Con la felicidad ganamos todos

OLYMPUS DIGITAL CAMERA¿Qué deseas para tu vida? Imagínate que te formulo esta sencilla pregunta. Párate un instante y reflexiona sobre ella. Quizá tienes un breve instante de titubeo. He observado con los clientes que este tipo de  preguntas siempre les coje desprevenidos.

Pero en nuestro interior,  sabemos qué deseamos para nuestra vida. Así que pasados esos segundos, seguramente podrás empezar a describir qué cosas tener, cómo se quiere sentir o qué logros deseas llevar a cabo.

Continúo indagando. Y ahora te pregunto: ¿para qué? Esta respuesta requiere más reflexión. En ella, suelen aparecer ya las aspiraciones esenciales del ser humano: amor, belleza, integridad, dignidad, realización…

Si ante estas respuestas, continúo preguntándote ¿para qué?, inequívocamente la respuesta que termina por surgir con ligeras variantes es: para ser feliz.

La felicidad es uno de los anhelos más profundos del ser humano. El más universal. El camino que lleva a ella es diferente para cada persona. Y el concepto de felicidad no conlleva lo mismo para cada persona: cada uno la siente y la vive de forma singular.

No necesitamos lo mismo para ser felices, pero reconocemos cuando lo somos. Esa es una de las funciones del coaching: facilitar que cada persona, por su camino, defina su propio concepto y  trabaje para alcanzar su felicidad.

Sin embargo a una gran parte de las personas les parece que la felicidad es algo “que les ocurre”. La viven como ajena a su control. La asocian a las circunstancias y personas que les rodean. Cuando las circunstancias les resultan, bajo su punto de vista favorables, son felices.

Esta forma de entender la felicidad está muy extendida. Es cómoda, porque resulta la excusa perfecta para dejar la responsabilidad de la felicidad fuera de nosotros. Pueden culpar a todo y a todos de su infelicidad. A la crisis, a la sociedad  “que es un desastre”, a sus parejas “que no les entienden”, a sus jefes “que son insoportables y no les reconocen”, a sus hijos “que no obedecen y son ingratos”, a sus suegros “que nunca les aceptaron”, a su falta de suerte… Existe una tipología de excusas tan variada como las personas.

¿Cuántos de nosotros conocemos personas ancladas en la queja? Personas que perpetúan hasta el aburrimiento sus lamentos sin un deseo real de intentar siquiera cambiar sus circunstancias.

Lo que me entristece es que esa forma de “tirar balones fuera” y  desviar la responsabilidad hacia lo externo, tiene un coste muy alto para ellos.  El demorar la responsabilidad sobre sus vidas tiene un doble efecto muy nocivo. Por una parte pierden un tiempo precioso, por limitado. Nos guste o no la idea, no sabemos si mañana tendremos la posibilidad de ser felices. Puede sonar dramático pero es real: en este mundo rápidamente cambiante, mañana podemos no estar o que nuestras circunstancias sean todavía más desfavorables.

Por otra parte, el hecho de postergar la acción de tomar una parte activa en la construcción de su bienestar  les disminuye a nivel anímico. Esta actitud las hace percibirse como víctimas, restándoles oportunidades de mejora. Y terminan convertidas en víctimas de sus circunstancias,  estancadas y sin ilusión. Yo también fui así un día.

Mi experiencia personal me ha demostrado que lo que marca la diferencia entre la gente que vive feliz y los que no lo consiguen, es que los primeros están comprometidos con ser felices. Incluso a sabiendas de que en ocasiones no lo conseguirán. Todos sabemos que la vida nos trae momentos de dificultad y adversidad en los que ser feliz resulta muy complicado.

Nuestra actitud siempre es una elección. La felicidad puede considerarse un derecho, pero también conlleva obligaciones que nosotros habremos de afrontar para poder disfrutarla. Yo pienso que cada uno de nosotros recibe, junto con su dignidad de hombre, su parte en esta responsabilidad.

El punto de partida para comenzar a labrarnos una vida mejor es poner en ella parte de nuestra atención. Esforzarnos en  forjar una vida plena dentro de nuestras posibilidades, sin dejar toda la carga en “nuestras circunstancias”.

A ser feliz, también se aprende. Es una lastima que ese tipo de educación no la recibiéramos en la escuela y no se eduque a los niños para enseñarles a buscar sus propias vías de felicidad.

El sueño que acaricio es que cada vez más hombres y mujeres tomen conciencia de ello, reconozcan gozosamente esta responsabilidad y la asuman en su vida cotidiana. De este modo serán capaces de contribuir allí donde estén y con los medios con los que cuenten, a una mejor sociedad. Estoy firmemente convencida de que personas más felices, son mejores personas y construyen mejores sociedades.

Por eso te interpelo, igual que exclamaría el gran poeta Whalt Whitman: “no renuncies a hacer de tu vida algo maravilloso”.