Cuando “podíamos haber hecho más” (por esa persona que ya no está)

ARBOLES HACIA ARRIBA
Si la culpa nace de no hacernos responsables de nuestras acciones, responsabilizarnos y cambiar nuestra conducta nos salva de ella.

 

El mes de Noviembre es un mes de despedidas. Algunas son más o menos previsibles, como en el caso de los ancianos y muchos enfermos graves. Caen y se alejan como las hojas que el viento arranca de los árboles. Otras nos cogen de improviso, sin darnos tiempo siquiera a decir “adiós”.  Todas son dolorosas. Pero estas últimas son como un terremoto  que sacudiera los cimientos de nuestra “madurez relacional”. Si esta no está bien construida, aparecerán las grietas de la ira primero y nos sumirán en un tsunami de culpa después.

 

Este ha sido el caso provocado por la muerte de una conocida que solía salir con un grupo de amigas mías. Victima de una enfermedad degenerativa incurable, eligió no continuar luchando contra el deterioro que conllevaba su enfermedad. En el grupo hubo una reacción que no tardó en aflorar; una mezcla de rabia y de culpa a partes iguales.  En todas las conversaciones que se generaron a raíz de su fallecimiento aparecía esa emoción, acompañando a las preguntas del millón: ¿podíamos haber hecho más? ¿Cómo no nos dimos cuenta de que estaba tan desesperada? ¿ Por qué no la llamamos para saber como estaba? ¿Por qué no quedamos más a menudo con ella?

 

Lo cierto es que estas preguntas son armas de doble filo. Pueden llevarnos a una mayor toma de conciencia sobre la forma en que actuamos en nuestra vida. Pero también pueden arrastrarnos a una espiral de culpa que añada sufrimiento innecesario a la ya de por si, triste, situación.

 

El ser humano, más que por acción, pienso que peca por omisión. La omisión de reflexionar sobre qué y quienes son  importantes en nuestra vida y organizarla en función de ello.  Vivimos tan enajenados, tan absorbidos por la vorágine diaria, que una gran mayoría de las personas que conozco, no dedican ninguna reflexión a los aspectos importantes de su vida. De esta forma, no es difícil que el drama se desarrolle a su lado sin que se den cuenta. La rabia y la culpa que surgen en esos casos, son una magnífica señal de alarma ante la que detenerse y reflexionar sobre el nivel de conciencia que cada uno está poniendo en su día a día. Nos hablan de lo que es importante y hemos descuidado.

 

Nada puede cambiarse en la tragedia que ha ocurrido. Ni la culpa, ni la rabia que sienten ayudarán a quién se fue. Podemos quedarnos estancados una temporada chapoteando en esas emociones, hablando de ellas y revolviendo,  hasta que el tiempo las diluya y todo quede igual. O podemos coger la oportunidad y transformarlas de forma constructiva. Podemos revolver o podemos resolver.

 

Por eso las  “grandes” preguntas a plantearse en este caso serían: ¿qué aprendo yo con esto? Y ¿qué parte de responsabilidad tengo yo en la situación que se ha  creado que puedo cambiar?

 

En el caso que nos ocupa, esa rabia y esa culpa les están sirviendo a mis amigas en bandeja la ocasión de ayudarse a ellas mismas. Ayudarse a ellas mismas pasaría por aceptar lo que ha sido; perdonarse y hacer un trabajo de mejora personal para lograr mayor congruencia.

 

No somos infalibles, somos humanos. Por lo tanto limitados e imperfectos. Pero tenemos capacidad de evolucionar, de construirnos, de superarnos y mejorar como personas.

 

 

Eso es el regalo postrero de una situación difícil: el aprendizaje que podemos extraer de ella para convertirnos en personas más maduras, completas y responsables.

 

Y en este caso, podemos aprender y mucho sobre la forma en que nos relacionamos y organizamos nuestras vidas. La madurez en nuestra vida significa tener claro que lo importante es lo primero y debe tener un espacio privilegiado en nuestra vida.

 

Aplicado a las relaciones, implica  tener bien definido el espacio que adjudicamos a cada persona en nuestra vida y comportarnos de forma coherente al respecto. Sería injusto e insano que todas las personas de nuestras vidas recibieran el mismo nivel de atención, ya que no todas las relaciones van a tener el mismo valor. Tan desastroso es dar importancia a lo que no es importante, como olvidar darla a lo que si lo es.

 

Por otra parte, es fundamental entender que el cuidado de las relaciones que consideramos importantes requiere de una implicación y una actitud ACTIVA. Si alguien es importante para nosotros,  ¿qué mejor que hacérselo sentir?

Yo llamo con relativa frecuencia a mis más allegados para asegurarme de que están bien, sin suponerlo. Y me hago estar más atenta a quien está pasando una mala racha, aunque no sea de mi círculo más intimo. Hace tiempo que descubrí que eso era más satisfactorio para todos porque consolidaba y favorecía los vínculos y encima me evitaba vivir con las culpas y las heridas de la omisión.

 

Cuando somos sujetos protagonistas de nuestras vidas, somos activos y responsables. No nos escudamos en excusas. Gestionamos nuestras relaciones de manera que las personas que son importantes puedan sentir nuestro interés, nuestra atención y el espacio que les otorgamos en nuestras vidas.

 

Frente a la rabia, frente a la culpa: responsabilidad.

 

Y tú: ¿Cómo actúas en tus relaciones y en tu vida?

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4 comentarios en “Cuando “podíamos haber hecho más” (por esa persona que ya no está)

    • Hola Clara. No tiene sentido quedarse enganchado en la rabia ni castigarnos cayendo en la culpa. Siempre se podía haber hecho más. Todos podríamos hacer mucho más en nuestras vidas. Pero si aprovechamos la ocasión para convertirnos en mejores personas, aportará algo de consuelo y sentido a esas tristes pérdidas.

  1. Buenos días Maria,
    Perdí a mi madre … un pilar importante en mi vida. Me salto las emociones 🙁
    Pero las emociones me chiflan y leo siempre que puedo. Lo último que he encontrado y que intento aplicar es: si no pude hacerlo en vida de mi madre, lo haré ahora ayudando a otras personas que sufren la enfermedad de mi madre (la diabetes).
    Y por eso sigo con mi blog, con mi proyecto y con mi sueño: introducir el deporte en sus vidas para equilibrar las emociones, el metabolismo, los hábitos alimenticios…
    No me enrollo, hoy te estoy contando un gran secreto y no es fácil para mi.Como tampoco es fácil cuando se pierde una amiga. ¡Todo mi apoyo, María!

    • Hola Ana,
      como siempre me encanta la serena madurez que vas conquistando, tu profundo humanismo y esa capacidad de estar en la vida siempre aportando y construyendo. Me encanta saber que cada vez hay más personas comprometidas y con una actitud como la tuya: eres grande y te comportas en coherencia con tu grandeza.Te agradezco además tus ánimos, aunque en este caso, esta chica no se contaba entre mis amigas sino entre mis conocidas, así que para mi el impacto no ha sido tan grande. Pero me apenó mucho ver el tsunami emocional de culpa y malestar que causó en mis amigas el suceso, por eso he decidido escribir sobre ello. Abrazo.

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