Cosas que el dinero no puede comprar

cosas que dan valor

 

Buenos días.

 

Hoy deseo hablaros sobre aquellas cosas que componen el delicado encaje de la vida. Tan frágil y delicado, que a veces nos pasa desapercibido. Pero que cuando se desgarra en algún punto, nos causa una tremenda conmoción. Porque hay cosas sin las que no sabríamos, ni podríamos vivir.

 

9:00 am de un día laborable. Salgo en dirección a la biblioteca a trabajar. Pero al cruzar la calle  y ver al fondo el sol iluminando el cristo que corona el monte Urgull, cambio de idea y me encamino hacia la bahía.

 

Aunque me costó tomar la decisión, me recuerdo que  he reducido mi jornada laboral con el fin de tener más tiempo para mi misma durante una temporada. Necesitaba vivir más tranquila, sin la sensación de pasarme el día corriendo de una actividad a otra hasta caer exhausta en la cama por las noches, como he pasado los últimos 5 años. Y sobre todo, coherente con lo sentido y vivido  el último verano, donde mi vida ha pasado delante de mis ojos como lo haría un tren de alta velocidad, en el que yo no iba a bordo.  Así que ahora me he dado permiso total para  disfrutar más de mi día a día. Y tener más tiempo para mi y los que quiero.

 

Al poco camino por el puerto donostiarra.

 

Si ya vivir en una ciudad como San Sebastián es de por si, un regalo, en un día de viento sur como este, se convierte en un privilegio. Apenas hay gente por el malecón y el agua que choca contra los diques, junto con los chillidos de las gaviotas y las campanadas del convento de clausura de Santa Teresa, en la cercana Parte Vieja, componen una peculiar sinfonía.

 

Paloma en puerto

 

Como me ocurre en ocasiones, tengo uno de esos momentos  “Aha”  , que diría Oprah. Caigo en la cuenta del lujo que supone para mi estar ahí: a las 9:30 de un día laborable. Cuando lo normal sería que apenas hubiera visto la luz del día. Sin mi decisión de trabajar menos horas, habría caminado, mientras el día va despuntando, rumbo a la oficina para enclaustrarme según el día ha levantado.  Y  llevaría allí metida ya una hora con luz artificial. Esos han sido mis últimos 15 años. Salvo por este verano, cuando decidí empezar a salir a correr amaneceres para disfrutar un poco del día,  hasta que una contractura acabó con mis carreras matinales.

 

15 años. Multiplicado por 11 meses (quitando el mes de vacaciones) con 22 días laborables cada uno, hacen 3630 días de recorrer el mismo camino. De no recorrer otro. O al menos, de no ir a otro sitio.Se me hace un nudo en la garganta. 3 630 días de luz artificial. De no ver ni si llueve o hace sol fuera. Y sobre todo, de no disfrutar de un momento como este,  sin ninguna obligación. Sin ningún lugar al que tener forzosamente que dirigirse. Sin nada más por delante en las próximas horas, que no sea lo que en ese momento deseo. Como si decido no aparecer en la biblioteca por la mañana. Ufff.

 

Y antes de esos 15 años, hubo otros lugares. Otras rutinas. Me siento abrumada de darme cuenta de cómo se nos pasa la vida y en ese instante, entiendo que pocas veces he disfrutado de una sensación tan intensa de libertad como en esta mañana.

 

Decido prolongar un poco más mi paseo. En mi camino encuentro una cafetería que han renovado hace ya más de 6 meses y yo no conocía, donde me siento a desayunar tranquila. Hoy la biblioteca puede esperar.

 

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Mientras desayuno, me felicito una vez más por la decisión de haber reducido la jornada a pesar de la importante merma de ingresos que me va a suponer en los 3 meses que me han concedido de reducción. A cada día que pasa, a cada momento que paso conmigo misma, sin prisas, sintiéndome un poco más dueña de mi tiempo, me recupero del agotamiento que me ha provocado este “verano horribilis”.  Poco queda de aquel agostamiento. De aquella tristeza intermitente que me invadió.

 

Y por eso, sentada en la cafetería, desayunando sin prisas, me viene a la mente aquel slogan “hay cosas que el dinero no puede comprar”.

 

Así que hoy sólo quiero hablaros precisamente, de eso: de las cosas que el dinero no puede comprar y por las que debemos sentirnos infinitamente agradecidos. Como haber dado ese paseo bajo el sol dorado del otoño. Como desayunar sin prisas en un lugar bonito. Como ser más dueña de mi tiempo por unos meses. Y tantas y tantas cosas que hacen de mi vida, una vida afortunada y absolutamente privilegiada. Aunque a veces se me olvide, o con las prisas, no me de tiempo a aprehenderlo e interiorizarlo.

 

Y eso que me considero una persona agradecida con el día a día y con capacidad de disfrutarlo. Sin embargo, qué pocas veces nos detenemos a saborear nuestra vida y pensar en esas pequeñas cosas grandes, que hacen nuestra vida maravillosa. 

 

Por eso, hoy quiero animaros a hacer una lista, con todas esas cosas que no se compran con dinero. Y os animo a que la colguéis en un lugar visible, para leerla en los días de bajón.  Porque está en la condición humana, que a pesar de ser las cosas que más valoramos, sean aquellas a las que menos atención prestemos.  

 

Yo os dejo una parte de mi lista. Seguro que con algunas variantes, muchos os reconoceréis en ellas:

 

–          dar un beso a mi madre al salir de casa por la mañana. De esos que das como si pudiera ser el último. De esos que te curan todos los males.

–          Caminar. Caminar sobre mis piernas. Aunque sea al trabajo.

–          Tomar mi tiempo en el camino hacia el trabajo para extasiarme con cuanto me rodea cada mañana: cielo, río,  árboles que cambian de color…

–           sentir que cuento con el cariño de mis amigos.

–          saber que mis sobrinos, mi familia en general y aquellos que aprecio,  gozan de salud y una situación económica que les permite vivir con comodidad y desarrollarse como personas.

–          Acariciar y querer a un perro o un gato ( o cualquier otro tipo de animal que se deje acariciar y querer)

–          Abrazar fuerte a alguien que quiero.  Sujetar su mano. Mirarle a los ojos.

–          Sentir la lluvia o el sol en mi cara Ver amanecer o ponerse el sol en el mar.

–          Escuchar el sonido del viento o el mar. Escuchar música.

–          Bañarme en el mar o caminar por los montes. Pisar la nieve, la arena o la hierba.

–          Reírme de mi misma. Reírme con otras personas. No de otras personas.

–          Una buena conversación.

–          Sonreír.

–          Recibir sonrisas.

–          Mirarme al espejo y ver en él una mujer que amo: increíble,  única y maravillosa. Con sus luces y sus sombras.

 

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Y tú: ¿sabes cuales son para ti? ¿Te atreverías a hacer tu lista?

Te espero en los comentarios.

Que tengas un gran día.

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