Cuando la vida nos besa en la boca

espadas montada

 

Algunos lo creeréis porque os ha ocurrido u os ocurre. Otros lo negareis o seréis escépticos. Pero lo cierto es que hay ocasiones en que la vida nos besa en la boca.

 

Unas veces nos besa breve, fugazmente. Como el beso robado de un adolescente inseguro. Otras nos besa de forma larga, calida e intensa. Con la profundidad y pasión con que se besa a quien se nos entrega, se nos abre y nos da lo mejor de si mismo.

 

De ambas formas me ha besado a mí la vida en estas dos últimas y ajetreadísimas semanas.

 

La primera vez ocasión iba tan acelerada, que tardé en caer en la cuenta. Imaginaos: 19:30 de uno de mis días en que he madrugado un poco para trabajar en mi proyecto antes de ir a la oficina. 8 horas de trabajo en un lugar donde he conseguido ser profesional y que no sufra mi corazón, pero que por el tipo de trabajo, requiere de mi muchísima atención y concentración. A la salida, sesión de coaching con una cliente. Arañar unos minutos al tiempo para esas mil necesidades cotidianas de intendencia y correr de vuelta a casa, para poder bajar al gymnasio, el único día esa semana. Estoy vistiéndome y escucho el teléfono fijo que suena. No espero llamadas así que no lo cojo. Pero a punto de salir por la puerta, escucho el móvil que suena en mi habitación. Regreso y encuentro una llamada perdida de mi hermano mayor.

 

Cada familia tiene lo suyo. En la mía,  entre otros, tengo un hermano mayor que vive en Navarra, no muy lejos de Pamplona,  casado y con 3 niños, mis sobrinos, a los que adoro y no disfruto tanto como quisiera. Tiene, por resumirlo, que cuando mi hermano mayor me llama, me sudan las manos. Porque sólo me llama si hay algún problema. Nunca, nunca en los últimos 10 años, me ha llamado para charlar conmigo o preguntar cómo estoy. Ni para felicitarme mi cumpleaños o preguntarme por algún acontecimiento importante en mi vida.  Y sé que a veces no me llama ni cuando viene a pasar el día a San Sebastian. Y cuando llama por temas relacionados con mi madre, no se anda con rodeos. La información y punto. Así que me sudan las manos y el corazón se me acelera cuando le llamo de vuelta.

 

Su voz suena de ultratumba. Mi sobrino Aimar, el pequeño de 4 añitos y delicado en general, lleva 10 días enfermo con una gastroenteritis que no acaba superar. Entrando y saliendo del hospital y ahora ya tan débil que ya no puede ni sostenerse en pie.  Necesitan ingresarlo. Pero mi sobrino mayor también está con el virus. Y el ha caído también enfermo, con unos vómitos y unos mareos que no puede ni moverse de la cama. Su mujer esta nerviosísima, pensando que ella también va a caer enferma y no tienen a nadie cerca para darles apoyo, porque la chica que les ayuda con los niños tiene a su madre ingresada y no está disponible.

 

Así que cuando tienes que salir a todo meter, a las 8 de la noche, autovía de Pamplona, siempre llena de niebla,  en medio de una lluvia torrencial que ya ha desbordado el Ebro y tiene a toda tu provincia en alerta naranja, no entiendes muy bien que la vida te esta acariciando, dispuesta a regalarte lo mejor de si. Pero que no lo entendamos, no significa que no lo haga.

 

Esto ocurría el jueves noche. El viernes por la mañana, llevamos a la niña al colegio y luego se quedó en casa de la profesora, para que no se contagiara. Llevamos al pequeño Aimar al hospital para que lo mantuvieran hasta que se pusiera bueno de una vez por todas y no sólo una leve recuperación y a las 24 horas malito otra vez. Luego yo me quedé al cargo de mi hermano y mi sobrino, encantado de no ir al colegio y  que cada dos por 3 repetía “ Tía, que me he vuelto a cagar en los calzoncillos”.

 

collage exploración

 

Fueron días memorables. Cierto que me costó un poco darle la vuelta a una salida de la rutina que me trastocaba todos mis planes. En la oficina tenemos ahora trabajo como para arrollarte según entras por la puerta y la empresa privada, no perdona. Lo que no hagas hoy, lo tendrás que hacer mañana, metiendo horas que nadie te va a pagar. Y adiós a mi encuentro mensual con el grupo de chicas de mi grupo de Vino y Rosas y a poder pasear el domingo por el monte un rato, después de dos fines de semana metida en casa por la lluvia. Además, con la premura con la que salí, no me había llevado el ordenador y mi hermano tenía el suyo con clave. Por supuesto, no pude usarlo hasta que mi cuñada el sábado noche se ofreció a dejarme acceder con mi clave, para que al menos pudiera comprar el billete de vuelta para mi viaje a Barcelona al curso de EED, el siguiente fin de semana. Así que ni redes sociales, ni trabajar en el blog, ni en mi proyecto, ni nada de nada.

 

Pero pude disfrutar de mi sobrino mayor, Javier, prácticamente para mi sola durante 3 días. Vimos Starwars unas cuantas veces, luchamos utilizando los puerros con los que les preparaba purrusalda a modo de espada láser, exploramos casas abandonadas atravesando los sembrados encharcados, de forma que mis botas quedaron en un estado deleznable, buscamos nidos y fuimos a ver la crecida del “rio” y leímos a Mortadelo y Filemón acurrucados en el sofá, mientras yo rezaba no sólo porque el chiquitín se recuperara, sino también porque yo no contrajera el virus de cara a mi inminente viaje al curso de Barcelona.  Y les conté las mil batallas de mi vida cotidiana, aunque nadie me hiciera caso, para distraerles de su “runruneo” de “me voy a poner enferma yo también” o “qué haremos si Cristina ( mi cuñada) se pone enferma”. El caso era intentar mantenerlos anclados en el 1% de posibilidades, y no dejarlos irse al 99% de negatividad. Y les tranquilicé comprometiéndome a quedarme, hasta que todo estuviera normalizado.

 

El domingo por la mañana  aproveché para acercarme  con mi sobrino Javi a Santa María de Eunate, una de mis ermitas románicas favoritas, donde le pedí 3 minutos para conectarme con mi “fuerza” bajo el sol que volvía a brillar, antes de una increíble pelea de espadas que en ese entorno, nos hacía parecer auténticos caballeros jedis.

Por la tarde,  le dieron el alta a mi sobrino el pequeño que ya correteaba por los pasillos del hospital y revolvía todo, con la vivacidad propia de un niño que se siente bien. Sus abrazos y risas me supieron a gloria.

 

Collage sobris

 

De vuelta a casa, al ver los riscos de la sierra de Aralar silueteándose en la luz del atardecer y las cumbres salpicadas de nieve de las Malloas, me vinieron al corazón de golpe todas las personas que han dado y dan sentido a mi vida: mis amigos del monte con los que recorrí esas montañas, mi madre que insistió en que me quedara a pesar de la oficina, mis amigas con las que tanto comparto, mi ex pareja Germán que no conocía la palabra pereza para coger el coche e ir donde tocara,  los chicos que me hicieron pedazos el corazón y a los que sé les habría gustado saberme feliz, compañeros de coaching, conocidos…. y entre todos, mi fallecido hermano Guillermo que tanto buscó juntarnos a todos los hermanos y murió sin verlo. Sentí como si de pronto, recibiera el amor de cada uno de ellos y lo sintiera en mí. Y a su vez, pudiera enviarles el agradecimiento que siento por todo lo compartido, por todo lo vivido con ellos. Sentí  el impacto de cada uno de ellos en mi vida, su aportación y el sentido que habían tenido en mi particular “viaje del héroe”.  Sentí la unión, la armonía, mientras el coche literalmente, volaba,  y las lágrimas me caían sobre el volante. Y experimente una vez más,  una paz tan grande, como si ya no hubiera más que esperar ni desear de la vida, porque sólo por lo que he recibido y compartido a lo largo de mi vida, ya he sido una de las personas más afortunadas y bendecidas del planeta.

 

….Y este Domingo pasado, mi hermano llamó por primera vez en los últimos 10 años a mi madre,  para invitarla a pasar el día con ellos. Mi pobre madre,  me llamó entre satisfecha y asustada a Barcelona para decírmelo.

 

Y volví a ser testigo de cómo cuando nosotros estamos dispuestos a cambiar las relaciones que hemos construido desde nosotros mismos, entregándonos desde el amor y la humildad, dejando atrás los reproches y sin pedir a los otros que cambien,  las relaciones y las personas cambian.

 

Y entonces, supe que en aquel momento de la autovía,  la vida me había besado en la boca.

 

 

Y a ti: ¿cuántas veces te besa la vida en la boca?

¿ lo hace sin que lo sepas? ¿ o estás vivo y consciente de ello?

 

 Y si no lo hace: ¿ qué necesitarías cambiar para lograrlo?

 

Soy María Díez Coach y con mi blog ofrezco un espacio de encuentro vital, reflexión y aprendizaje para personas comprometidas con su superación personal, familiar y laboral.

En él encontraras herramientas de inteligencia emocional para superar los obstáculos cotidianos y construirte una vida llena de fuerza, confianza y pasión. Una vida  a tu medida, que sientas que merece la pena vivir.

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