¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?- Salir del laberinto de la melancolía

¿Cualquier tiempo pasado fué mejor?
¿Cualquier tiempo pasado fué mejor?

 

En esta última semana me he encontrado en dos ocasiones con la palabra melancolía. Ambas, hablando con amigos que aprecio y que me han confesado sentirla. Esto me ha entristecido, porque sé lo insidioso que es ese sentimiento. Aunque ya no la sufro, no hace tanto que todavía tenia un corazón de niña perdida y necesitada de amor que erróneamente, buscaba fuera de mí. Y recuerdo como mis días se teñían de gris, mientras  rebuscaba en el pasado algo, una felicidad inconcreta, que ni siquiera sabía qué era, cuya falta me hacía sentir incompleta en el presente.  Es como un laberinto, en el cual das vueltas y más vueltas, sin encontrar la salida. ¡Cuánto sufrí por ese sentimiento de ausencia, volcada en el recuerdo de los felices tiempos pasados!

 

Todos sabemos que la melancolía se manifiesta como una rememoración de viajes, momentos, personas o experiencias que nos hacen pensar y sentir que “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

 

En este caso, todo empezó con un  “¿Recuerdas María, cuando salíamos juntas los sábados?”. Y al ponerse a evocar mi amiga aquellos  “felices años de la universidad” y mostrarme su añoranza, surgió como vive el presente a la sombra de la melancolía. Lo que resultó curioso, es que al contrastarlo conmigo, salió a la luz que el recuerdo que yo guardaba de aquellos años, menos feliz, era de todo. Cierto, era sencillo vivir en casa de nuestros padres, sin otra obligación ni dedicación que nuestros estudios. Sin embargo, tuvimos un par de profesores en cuarto y quinto de carrera,  que nos hicieron la vida imposible. Y a ella, más incluso que a mi. Desde no publicar las notas y negarse a comunicarte los resultados del examen si no pasabas por su despacho, hasta darle a otra persona una beca largamente anhelada y para cuya obtención mi amiga trabajó como una negra, quedándose a veces hasta las 2 de la mañana en el laboratorio. Yo guardo un recuerdo pavoroso de aquellos años, en que sentía que daba igual cuanto me esforzase o estudiase porque entendía que mis resultados quedaban sometido al  arbitrio de un docente déspota, que hacía lo posible por minar tu moral, como si le importase más que no terminases tus estudios, que la satisfacción de impulsarte a través de sus conocimientos para salir como un profesional bien formado al mercado de trabajo.

 

Cuando le recordé aquello, mi amiga se sorprendió. Me dijo haberse olvidado totalmente de aquellos dos profesores que tanto daño le hicieron y recordar sólo cómo los sábados nos poníamos guapas y salíamos a tomar algo, soñando sobre nuestro futuro frente a unos carajillos estupendos  en un bar irlandés que estaba muy de moda. O aquellas cenas que solíamos organizar con algunas amigas y un grupo de chicos filósofos, con los que solíamos mantener encendidos debates intelectuales, pero donde nunca nadie llegó a nada más a pesar de nuestros exuberantes 22 años.

 

Esa es la trampa de la melancolía: mantenernos con la atención fija en el pasado, buscando algo que sólo existe en nuestra mente. Nos hace cambiar lo real por lo irreal, ya que está demostrado que las personas tienden a recordar su pasado borrando de su mente los hechos y emociones desagradables.

melancolía

Y ¿por qué aparece la melancolía?

 

La respuesta es sencilla: es una llamada de atención de nuestra psique cuando no aceptamos nuestro presente. Denota que  no estamos EMOCIONALMENTE   satisfechos con nuestra vida. Y destaco la palabra “emocionalmente” porque racionalmente, sabemos que no tenemos razones para quejarnos. La melancolía no es propia de personas con fuertes carencias económicas o materiales o situaciones vitales dramáticas o precarias. Es más característica de personas con su vida más o menos acomodada y resuelta. Sufrir por algo que uno no puede tener, como es el pasado, es una forma de dolor permitido.

 

También aparece como respuesta a miedos, como puede ser el miedo al paso del tiempo, el miedo a envejecer.

 

En el caso de mi amiga, recuerda como en aquellos tiempos, todo estaba por venir, por vivirse. Nuestras vidas eran todavía lienzos casi en blanco, donde había pocas pinceladas. Todo estaba por explorar, todo estaba por dibujarse, por escribirse: era una etapa de posibilidades infinitas y escasa responsabilidad personal. Lo contrario de ahora, donde nuestras vidas ya están más o menos encauzadas y habiendo rebasado el meridiano de la vida, se ha cubierto la mayor parte del lienzo.

 

Pero en el fondo, se trata de lo mismo: la melancolía saca a la luz una carencia (normalmente más afectiva que material) de nuestra vida. Muestra una insatisfacción con lo que tenemos. Es una no aceptación total de nuestra vida presente. Porque si nuestra vida es plena, si los colores con que pintamos nuestro lienzo, son hermosos y alegres  no sentimos la necesidad de aferrarnos al pasado.

 

Por eso, la forma de combatir la melancolía siempre tendrá que ir orientada a buscar qué es aquello que añoramos AHORA en nuestras vidas.

 

¿Qué carencia estamos sintiendo en nuestra vida? Ahí es donde debemos abandonar ese dolor “cómodo” y ejercer la responsabilidad personal de atrevernos a explorar y cambiar lo que no funciona.

 

Lo repito: la salida al laberinto de la melancolía, es crear AHORA las condiciones para que nuestra vida sea rica y valiosa. Una vida que merezca la pena vivir. Puedes volver al pasado para entender qué es lo que buscas o añoras (despreocupación, humor, alegría, vitalidad, ilusión….).  Pero sólo si es para traerlo a tu vida presente.

raton en laberinto

 

Como experta en sentirme melancólica que he sido, te digo que la única salida a la melancolía es esforzarse por disfrutar un día a día rico y satisfactorio. También te ayudará mucho estar en contacto con tus emociones, entendiendo la información que te proporcionan. Y por supuesto, el  adquirir destrezas y desarrollar actitudes personales como:

–          ser capaz de revisar nuestras expectativas con un enfoque positivo: enfocándonos en lo que tenemos más que en nuestras carencias.

–          Trabajar el agradecimiento: bien se dice que no sabes lo que tienes, hasta que lo pierdes. Imagínate si te faltara alguna de las cosas que tienes (tus hijos, tu pareja, la salud, el trabajo)  y aprende a sentirlas más. Cada beso que das, cada vez que te pones en pie, cada vez que comes, que vas a trabajar. Toma  momentos al día para hacerte más consciente de ello y maravillarte por el privilegio de cuanto hay en tu vida.

–          Entender que tú diriges tu vida y te corresponde en exclusiva el privilegio de ser artífice de ella. Tú pintas tu lienzo, tu eliges los colores.

–          Aprende a amarrar tu vida a ti mismo, a tus metas. No a personas u objetos que pueden acabar desapareciendo.

 

De lo contrario, puede que te pase como a Sabina, en la canción que dice “vivo, en el número 7, Calle Melancolía. Quiero mudarme hace años, al barrio de la alegría…. Pero siempre que lo intento, ha salido ya el tranvía”.

 

Recuerda que el traslado sólo depende de ti: sólo tú puedes levar las anclas del pasado, para no perderte el presente.

 

Y aunque sé que tienes la capacidad y fuerza personal de hacerlo por ti mismo/a, si lo deseas  yo puedo acompañarte y darte apoyo en el viaje. El caso es que no perdamos vida metidos en el laberinto de la melancolía. Y si lo hacemos, que sea para aprender a no volver a atraparnos.

 

Y tú: ¿Cómo andas de disfrute en tu presente?

 ¿Te quedas en la Calle Melancolía o te mudas a la de la alegría? 

¡Hola! Soy María Díez Coach y con mi blog ofrezco un espacio de encuentro vital, reflexión y aprendizaje para personas comprometidas con su superación personal, familiar y laboral.

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