso, empiezo a desbarrar emocionalmente  y tiendo a ver la botella media vacía. Por eso necesito de vez en cuando espacios de silencio para poder recuperar el dialogo interno conmigo misma que me devuelvan a la armonía  y el equilibrio.  Creo que todos lo necesitamos.

 

Entre otras cosas, porque es en esos espacios cuando puedo revisar mi brújula interior y comprobar si estoy todavía  apuntando a mi Norte o me he desviado del camino. Y puedo plantearme con calma preguntas importantes, de esas que a veces “da miedo pensar”.

 

¿Estamos bien orientados?

¿Estamos siguiendo la llamada interna de nuestro corazón?

¿Sabemos lo que deseamos, hacia dónde vamos y cuales son nuestras prioridades?

 

Esos “oasis” también nos permiten observar con perspectiva cómo va nuestra vida y sacar información muy valiosa al respecto:

 

¿Qué personas hay en ella?

¿Están presentes las personas que queremos que estén o bien falta alguien importante?

¿Qué nos dicen de nosotros las personas que nos rodean?

Y nos permiten auto- observarnos con honestidad:

 

¿Qué nos dice de nosotros nuestro día a día?

¿Nos sentimos satisfechos o resignados?

¿Cómo estamos por dentro?

¿Qué es lo que nos mueve?

¿Qué tipo de sentimientos anidan en nosotros?

¿Hay algo que debamos cambiar, abandonar o adoptar?

 

 

Hacerse preguntas importantes no es algo que surge de cualquier modo, en cualquier momento. Necesita de un ámbito y un espacio íntimo y preciso.

 

Dedicándonos de cuando en cuando tiempo a nosotros mismos, podemos crearnos  esos “oasis de calma” donde retomar conexión con nuestras emociones y   hacernos una valiosa “puesta a punto” emocional. De hecho, ese es en parte el contenido de las sesiones de coaching.

 

Entiendo que quizás no todos podamos inspirarnos oliendo las rosas de Marrakech, pero está en ti buscar el momento y el lugar para reflexionar sobre tu vida.  Tú eres el responsable de crear esos “oasis” dentro de ti, aunque sea dando un paseo y mirando el mar, tus hijos que juegan o las nubes que pasan por el cielo.

 

Quien no encuentra ni busca ese espacio, no sabe quererse, no sabe cuidarse. Está en constante huída de sí mismo.

 

 

Y tu: ¿te detienes de vez en cuando a oler las rosas?

¿Vas a dónde deseas?

¿Sabes crearte espacios de descanso y reflexión?

 

Pd: A pesar de la tormenta interior que me acompañaba, yo he encontrado muchas respuestas a estas preguntas, que espero compartir en breve con vosotros en los próximos post. Y mientras divagaba al borde de la piscina sobre cómo enfocar mis productos para el apoyo a la independencia económica y emocional femenina,  las chicas que servían el riad se acercaron entre risas quedas y me ofrecieron un jarrón con 3 rosas, en exclusiva para mi.

Una imagen que atesoro en mi corazón, porque no creo en las casualidades.

2015-04-28 mis rosas retocado

 

Soy María Díez Coach y con mi blog ofrezco un espacio de encuentro vital, reflexión y aprendizaje para personas comprometidas con su superación personal, familiar y laboral.

En él encontraras herramientas de inteligencia emocional para superar los obstáculos cotidianos y construirte una vida llena de fuerza, confianza y pasión. Una vida  a tu medida, que sientas que merece la pena vivir.

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2 comentarios en “Detente a oler las rosas: tú también lo necesitas

  1. Hola María, tu escrito me ha hecho reflexionar…llevo días, meses, años cargando con demasiada mercancía y el saco está demasiado lleno…intentaré buscar ese momento de evasión, gracias.

    • ¡Hola Olga! por desgracia tendemos a llenar la mochila, pero no pensamos en parar nunca a revisar qué podemos vaciar de ella. Y así vamos, con los hombros y la espalda dolorida por el peso. Me alegra que hayas tomado esa decisión. Aunque parezca que es un paso pequeño, es un GRAN paso, y el primero.

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