Detente a oler las rosas: tú también lo necesitas

 

"Mientras vives, sigue aprendiendo a vivir".
“Mientras vives, sigue aprendiendo a vivir”.

 

En Marrakech, en Abril, no puedes escapar de las rosas ni de su fragante perfume que te sorprende inesperadamente al doblar una calle, aun mucho antes de que tú veas las flores. En todos sus jardines, por secos y polvorientos que estén, florecen las rosas.

 

Rosas blancas, amarillas, naranjas, rojas. Rosas rosas. Rosas trepadoras que se mecen con la brisa. Rosas de todos los tamaños, formas y colores. Unas rosas soberbias que acaban adornando en muchos casos los jarrones de los riads y cuyos pétalos cubren las piscinas y los baños de los hammanes.

 

Os lo digo como lo he vivido, porque este mes de Abril, he pasado 10 días allí, con mi madre de 80 años.

 

Explicaba en mi boletín (para  los que están suscritos en mi blog) que sacar adelante estas vacaciones   ha sido todo un reto. Para conseguirlo, además de planificar muchos temas y anticipar otros tantos, he tenido que sobrevivir a la complicada tarea de lograr que las cosas salgan en el plazo previsto. Algo muy arduo cuando los temas no dependen exclusivamente de ti sino que en ellos participan otras personas sujetas a sus correspondientes ritmos.

 

¿Qué os voy a contar que no sepáis de lo que son las semanas anteriores a las vacaciones? Si ya es complicado de por si surfear la ola de la vida, en los días previos a marcharnos lo normal es que vayamos revolcados por ella. Necesitaríamos sólo unas vacaciones para descansar del estrés que solemos acumular los días previso a las propias vacaciones.  No es casualidad que muchas personas se pongan justo enfermas el primer día, porque solemos llegar con un enorme desgaste.

 

En mi caso, no ha sido muy diferente. Aunque sin duda ha sido el año que mejor me he organizado por mi parte para no pasar por ese estrés pre-vacacional, tuve montones de contratiempos. Y para colmo,  a ellos  se añadieron  algunas tormentas emocionales de esas que nos trae inesperadamente la vida.  Y lo anterior, sumado a la preocupación de viajar con una persona mayor y además con problemas de movilidad, ha hecho que este viaje, aun habiéndome encantado el destino, no haya sido de los más relajados a nivel emocional.

 

Por eso llegué  con mucho deseo de ver cosas, pero también con mucha necesidad de tranquilidad y descanso. Ansiaba recuperar un poco de equilibrio interior, del que tanta necesidad  tenemos debido a la velocidad con la que vivimos.

 

Y ese equilibrio, lo recuperé renunciando a ver cosas y deteniéndome a oler las rosas.

 

PicMonkey Collage 2

Os lo explico.

 

Siempre he sido una persona muy activa, muy “hacedora”. Me encanta el movimiento y la variedad. En ese sentido, soy como una niña llena de curiosidad por la vida;  me crezco con el estímulo de las situaciones cambiantes y los lugares y personas diferentes. Me ha costado, y mucho,  aprender a disfrutar de mis pequeñas rutinas, sin tener sensación de monotonía.

 

Por eso esta nueva forma de viajar, con una persona mayor que tiene necesidades muy específicas, ha requerido mucho “reajuste de mis expectativas” y mucho aprendizaje y autogestión por mi parte.

 

Antes cuando viajaba a una ciudad, me llevaba planificado en una lista todo lo que quería ver. Ahora,  he aprendido a aprovechar las vacaciones  para recuperar contacto conmigo misma.  Y así, he conseguido disfrutar con los  momentos “muertos”, de esos en que no haces nada, pero nada, nada, salvo dejar la cabeza vagar, mientras mi madre descansa y se recupera.

 

Puede que a otras personas les asuste esa “parada mental”; ese espacio de aparente “vacío” que puede sobrevenir cuando estamos ociosos. De hecho, creo que en la sociedad actual, estamos tan ocupados con la exclusiva finalidad de escapar de ellos. Seguro que todos vosotros conocéis  personas que temen a los pensamientos que pueden venir a su cabeza si no están ocupados. Y sin embargo, pocas cosas nos resultan tan beneficiosas y nos aportan tanto como crear esos pequeños “oasis del tiempo” donde pararnos a beber té, quitarnos el polvo del camino de la boca y detenernos a oler las rosas. Es en esos momentos de tranquilidad y reconexión con nosotros mismos, dónde sentimos qué y quienes son importantes para nosotros. En ellos es donde hay espacio natural para la creatividad,  las ideas nuevas y los cambios de perspectiva,  que surgen casi sin buscarlos.

 

No sé vosotros, pero yo cuando voy acelerada, me ocurre como que “me salgo de mi misma”. Pierdo el foco, la tranquilidad, me estreso, empiezo a desbarrar emocionalmente  y tiendo a ver la botella media vacía. Por eso necesito de vez en cuando espacios de silencio para poder recuperar el dialogo interno conmigo misma que me devuelvan a la armonía  y el equilibrio.  Creo que todos lo necesitamos.

 

Entre otras cosas, porque es en esos espacios cuando puedo revisar mi brújula interior y comprobar si estoy todavía  apuntando a mi Norte o me he desviado del camino. Y puedo plantearme con calma preguntas importantes, de esas que a veces “da miedo pensar”.

 

¿Estamos bien orientados?

¿Estamos siguiendo la llamada interna de nuestro corazón?

¿Sabemos lo que deseamos, hacia dónde vamos y cuales son nuestras prioridades?

 

Esos “oasis” también nos permiten observar con perspectiva cómo va nuestra vida y sacar información muy valiosa al respecto:

 

¿Qué personas hay en ella?

¿Están presentes las personas que queremos que estén o bien falta alguien importante?

¿Qué nos dicen de nosotros las personas que nos rodean?

Y nos permiten auto- observarnos con honestidad:

 

¿Qué nos dice de nosotros nuestro día a día?

¿Nos sentimos satisfechos o resignados?

¿Cómo estamos por dentro?

¿Qué es lo que nos mueve?

¿Qué tipo de sentimientos anidan en nosotros?

¿Hay algo que debamos cambiar, abandonar o adoptar?

 

 

Hacerse preguntas importantes no es algo que surge de cualquier modo, en cualquier momento. Necesita de un ámbito y un espacio íntimo y preciso.

 

Dedicándonos de cuando en cuando tiempo a nosotros mismos, podemos crearnos  esos “oasis de calma” donde retomar conexión con nuestras emociones y   hacernos una valiosa “puesta a punto” emocional. De hecho, ese es en parte el contenido de las sesiones de coaching.

 

Entiendo que quizás no todos podamos inspirarnos oliendo las rosas de Marrakech, pero está en ti buscar el momento y el lugar para reflexionar sobre tu vida.  Tú eres el responsable de crear esos “oasis” dentro de ti, aunque sea dando un paseo y mirando el mar, tus hijos que juegan o las nubes que pasan por el cielo.

 

Quien no encuentra ni busca ese espacio, no sabe quererse, no sabe cuidarse. Está en constante huída de sí mismo.

 

 

Y tu: ¿te detienes de vez en cuando a oler las rosas?

¿Vas a dónde deseas?

¿Sabes crearte espacios de descanso y reflexión?

 

Pd: A pesar de la tormenta interior que me acompañaba, yo he encontrado muchas respuestas a estas preguntas, que espero compartir en breve con vosotros en los próximos post. Y mientras divagaba al borde de la piscina sobre cómo enfocar mis productos para el apoyo a la independencia económica y emocional femenina,  las chicas que servían el riad se acercaron entre risas quedas y me ofrecieron un jarrón con 3 rosas, en exclusiva para mi.

Una imagen que atesoro en mi corazón, porque no creo en las casualidades.

2015-04-28 mis rosas retocado

 

Soy María Díez Coach y con mi blog ofrezco un espacio de encuentro vital, reflexión y aprendizaje para personas comprometidas con su superación personal, familiar y laboral.

En él encontraras herramientas de inteligencia emocional para superar los obstáculos cotidianos y construirte una vida llena de fuerza, confianza y pasión. Una vida  a tu medida, que sientas que merece la pena vivir.

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Esos esqueletos que guardamos en el armario

Closet Skeletons
¡Hola! ¡Estamos aquí para recordarte quien eres!

 

Aprovecho que esta Semana Santa me ha tocado hacer “limpieza y reestructuración emocional” para traeros un tema que a todos nos afecta o nos ha afectado en un momento de nuestras vidas: el de los esqueletos que metemos en un armario. Aunque supongo que todos sabéis a qué me refiero (todavía no conozco a nadie que no haya tenido al menos uno) vamos a revisar este curioso fenómeno emocional, que bien merece al menos un post o incluso dos, por la relación directa que guarda con un aspecto tan importante como es el de nuestra autoestima.

 

Pero: ¿Qué son y cómo se originan estos esqueletos?

 

Los esqueletos del armario suelen originarse como consecuencia de esconder un cadáver. Esto es muy obvio. Pero ¿qué cadáver? “si yo no he matado a nadie”, os diréis. Bueno, es que los fenómenos emocionales son muy perversos…El cadáver suele ser el resultado de una relación o una situación no resuelta. La aparcamos y la dejamos de lado, con la esperanza de que el paso del tiempo o el azar de la vida la resuelva por nosotros. Ese es el cadáver.

 

Ese cadáver, con el paso del tiempo, pierde su materia blanda: el dolor agudo, la rabia feroz, la profunda tristeza,  la culpa desgarradora o la tremenda impotencia que nos causaba. Pero el hecho que nos llevó a esa situación, que nos hizo tomar esa decisión que sabemos  injusta o errónea o sacar de nuestra vida a una persona sin aparente motivo, o tener una actitud despreciable o inmoral o el sentir que hemos  hecho daño a alguien, no se ha reparado. La carne y su hediondo olor desaparecen, pero los huesos quedan, porque no podemos escondernos de nosotros mismos.

 

Los esqueletos del armario, suelen tener más  que ver con situaciones que hemos provocado nosotros mismos y con nuestra propia autopercepción,  que con situaciones que nos han “creado” los demás.

 

Apartamos esa parte oscura, escondemos los huesos y esperamos que se queden tan tranquilos, sin darnos la lata. Pero la vida no funciona así. Porque ese esqueleto que tan calladito y sensato parece al principio, al cabo de un tiempo empieza a darnos guerra. Se aburre del armario y pide trastear. Quiere que le dejemos salir, que le llevemos a pasear. Que le demos de comer, de fumar. Empieza con que quiere jugar a las cartas, ver el futbol y gastar con la tarjeta de crédito. Vamos, que empieza a patalear cuando menos lo esperamos, pidiendo que le prestemos atención.

esqueleto travieso

 

Y nos castiga con una sensación de  culpa o una emoción de rabia, tristeza u hostilidad, que nos sorprende de vez en cuando (y casi siempre en los momentos más inoportunos)  lastrando  nuestras vidas. Nuestro esqueleto determina de algún modo quienes somos, marca nuestro auto-concepto y nuestra autoestima.  El nos hace presente que aunque nadie lo sepa, en el fondo, no somos tan buenas personas. Nos hacen sentir que, podemos volver a causar daño, como una vez lo hicimos. O que somos incoherentes, injustos, indignos y poco fiables. Nos  llena de vergüenza y culpa,  haciéndonos comportarnos de forma incongruente y absurda, para que nadie descubra nuestro secreto.  ¿Te suena?

 

Y digo casi siempre, porque en ocasiones, ocurre algo tan curioso como que en vez de esconderlo, nos hacemos amigos del esqueleto. Nos parece que nos da prestigio tenerlo y vamos con él a todas partes, mostrándolo sin ningún pudor.

 

¿Que no te lo crees?

 

Piensa sino en ese chico con el que pensabas que ibas a ligar, que a la primera de cambio te empieza a hablar de lo mala que era su ex novia. O lo que es peor, en el que no estando ya con su mujer (porque él la engaño y ella le mandó a paseo) no para de hablarte de lo maravillosa que era su esposa. O  en esa amiga que todavía no ha superado la separación de su marido, aunque fue ella quien le dejo y vuelve loca a su actual pareja metiéndolo de continuo en la relación. O la suegra que sólo te habla de lo encantadores que son  esos hijos que nunca la llaman ni la visitan, mientras tú estás presente en su vida cada día. Por no hablar de los jefes que no paran de alabar a empleados que ya no están con ellos (porque prefirieron marcharse hartos de unas pésimas condiciones) o a los que incluso, ellos mismos despidieron.

 

¿Cómo te sientes con personas así?

 

Todos esos, son ejemplos de personas que se han hecho amigos de su esqueleto. Pasean con él colgado del cuello o cogido de la mano. No entienden que en general, al resto, su esqueleto nos da pavor.

 

Y si malo es los que andan por ahí mostrando su esqueleto, más peligroso es todavía quien lo “esconde” o lo menciona muy de pasada. Como si nada.

 

Creo que debería establecerse como uso social aceptado y digno de elogio,  el presentar a nuestros esqueletos en primer término. Eso facilitaría enormemente las relaciones personales.  Nada del aburrido “estudias o trabajas”. Es mucho mejor un “perdona, ¿me presentas a tus esqueletos?”. Aclara un montón de cosas y da muchísima información veraz sobre temas mucho más importantes a la hora de relacionarnos con las personas, que su ocupación o su edad.

 

Desde luego, yo ahora, cuando me presentan a un hombre, no miro ya tanto su coche, su ocupación o su físico, sino que indago sutilmente sobre cuantos esqueletos tiene y cómo los consiguió, con la naturalidad de un entomólogo que se interesase por la colección de mariposas de un colega. E idem con las mujeres. No es difícil, basta con ser un poco más curioso cuando te hablan de determinadas situaciones: de los jefes que son tan malos, o de sus hermanos que todos les tienen envidia o sus ex-parejas, todas atroces. Cuando alguien te habla o muy bien, o muy mal de alguien que ya no está en su vida, indaga. Indaga si ha entendido qué ocurrió realmente y busca saber si se siente victima o verdugo. Cuando nos posicionamos como alguna de las dos, solemos  tener aún esqueletos guardados de nuestros  “deberes por hacer”. Nada es más indicativo de una persona con baja autoestima como el creerse inferior o superior.

 

Y ¡ojo! No te digo que no te trates con esas personas. Pero sí que seas cauto a la hora de relacionarte con ellas.  Que elijas a quien entregas tus afectos.

 

armario a reventar de esqueletos

Y si….seguro que muchas y muchos estáis pensando que ojala  hubierais leído esta reflexión y  hubierais conocido antes esa técnica para haberla aplicado con alguna de vuestras ex parejas, auténticos artistas de emparedar relaciones afectivas.

 

Fuera de bromas, a todos nos sobran las personas con esqueletos en el armario. A mi me parecen peligrosas. Porque al no haber encontrado una forma de gestionar sus problemas y afectos y  aunque no lo pretendan,  en cualquier momento puede que te empareden a ti. Su incongruencia y su malestar latente pueden hacer de ti, incluso sin desearlo o ser conscientes de ello, una víctima.

 

 

Y no quiero tener que cargar con los esqueletos de otros. Porque los esqueletos, se gestionan. Pueden sacarse del armario o de la pared donde los hayamos ocultado y llevarse al cementerio, que es donde deben estar.

¿Y cómo?

Creciendo y desarrollándonos como personas.

Deteniéndonos a revisar la razón de nuestro malestar y reparando la situación si pensamos que todavía estamos a tiempo. O afrontando y llevando a cabo un trabajo personal (con un psicólogo, con un coach o de forma individual) sobre  la emoción que  ha quedado y el comportamiento que nos llevó a causar esa situación, si pensamos que lo primero no es posible.

 

Algo tan sencillo como optar por resolver y enfrentar.  Dos recetas excelentes para la autoestima.

 

Si. Sencillo, porque aunque parezca lo contrario, a la larga, resulta mucho más fácil  y genera menos desgaste personal gestionar nuestros esqueletos que cargar con ellos toda una vida. Y además, hacer cargar con ellos a los que nos rodean, que es lo que suele acabar ocurriendo. Y la principal razón que te debe llevar a gestionarlos, es que  tienen un impacto directo y negativo en tu autoestima. 

 

Los esqueletos no se “disolverán” en el armario. Algún día empezarán a exigir libertad aunque los emparedes bien fuerte y volverán a ti. Ten la valentía de empezar a liberarlos tu, antes de que ellos empiecen a esclavizarte a ti. Quizás no puedas sacarlos a todos,  ni librarte del todo de ellos. Pero sólo con atreverte a mirarlos, cambiará tu forma de relacionarte con ellos y en consecuencia, la forma en que te sientes respecto a ti.

Desde esa nueva consciencia, te será más fácil no volver a cometer los mismos errores.

 

Y es que como bien decía George Bernard Shaw: “Si no puedes librarte de tu esqueleto, al menos, enseñale a bailar”.

 

Y tú: ¿cuántos esqueletos guardas en el armario?

¿Qué vas a hacer para liberarlos y mandarlos al cementerio?

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Deudores de nuestra vida.

rESPONSABILIDAD VIVIR

 

No tenía previsto escribir hoy una entrada para mi blog.

Llevo varias semanas en que me faltan horas de sueño y arrastro un cansancio físico que hace que mi energía esté bajo mínimos. Mi cuerpo pide a gritos, el pobre, descanso y tranquilidad, asustado ante la idea del viaje a Barcelona que me toca este fin de semana a un nuevo curso.  Algo que demanda mucha, mucha energía por razones que algún día os contaré. Pero algo hoy me ha hecho cambiar de idea. Algo tan importante como para decidirme a volver a sentar ante el teclado a las 11 de la noche y  volver a robar horas de descanso a mi cuerpo. En esta ocasión, no es algo alegre. Todo lo contrario. Es luto. Es desgarro. Es llanto.  Es vacío y estupor. Es la tragedia del avión de Germanwings que ha caído en los Alpes, segando la vida de 15o personas.

 

Cuando me he enterado de la noticia por la mañana, se me ha cerrado el estómago. Literalmente. Como si alguien me hubiera asestado un increíble puñetazo. Tenemos ahora varias personas alemanas estudiando en la escuela donde trabajo y no ha sido agradable comunicárselo durante el descanso entre clase y clase.  En mayor o menor medida he visto en los ojos de cada uno de ellos como se sentían igualmente golpeados y sacudidos por la vida. Porque aunque no tuviéramos más datos, estaba claro que los pasajeros iban a ser mayoritariamente alemanes y españoles. Así que ahí estábamos, hermanados en el horror.

 

Si hay algo que tienen las grandes tragedias, es que nos igualan a todos en el dolor, en  el profundo sentimiento de vulnerabilidad al que nos arrojan  las noticias de este tipo. Estos  sucesos nos recuerdan a todos que,  aunque vivamos como si fuéramos inmortales, el ser humano sigue siendo frágil. Y la vida humana no es infinita. Es limitada. Los accidentes, las catástrofes naturales, nos confrontan con la ineludible realidad de  entender que no somos nosotros quienes elegimos cuando se escribe para nosotros la palabra FIN. Alguien la escribirá en el guión por nosotros. Y nos llevan a replantearnos si estamos aprovechando y viviendo nuestra vida como se merece.

 

Podemos llegar a la luna, inventar las obras más maravillosas, operar con ordenador…podemos creernos invencibles y vivir con la arrogancia que se deriva de esa presunción. Pero no tenemos el poder del destino de decidir que se ha acabado, aunque nosotros no estemos de acuerdo. Por eso este tipo de tragedias nos conmueven tan profundamente. Y sobre todo si son cercanas. Porque entonces, al hecho de recordarnos que somos juguetes del destino, se une la sensación de que el hálito de la muerte nos ha pasado cerca, casi rozándonos. Nos hace sentir que podíamos haber sido nosotros, nuestros padres, nuestros hijos, nuestros amigos, los que habrían podido ir en ese avión. Porque había ahí padres, hijos, amigos, parejas….personas cuyas posibilidades se han extinguido para siempre. Y al otro lado, destrozados de dolor, quedan padres, hijos, amigos y parejas a quien de pronto la vida golpea con toda su fuerza.

 

Por eso las noticias de estas tragedias se viven con un sentimiento de dualidad, en parte con alivio, en parte con identificación con el dolor ajeno. Nos sentimos aliviados porque esa vez no somos nosotros y a la vez, hermanados con aquellos sobre quienes esta vez si son. Si les ha tocado.  Con los que llevarán la terrible carga que esta vez no ha sido nuestra. De ahí que nos afecten tanto estos sucesos.

 

Pero más allá de afectarnos, más allá de las vidas que quedarán destrozadas para siempre, me pregunto: ¿qué quedará de todo esto en  nosotros cuando pase la vorágine informativa?

 

¿Nos quedará la luz de entender que nuestra mayor responsabilidad es vivir?

 

Vivir por los que ya no podrán hacerlo, vivir los sueños que otros no han tenido posibilidad de cumplir. Vivir comiéndonos la vida hasta que tengamos que entregarla.

 

¿Nos quedará la comprensión de que las excusas sólo nos dejan en la mediocridad y necesitamos aplicarnos a fondo para saborear y exprimir al máximo el regalo de la vida hasta que el Fatum venga a pedírnosla?

 

Nadie podrá reparar esas muertes de ayer, pero quizá puedan ayudar despertar a otras personas a la vida si tenemos el valor de hacer preguntas valientes.

 

¿Hasta qué punto somos capaces de sentirnos deudores de la vida y comportarnos como tales?

 

 vida amor


 

Seguirán ocurriendo accidentes. Seguirán ocurriendo catástrofes naturales. Y siento que todas las vidas que se pierdan,  serán en vano,  si los que tenemos la oportunidad de disfrutar cada día el regalo de la vida, no recogemos su testigo.

 

Para mí, eso implica estar en condiciones de expresar nuestro amor por la vida entregándonos a ella en plenitud. Con total compromiso hacia lo que supone estar en ella.

 

Mi forma de vivir ese amor por la vida implica disfrutar cada día llena de gratitud hacia lo que me ofrece. Implica buscar la alegría Incluso en los días más grises. Pero también implica hacerse preguntas dolorosas. Y esforzarme por superar mis miedos y mis limitaciones. Conquistar el amor incondicional y tratar de vivir con mayor congruencia.

 

Quizás tú lo vivas de una manera diferente. La mía es luchando por ofrecer lo mejor de mi  misma. Por mí, por los que me rodean y por todas esas personas que,  como los fallecidos hoy, ya no van a estar.

 

Cada uno tiene su propia manera de ser digno deudor de la vida. Y para mi, lo  importante es encontrar y saber cuál es la nuestra.

 

 

Y tú: ¿qué sientes respecto a esto?

¿Cómo expresas tu respeto y tu amor por la vida? 

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Florecer en invierno: ¿ será porque me amo?

 

camelia-blanca blog

 

A veces los demás nos dicen dónde estamos, antes de que nosotros mismos nos demos cuenta. Creo que este ha sido mi caso, ya que desde que empezó el año, llevo escuchados ya bastantes: “qué bien se te ve” “qué bien se te nota”, “qué bien suenas” “qué bien se te siente”.

De todas esas expresiones, la que más me gusta es sin duda la última: qué bien se te siente. Porque aunque parezca que no se lleva sentirse bien y  feliz, así es como me siento cada día.

Lo triste es que tras esa afirmación, muchas personas han añadido inmediatamente: “¿qué te ha pasado? ¿te ha tocado la lotería?  ¿has cambiado de trabajo? ¿tienes muchos clientes? ¿estás enamorada o te has echado un noviete? ” Y califico de tristes esas coletillas, porque todas esas preguntas tienen un denominador común: la creencia de que para estar bien con nosotros mismos, necesitamos algún acontecimiento externo “especial”.

¡Cuantas oportunidades para construir nuestra felicidad interna día a día nos resta esa idea!  Está tan extendida en nuestra sociedad, la tenemos tan interiorizada, que ni nos la cuestionamos.

" Después de haber buscado durante mucho tiempo la felicidad te das cuenta de que la tenías en la puerta de tu casa"- Proverbio africano.
” Después de haber buscado durante mucho tiempo la felicidad te das cuenta de que la tenías en la puerta de tu casa”- Proverbio africano.

 

Debo confesaros que no soy tan rara como para no desear que me ocurran algunas de las cosas anteriores. Pero de momento, no han ocurrido. Y sin embargo, es cierto que desde que empezó este año estoy viviendo una etapa de plenitud personal que me está llevando a florecer en pleno invierno, como esos árboles a los que el rigor del frío cubre de flores sus ramas vacías de hojas.  Es un sentimiento nuevo, muy íntimo y bonito. Y la palabra que más se le ajusta, es que siento AMOR. Un amor infinito y tierno por esa persona tan cercana a mi que no era capaz de verla, de descubrirla. Una persona que me acompaña en cada momento, que siento fiel, buscando  darme su mejor versión: YO MISMA.

Si. Si en muchas ocasiones he podido sentirme enamorada de la vida, ahora me siento enamorada de mí. Y os aseguro que faltan palabras para describir toda la alegría, la paz y la felicidad que eso me produce.

 

Que nadie se confunda por favor. No estoy hablando de un arrebato absurdo de egolatría o vanidad. Sino de la culminación de un proceso de conquista de actitudes personales internas que me hacen sentirme bella más allá de lo externo.

 

magnolia-soulangeana blog

 

 

No ha sido un camino fácil. En post anteriores os he descrito que ha sido un largo viaje de casi 11 años.

 

De hecho, en la primera etapa, las cualidades que busqué adoptar, estaban más encaminadas a buscar la aceptación y la seducción de los demás, que la mía propia.

 

Un gran error. Poner el foco fuera. Pero como fui autodidacta,  no supe hasta mucho más tarde, que todo lo que merece la pena en el crecimiento personal va “de dentro hacia fuera”. Por lo cual, me pasé muchos años mejorando, pero mejorando desde la dependencia de la mirada externa. Hicieron falta dos relaciones sentimentales que me dejaron “de rodillas y con el corazón en los huesos”, (como diría Sabina) para entender que esa mirada de fascinación, debía estar lo primero, volcada en mi.

Nada ocurre en balde. Si esas relaciones no me trajeron lo que deseaba, sí me trajeron lo que más necesitaba. Así suele funcionar la vida. Por eso, con la segunda de ellas, me llegó el coaching. Una herramienta de desarrollo interior que poco a poco, me llevó a cambiar el foco y alumbrar hacia adentro. Porque de eso se trata en el fondo un proceso de coaching: de un viaje de autodescubrimiento que nos permite encontrar nuestro potencial, nuestras cualidades más íntimas y  sacarlas  a la luz, a través de las acciones que llevamos a cabo para alcanzar unas metas u objetivos.

 

 

" Nunca es lo externo. Siempre eres tu."
” Nunca es lo externo. Siempre eres tu.”

 

Así que ahí comenzó otro largo proceso: ¿qué cualidades aspiraba a tener para sentirme fascinante a mis propios ojos? ¿O dicho de otro modo; qué me haría enamorarme de mi? ¿Cual era o iba a ser mi belleza interior?

 

La belleza puede quedarse en algo externo, pero posee una vertiente interior que se manifiesta en el actuar de cada día. Es una actitud, un conjunto de valores y actitudes éticas que podemos conquistar y  forjar. Esto depende de nosotros. Está en nuestra voluntad. Descubrir y construir nuestra belleza interior es algo fundamental para estar bien con nosotros mismos.  Y conocerla, nos genera confianza en nuestro potencial.

Eso es amarse a uno mismo. Eso es autoestima.

¿Qué me ha hecho florecer este invierno? Sin duda que estoy viviendo plenamente ese amor por mi misma. Que estoy instalada en mi belleza interior.

Y no nos engañemos: una belleza corpórea, unos rasgos armoniosos, conseguidos a golpe de dinero o bisturí, pueden resultar inicialmente llamativos, pero totalmente vacíos y planos si no van acompañados de un encanto que irradia del interior. Lo que nos hace realmente atractivos a los ojos de los demás es nuestro conjunto de valores y actitudes éticas, que se reflejan en las mil y una situaciones cotidianas: en nuestra alegría al sonreír agradecidos bajo los rayos del sol, o  en nuestra ternura al ver jugar a un niño, o en nuestra delicadeza al conmovernos con las primeras flores. O en nuestra capacidad para entregarnos a la vida, en nuestra generosidad con los más desfavorecidos o en nuestra integridad a la hora de actuar entre otros. Esas cualidades que tiene más que ver con actitudes éticas y amables que con unas medidas perfectas.

 

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Y así me siento yo, ahora. Libre del peso de la mirada externa, infinita en el amor de mi mirada interna. Nadie puede dictarme cual es mi belleza moral: esa la elijo yo, depende de mi voluntad, no del físico, las modas o el dinero. No necesito aprobación externa, ya tengo la mía, que es la más difícil de conseguir.

 

Y esa belleza es la que nos enamora de nosotros mismos y nos llena de amor. Y es a la larga, la que conquista de forma permanente. Entre otras razones, porque no disminuye con los años. Al contrario, suele ir en aumento dejando por donde pasa, una estela difícil del olvidar.

 

No sé lo que durará esta etapa. Quizás este sentimiento sea tan efímero como una floración invernal. Pero el haberlo experimentado, aunque sea de forma puntual, es algo que sin duda, transformará mi manera de relacionarme conmigo mismo y con la vida.

 

Y tu: ¿Qué haces para florecer en invierno?

¿Qué cualidades te enamoran de ti?

 

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Bendito Amor de Madre

 

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Gracias a todas esas madres que han sujetado nuestras manos.

 

Guardo pocos recuerdos de infancia. Tan pocos, que ni siquiera recuerdo el momento en que me tomaron esta foto a pesar de que  fue en uno de los días más felices de mi niñez: el día en que tomé parte en el desfile de la tamborrada infantil con motivo de la festividad del patrón de la ciudad, San Sebastian.

 

Encontré la foto por casualidad el año pasado y mi hermano el segundo, al verla, afirmó que fue él quien la hizo, allá por 1977 o 78…. No estamos seguros. Pero al mirarla, todos sentimos que ha transcurrido una eternidad. En esos detalles uno entiende que se va haciendo mayor. Tendría yo sobre los 8-9 años y el uniforme de cantinera que llevo es el de las Escuelas Francesas; un colegio pequeño y de mentalidad muy avanzada para la época,  hoy ya desaparecido. Observo que apenas se me ve la cara, tapada por el tul de la lazada que sujetaba mi sombrero. Una opinión muy  generalizada era que nuestro uniforme resultaba de los más elegantes del desfile. Un desfile que recomiendo a todo el mundo, pues aparte de la vistosidad de los uniformes de los diferentes colegios, pocas cosas pueden igualar la belleza de ver a casi 5000 niños con los ojos brillantes de alegría.

 

La salle

Algo que sí recuerdo de ese día,  es que lució el sol. Bueno, o al menos, no llovió. Que para un donostiarra es algo inaudito y más en el mes de Enero. Lo normal de aquella época era que la lluvia hiciera que el desfile infantil se pospusiera un domingo tras otro, a la espera de un día de clemencia metereológica. Esperando, esperando, en alguna ocasión el desfile  llegó a celebrarse en el mes de Marzo. Pocas veces me recuerdo escuchando el tiempo con tanto interés como en las vísperas del 20 de Enero.

 

La mujer que sujeta mi mano es mi madre. Mi madre, que cuidaba de nosotros 4 y se desvivía cada día de San Sebatian para poner a punto los uniformes;  primero de mis 3 hermanos mayores, que desfilaron uno tras otro con el colegio La Salle, y luego el mío.

 

Había que repasar los botones dorados de las guerreras y las polainas,  planchar la raya de los pantalones, enderezar los copetes de los sombreros, blanquear los guantes que heredaba un hermano tras otro…En mi caso, se ocupó hasta de ponerle azulete a la banda de raso de la que colgaba mi barrilete y ella misma me confeccionó la falda a la que repasó mil veces las tablas. A todo eso, se añadía preparar la cena de la Víspera  y la comida del Día de San Sebastian.

 

Ahí posa sujetando mi mano, tranquila y elegante, como si nada. Cómo si no se hubiera acostado el día anterior de madrugada después de haber trabajado en la oficina y en casa. Todavía no he logrado saber como pudo conseguir que me incluyeran para desfilar cuando en mi escuela las plazas eran escasísimas. Pero de mis recuerdos de niñez, ese fue sin duda de los más bonitos, de los que más atesoro.  Todo eso y cuanto más, hacen por nosotros esas mujeres que darían la vida por nosotros. Bendito amor de madre.

 

Bendito amor de madre que nos nutre y protege en nuestra infancia y nos ayuda a transitar por la vida sujetos por esa mano que pretende evitarnos los tropiezos y las dificultades, a su modo. Y digo a su modo, porque aunque lo deseable es que esa misma mano nos invite a soltarla llegados a un punto del recorrido, no siempre es fácil para ellas asumirlo y darnos el espacio para encontrar nuestro propio camino….Si. Si algo tiene el papel de madre es que es de todo, menos fácil. No es fácil en todas ocasiones dar leche para alimentar y saber dar miel para calentar el corazón. No es fácil mantener las sabias dosis de dulzura y firmeza que requiere la educación de un niño. No es fácil saber mantener esa mano abierta, amando para la libertad,  y a la vez tendida, por si necesita volver a sujetarnos cuando todo nos falle.

 

Y no es fácil sobre todo, porque muchas de esas madres han aprendido sobre la marcha, huérfanas de un modelo que seguir, en una época en la que sobrevivir era lo más importante y el resto, accesorio.  Por eso es tan importante revisar esa parte de nuestra herencia y hacer las paces con esas madres y su amor infinito, en lo bueno y en lo malo. No se puede hablar de madurez emocional en la persona si no se logra asimilar y superar esa herencia de creencias, roles y costumbres que nos legan, así como la particular forma de vivir la relación materno-filial que nos han transmitido nuestras madres.

 

Uno de los pasos más importantes y necesarios en nuestra construcción como personas es revisar la herencia emocional que nos han transmitido: entender qué parte de ella queremos conservar y de qué parte queremos desvincularnos para construir una identidad propia.

 

Sin duda, no todo lo recibido será válido, ni deberá quedarse. A veces, nos quisieron, pero por no saber hacerlo mejor, nos quisieron malamente, como pudieron. Supliendo la calidad con cantidad. Nos querían mucho, infinito, pero no sabían querernos mejor, aunque nunca tuvieran otro deseo mayor que ese: el de darnos todo su amor.

 

Entender que aquello que nos mostraron y recibimos es lo que consideraban lo mejor, es llenarnos de paz. Dejar partir aquello que no corresponde sin acritud ni rencor es un acto que iguala en cantidad de amor al que ellas nos dieron. Tener la humildad de agradecer lo recibido sin avergonzarnos es entender la grandeza de ese amor de madre y honrarlo como se merece.

 

Si. Hay muchas personas que a pesar de querer a sus madres se avergüenzan de aspectos de ellas o guardan reproches respecto a lo que era esperable de ese rol y no cumplieron. Yo conozco a varias. ¡Qué gran desgracia para ellos no saber liberarse de ese rencor! Es como si perdieran el amor dos veces: el de su madre y el suyo propio. Porque el amor por uno mismo que derivará en sana autoestima, no puede empezar si antes no se ha hecho las paces con sus orígenes y sus progenitores.

 

Por mi parte, son muchas las cosas que he tenido que desaprender del modelo de amor que me transmitió mi madre. Pero son infinitamente más las que me quedo, las que he heredado y a las que hoy quiero homenajear.

 

Entre ellas destaco:

 

–           inagotable curiosidad y gusto por seguir en constante evolución y aprendizaje.

–          sentido de la independencia económica ( el otro, el sentido de la independencia emocional ha sido una conquista mía)

–          capacidad de esfuerzo y superación

–          inquietud cultural y mundología.

–          gusto estético y gastronómico.

–          Vitalismo.

–          Sentido artístico

–          Amor por la naturaleza y los animales.

–          Generosidad y capacidad de compromiso.

–          Sentido de la justicia y bondad hacia los menos favorecidos.

 

Supongo que olvido muchas cosas, pero este no es un acto para ser exhaustiva, sino agradecida.

 

 

Y tú: ¿qué cosas bendices y qué cosas quieres dejar de ese amor de madre?

Soy María Díez Coach y con mi blog ofrezco un espacio de encuentro vital, reflexión y aprendizaje para personas comprometidas con su superación personal, familiar y laboral.

En él encontraras herramientas de inteligencia emocional para superar los obstáculos cotidianos y construirte una vida llena de fuerza, confianza y pasión. Una vida  a tu medida, que sientas que merece la pena vivir.

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Regalar más con el corazón y menos con el dinero: 5 ideas creativas para regalos inolvidables.

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Durante estos días que he compartido con mi hermano en Sevilla, he vuelto a vivir un tema que en su momento, se volvió un auténtico problema para mí: los regalos de Navidad.

Recorriendo las tiendas abarrotadas, hemos debatido más de 50 posibilidades para regalar a mis sobrinos y su actual pareja.  Y me ha recordado la etapa en que necesitaba buscar regalos para personas que no carecen absolutamente de nada y para quienes todo es casi, duplicado.  ¡Qué rompecabezas! Los típicos regalos a la familia, consciente de que afortunadamente, hace años que ya “tenemos prácticamente de todo”, por lo menos en cuanto a lo material se refiere.

 

Cierto que a todos nos gusta aprovechar estas fiestas para “tener un detalle” o hacer sentir de algún modo a determinadas personas, nuestro aprecio hacia ellas o bien la importancia que tienen en nuestra vida. Pero: ¿por qué nos limitamos a la idea de un objeto material como regalo?

 

Por mi parte, hace algún tiempo me replanteé muy en serio el tema de cómo quería vivir las Navidades. ¿Qué valores representaban para mí y quería encarnar? ¿Quería estar sumida en una fiebre consumista continua? Y llegué a la conclusión de que uno de los valores más importante para mi era el AMOR.  Mostrar mi aprecio, mi afecto y compartir la Navidad con las personas que quiero, era lo que deseaba expresar principalmente con los regalos. Idea nada original por cierto, ya que creo que el 90% de las personas buscamos eso cuando deseamos obsequiar a alguien.

 

Así que empecé a buscar regalos menos convencionales que representaran estos valores y entendí que para mi,  hay dos aspectos clave que demuestran la importancia que alguien tiene en nuestra vida: el primero es pasar tiempo con esa persona,  compartir experiencias y  asistir a su vida. El segundo es decirle qué papel juega en nuestra vida y como nos hacen sentir. A partir de ahí, surgieron bastantes ideas que podían usarse como regalo, sin tener que recurrir siempre a comprar algo material.

 

Algunos ejemplos que encarnen la primera idea serían:

1: cocinar para alguien: los alimentos, la cocina,  despiertan los sentidos, las emociones…egalletas jengibre reducidasl calor de la cocina nos remite a la infancia, a la sensación de ser queridos, protegidos, alimentados y tener cubiertas nuestras necesidades. Podemos revivir una receta de un plato típico de aquel viaje en que tanto disfrutamos juntos. O preparar una merienda de esas que nos remiten a la época en que  jugábamos juntos con nuestros viejos camaradas, a nuestros sueños de infancia.  O ese plato tan especial que tu madre preparaba para ti con todo cariño en las grandes ocasiones…. Unas rosquillas, unas galletas de Navidad…. Todas las culturas tienen en común disfrutar de la comida para crear momentos de convivialidad y hospitalidad.  Por algo será.

 

Adornos-de-Navidad-Corazon reducida2: Ayudar a alguien a redecorar su habitación/ ordenar / limpiar su casa o su armario: las limpiezas y los pequeños cambios nos ayudan a dejar atrás recuerdos y objetos que ya no tienen razón de ser en nuestras vidas. Eliminan emociones que nos lastran y nos preparan para empezar el año con buena energía. Sin embargo, muchas veces somos incapaces de deshacernos de cosas viejas o en desuso, precisamente porque les otorgamos cierto valor sentimental. O no somos buenos en figurarnos cómo podríamos sacar más partido a nuestro espacio, porque nuestra visión está demasiado “determinada” por lo que ya conocemos.  Y en el caso de las personas mayores, se pueden ver sin recursos para retirar viejos muebles o limpiar zonas de la casa como altillos, zócalos o detrás de los sofás. En todos estos casos, una mirada o una mano “externa” puede ayudarnos a tomar perspectiva para deshacernos de trastos que ocupan espacio y energía y hacer espacio para que lo nuevo entre a nuestra vida. Prepara una bonita tarjeta/vale para ayudar a alguien con esa actividad. Compartirla puede ser un divertido pasatiempo y una forma de conocer mejor la historia sentimental de la otra persona.

 

3: Regalar tu “habilidad especial”:  ¿tienes alguna? coser, tricotar, montar bonitos álbumes de fotos, decorar, cuidar las plantas, cantar, hacer de personal shopper, profe de matemáticas/ informática/ otros o tocar algún instrumento…Basta con pensar qué podría necesitar esa persona de ti o qué lleva tiempo pidiéndote y preparar una bonita tarjeta con tu “vale-regalo”.

 

ice-skating peq4:  Acompañar a alguien en una actividad que le apasione: acercarnos a alguien pasa por entender cuales son sus gustos y sus intereses. Atrévete a proponer a alguien que vas a acompañarle en una de sus actividades “favoritas” en la que lleva tiempo invitándote a participar o buscad algo realmente original que nunca habéis hecho antes juntos: un paseo por la montaña, bañarse en la playa en invierno, un curso de trapecio, baile o mecánica, ir al la opera o a un concierto de rock,  patinar sobre hielo, ir a su bar favorito aunque para nada sea tu estilo o ver una de las películas que considera míticas. Eso nos ayuda a “ponernos en los zapatos del otro” y entender mejor sus valores, qué le entusiasma, cómo lo vive. Sienta bases para que la conexión sea más fácil y nos acerca al otro. Y quien sabe…¡puede que encuentres algo que te fascine!

 

Al final se trata sobre todo de compartir tiempo y experiencias junto a alguien o regalarle un momento de nuestra vida. ¿Cuántas veces te has encontrado con que llevas meses diciendo “tengo que llamar a fulanito o menganito” y nunca lo haces? Pues este puede ser el momento para sorprender a esa persona.

 

La segunda idea, decir a alguien porqué le quieres y es valioso para ti, es algo realmente revolucionario. Piensa en cuantas veces en tu vida te han dicho por qué eres importante para alguien, qué papel desempeñas en su vida y qué encuentran en tí que te hace especial. ¿Cómo te sentiste? Seguro que pasada la vergüenza y el “corte”  que nos da el  recibir la expresión de las emociones ajenas, fue maravilloso. Pocas cosas son tan conmovedoras como recibir el reconocimiento ajeno y entender qué nos hace valiosos a los ojos de los demás. Cierto, que se necesita valentía para decirle a alguien que le quieres y sobre todo, por qué le quieres. En la era de la comunicación, la expresión de las emociones, de los afectos de nuestro corazón, sigue siendo una asignatura pendiente.

 

Así que anímate a coger una bonita tarjeta o un bonito papel de cartas (mucho mejor escrito a mano) y da las gracias a alguien por lo que representan en tu vida, lo que te inspira y quien te dan oportunidad de ser en relación con el/ ella. No te arrepentirás. dear john, leyendo una carta estudiante

 

Al final, esos son los regalos que cuentan, que dejan huella y una impresión imborrable en quien los recibe. El resto, se los acaba llevando el viento. Porque en el fondo, como decían en la fantástica película “Love Actually”, para Navidad, “todo lo que quiero, eres tu”.

 

 

Y además parte de lo que te ahorres en regalos, puedes donarlo a una ONG. Una buena forma de empezar el año cuidando nuestra energía, nuestras emociones, fortalecer vínculos y crecer como personas.

¿Y tu?: ¿ te atreverás a  regalar con el corazón?

Espero tus experiencias y comentarios y ¡felices regalos!

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A vueltas con las Navidades

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merecemos recuperar la ilusión de disfrutar estas fiestas para nuestro bienestar

 

Amada por unos, odiada por otros, es raro que la Navidad nos deje indiferentes. Para sus defensores, es tiempo de reencuentros, familia, infancia y recuerdos. Los detractores notan la tristeza de las ausencias, se quejan de los excesos y la inmoralidad consumista y  destacan la falsedad que con frecuencia acompaña a estas fiestas.  Unos se alegran con su llegada, otros están deseando que pasen “rápido”. ¡Como si la vida no se nos escapara ya de entre las manos a toda velocidad!

 

Lo cierto es que estas fechas, más allá de una tradición que hemos ido vaciando cada vez más de contenido, son un excelente indicador para poner de manifiesto muchos aspectos de nuestra historia personal y  afectiva, que en otros momentos del año conseguimos eludir “mirando para otro lado” y que ahora resurgen con fuerza.

 

Pero: ¿qué esconde nuestra actitud de rechazo hacia esas fiestas? Si tenemos la valentía de ser honestos con nosotros mismos, quizás podremos entender que cada una de nuestras quejas suele apuntar a algún agujero emocional que deberíamos “mirar abiertamente” y atrevernos a enfrentar.  Desde ahí, nos debería ser más fácil reconstruir nuestra relación con estas fiestas y empezar a disfrutarlas en vez de sufrirlas, deseando que pasen.

 

Queja nº 1: “me agobian las Navidades”. Esta queja es de las más frecuentes. Lo cierto es que en Navidades, se multiplican las llamadas demandas externas. Por una parte, se tiende a un exceso de sociabilidad: parece que hay que ver por fuerza a todo el mundo que no te has ocupado de ver quizás en todo el año, o que es el momento para hacer la visita de rigor a quienes no sueles prestar apenas atención en tu día a día. Pero ¿Cuánto de sincero y honesto hay en ello? ¿Actuamos por costumbre, por no quedar mal o bien porque realmente nos mueve un deseo profundo de compartir aunque sea un momento con esas personas? ¿Cuantas veces preferiríamos quedarnos en casa que acudir a esa reunión con los compañeros de trabajo o “amigos” a los que en realidad no apreciamos y que en dos días habremos olvidado todos los buenos propósitos que haremos en estas fechas? ¡Y encima teniendo que poner buena cara!

Por otra parte, el agobio, también se manifiesta en una sobrecarga de tareas: comprar regalos, preparar comidas…¡Cuantas veces nos sentimos sobrepasados en estas fechas, con sensación de no llegar a nada, corriendo para estar con todos y llegar a todo y totalmente vaciados de placer porque en el fondo, a quienes no atendemos es a nosotros mismos y a nuestra necesidad de tranquilidad o descanso!

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Si esa es tu situación, conviene que valores hasta qué punto no estás atrapado por una necesidad de agradar a todos y quedar bien. Hasta qué punto no necesitas aprender a poner límites en tu vida y desarrollar una mayor independencia emocional de las opiniones ajenas (respecto a tu familia, tus conocidos o amigos) para ocuparte de tus verdaderas necesidades. Reflexiona si no te estás cargando con demasiadas tareas. Una de las principales razones por las que acabamos sobrecargados  es por no saber decir “no”. Porque se teme “quedar mal” o el “qué pensarán”. Así que no estaría de más plantearte como objetivo para el 2015 el aprender a poner límites a las continuas demandas externas (de nuestros padres, nuestros hijos, nuestra pareja, nuestros jefes y compañeros).

 

De momento, de cara a las Navidades, no digas que sí a todo como acostumbras.  Date un momento para valorar  lo que es de verdad necesario hacer y si te apetece hacerlo desde el amor o simplemente estás intentando quedar bien. Rescata tiempo para ti cada día. Al fin y al cabo, si tú no estás bien, no podrás ofrecer lo mejor de ti a los demás.

 

Queja nº 2: “me ponen triste las Navidades”- En esta época en que la familia y la infancia tienen mucho protagonismo, todos retomamos de algún modo nuestra historia emocional: la que aprendimos con nuestra familia y la que construimos (o no construimos) con nuestra pareja, hijos y amigos. Según como hayamos organizado nuestra historia emocional, podemos sentirnos más o menos sensibles. En esta época se generan muchos movimientos afectivos y aflorar pensamientos como con quien contamos en la vida, si nos sentimos queridos y acompañados… ¡Cuantas personas no  tapan con tantas reuniones más o menos vacías el sentimiento de encontrarse sólos!

Además, las reuniones familiares hacen aflorar las discordancias entre los miembros de la familia y todas las diferencias no resueltas, aumentando los conflictos entre los miembros y las parejas.

Y si ha habido pérdidas recientes en el círculo familiar, quizás estas todavía no hayan tenido tiempo de integrarse. O quizás surge el dolor de un duelo sin cerrar. La tristeza nos indica que hay algo que es necesario soltar, algo que pertenece a una etapa que ya ha terminado, para caminar hacia el futuro. No siempre resulta fácil. Pero no trabajarlo, no cerrar el ciclo, nos convierte en esclavos  del pasado.

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¿Qué hacer? Revisa como has organizado tu historia emocional. ¿Estás contento con ella? ¿Hay cosas que desearías cambiar en tus relaciones familiares o personales? ¿Historias o ciclos que todavía no has cerrado o no te atreves ni siquiera a enfrentar? Recuerda que cada día, se nos ofrece la oportunidad de superarnos como personas y empezar a reescribir nuestra historia de nuevo, si tenemos la valentía de dejar ir el pasado y ponernos manos a la obra. Podemos trabajar nuestras relaciones personales, poniendo el foco en mejorarlas si no nos satisfacen y nos importan. (Y cuando nos duelen, es porque aún nos importan). Y siempre podemos buscar ayuda profesional si  no nos sentimos capaces de lograr los cambios que deseamos nosotros sólos.

Y en cuanto a esa persona a la que “no aguantas”, haz un esfuerzo por enfocarte en lo que os une, más que en lo que os separa. Así evitarás llenarte de reproches. La Navidad es el momento de la paz en el corazón. ¿ Te imaginas la belleza de poder experimentarla?

 

Queja nº 3: “Tengo mal recuerdo de las Navidades en mi infancia”- Ciertamente, la Navidad es la estación de los recuerdos. Las tradiciones nos dicen de dónde venimos y según lo que hayamos vivido, unos la disfrutarán y otros desearán que pasen rápido. Sin embargo, igual que mencionábamos un poco más arriba: el pasado no debería condicionar nuestro presente ni nuestro futuro.


Si queremos desarrollarnos y conseguir mayor bienestar en nuestro día a día, es importante atrevernos a cambiar ese traje de infelicidad y dolor que nos atrapa,  en vez de vestirnos con los ropajes antiguos de víctimas de nuestro pasado.

 

Como siempre, atreverse a vivir con plenitud, resulta una opción personal. Una opción que implica intentar se día a día  más conscientes de nuestras partes “oscuras” para poder superarlas. También implica pasión por vivir cada vez con más entusiasmo, más bienestar y más alegría. Dado que cualquier ocasión que nos aparte del bienestar, es un momento de vida perdido, merecemos recuperar la ilusión de disfrutar estas fiestas para nuestro bienestar. Quizás vaya siendo hora de cambiar tu relación con las Navidades y de atreverte a regalarte el  disfrutar en Navidad.

 

Y tú: ¿todavía sufres las Navidades o las disfrutas?

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Cuando “podíamos haber hecho más” (por esa persona que ya no está)

ARBOLES HACIA ARRIBA
Si la culpa nace de no hacernos responsables de nuestras acciones, responsabilizarnos y cambiar nuestra conducta nos salva de ella.

 

El mes de Noviembre es un mes de despedidas. Algunas son más o menos previsibles, como en el caso de los ancianos y muchos enfermos graves. Caen y se alejan como las hojas que el viento arranca de los árboles. Otras nos cogen de improviso, sin darnos tiempo siquiera a decir “adiós”.  Todas son dolorosas. Pero estas últimas son como un terremoto  que sacudiera los cimientos de nuestra “madurez relacional”. Si esta no está bien construida, aparecerán las grietas de la ira primero y nos sumirán en un tsunami de culpa después.

 

Este ha sido el caso provocado por la muerte de una conocida que solía salir con un grupo de amigas mías. Victima de una enfermedad degenerativa incurable, eligió no continuar luchando contra el deterioro que conllevaba su enfermedad. En el grupo hubo una reacción que no tardó en aflorar; una mezcla de rabia y de culpa a partes iguales.  En todas las conversaciones que se generaron a raíz de su fallecimiento aparecía esa emoción, acompañando a las preguntas del millón: ¿podíamos haber hecho más? ¿Cómo no nos dimos cuenta de que estaba tan desesperada? ¿ Por qué no la llamamos para saber como estaba? ¿Por qué no quedamos más a menudo con ella?

 

Lo cierto es que estas preguntas son armas de doble filo. Pueden llevarnos a una mayor toma de conciencia sobre la forma en que actuamos en nuestra vida. Pero también pueden arrastrarnos a una espiral de culpa que añada sufrimiento innecesario a la ya de por si, triste, situación.

 

El ser humano, más que por acción, pienso que peca por omisión. La omisión de reflexionar sobre qué y quienes son  importantes en nuestra vida y organizarla en función de ello.  Vivimos tan enajenados, tan absorbidos por la vorágine diaria, que una gran mayoría de las personas que conozco, no dedican ninguna reflexión a los aspectos importantes de su vida. De esta forma, no es difícil que el drama se desarrolle a su lado sin que se den cuenta. La rabia y la culpa que surgen en esos casos, son una magnífica señal de alarma ante la que detenerse y reflexionar sobre el nivel de conciencia que cada uno está poniendo en su día a día. Nos hablan de lo que es importante y hemos descuidado.

 

Nada puede cambiarse en la tragedia que ha ocurrido. Ni la culpa, ni la rabia que sienten ayudarán a quién se fue. Podemos quedarnos estancados una temporada chapoteando en esas emociones, hablando de ellas y revolviendo,  hasta que el tiempo las diluya y todo quede igual. O podemos coger la oportunidad y transformarlas de forma constructiva. Podemos revolver o podemos resolver.

 

Por eso las  “grandes” preguntas a plantearse en este caso serían: ¿qué aprendo yo con esto? Y ¿qué parte de responsabilidad tengo yo en la situación que se ha  creado que puedo cambiar?

 

En el caso que nos ocupa, esa rabia y esa culpa les están sirviendo a mis amigas en bandeja la ocasión de ayudarse a ellas mismas. Ayudarse a ellas mismas pasaría por aceptar lo que ha sido; perdonarse y hacer un trabajo de mejora personal para lograr mayor congruencia.

 

No somos infalibles, somos humanos. Por lo tanto limitados e imperfectos. Pero tenemos capacidad de evolucionar, de construirnos, de superarnos y mejorar como personas.

 

 

Eso es el regalo postrero de una situación difícil: el aprendizaje que podemos extraer de ella para convertirnos en personas más maduras, completas y responsables.

 

Y en este caso, podemos aprender y mucho sobre la forma en que nos relacionamos y organizamos nuestras vidas. La madurez en nuestra vida significa tener claro que lo importante es lo primero y debe tener un espacio privilegiado en nuestra vida.

 

Aplicado a las relaciones, implica  tener bien definido el espacio que adjudicamos a cada persona en nuestra vida y comportarnos de forma coherente al respecto. Sería injusto e insano que todas las personas de nuestras vidas recibieran el mismo nivel de atención, ya que no todas las relaciones van a tener el mismo valor. Tan desastroso es dar importancia a lo que no es importante, como olvidar darla a lo que si lo es.

 

Por otra parte, es fundamental entender que el cuidado de las relaciones que consideramos importantes requiere de una implicación y una actitud ACTIVA. Si alguien es importante para nosotros,  ¿qué mejor que hacérselo sentir?

Yo llamo con relativa frecuencia a mis más allegados para asegurarme de que están bien, sin suponerlo. Y me hago estar más atenta a quien está pasando una mala racha, aunque no sea de mi círculo más intimo. Hace tiempo que descubrí que eso era más satisfactorio para todos porque consolidaba y favorecía los vínculos y encima me evitaba vivir con las culpas y las heridas de la omisión.

 

Cuando somos sujetos protagonistas de nuestras vidas, somos activos y responsables. No nos escudamos en excusas. Gestionamos nuestras relaciones de manera que las personas que son importantes puedan sentir nuestro interés, nuestra atención y el espacio que les otorgamos en nuestras vidas.

 

Frente a la rabia, frente a la culpa: responsabilidad.

 

Y tú: ¿Cómo actúas en tus relaciones y en tu vida?

Si te ha gustado este artículo, te agradecería que lo compartieras para que más personas puedan disfrutarlo.

También puede que te interesen: Perder a un ser querido I cuando doblan las campanas yPerder a un ser querido II: convertir la ausencia en presencia.

 

 

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Bienvenido, otoño querido.

hoja de otoño

 

Aunque durante el otoño la naturaleza saca a relucir sus mejores colores y se muestra en todo su esplendor,  hay muchas personas a las que esta estación les hace sentir tristes. Los días cada vez más cortos, la falta de luz y las condiciones climáticas más duras, les llevan a la melancolía  y hacen que sientan esta estación como un periodo de “molestia necesaria”.

 

Lo cierto es que ni el otoño, ni su camarada el invierno, resultan demasiado populares: muchas personas desearían borrar estas estaciones y oscilar tan sólo entre el verano y la primavera. Y sin embargo, ambas nos ofrecen un abanico de posibilidades que pocas veces sabemos apreciar. Nos son tan necesarias a las personas, como en su día fueron lo fueron a las cosechas.

 

Todos sabemos que el otoño es la estación de declive de la naturaleza. Tras la exhuberancia de la primavera y la abundancia del verano, llega la recolección y la naturaleza se repliega para recuperarse durante el invierno y poder resurgir en un nuevo ciclo. Esto lleva a la desaparición de los colores, que se van apagando a medida que se marchitan las flores. Los árboles, después de su “canto del cisne” cromático, van desnudándose poco a poco y la tierra se va endureciendo a medida que llegan las primeras heladas. La naturaleza, en su conjunto, se silencia,  se recoge y nos invita a hacer lo propio.

 

¿Estamos preparadas las personas para ello?

 

Vivimos en un mundo en el cual nos hemos desconectado totalmente de los ritmos naturales. Hiper-estimulados de la noche a la mañana, resulta cada vez más difícil pasar tiempo con uno mismo. El otoño es una invitación a prepararse para recogerse en el  silencio del invierno que le seguirá para disfrutar los frutos que hayamos cosechado durante “el verano”.

 

Y el silencio y la quietud, llevan de forma natural a la introspección. A estar en relación con uno mismo. Algo que suele asustar. Quizás porque nadie nos ha enseñado como hacerlo.  Nos han enseñado justo lo contrario: a estar fuera de nosotros mismos, ávidos de estímulos, evadidos en muchos casos de nuestras verdaderas necesidades y sentimientos.  Por eso algunas personas sufren en otoño; no están preparadas para reencontrarse consigo mismas.

 

Si  hemos aprendido a estar en buena relación con nuestro silencio interior, nos gustará el otoño. Pero si miramos a nuestro alrededor, veremos que la mayor parte de las personas viven en una profunda desconexión de sí mismos; siguiendo patrones y deseos que otros les han  “impuesto”.  O bien escapando de vivencias y emociones que no han podido gestionar y han enterrado “bajo el follaje” de la actividad social. En ese sentido, los vientos de otoño, si se lo permitimos, igual que barren las hojas, barren nuestro “follaje mental”, dejándonos desnudos con nosotros mismos: con nuestras miserias y nuestras grandezas.

 

El otoño nos invita a desnudarnos de ruido externo, a acallar el parloteo de la mente y  a acompasarnos a la quietud de la naturaleza para volver a conectarnos con nosotros mismos. Podemos así permitirnos reflexionar con sinceridad sobre las ideas y creencias con que construimos nuestra realidad y cambiarlas si lo deseamos. Es una ocasión creativa única: nos posibilita  recapacitar, analizar y  plantar “nuevas cosechas” si fuera necesario.

 

El otoño nos brinda saborear y acrecentar nuestra madurez interior. Abrirnos a nuestra autoobservación, a la posibilidad de desarrollo de la vida interior. Ponernos en contacto con nuestro mundo espiritual. Y cuando hablo de mundo espiritual, no hablo de ir a la búsqueda de lo extraordinario: lo extraordinario reside en la profundidad de lo cotidiano y ordinario.

 

El ralentizarse de las funciones naturales nos invita a adoptar un ritmo más a nuestra medida que nos permita vivir intensa y conscientemente cada momento. Nos invita a darnos cuenta de la belleza y misterio que supone cada nuevo día y sentirnos agradecidos por ese privilegio. Nos invita a asombrarnos con cada color, con cada hoja que vuela, cada copo de nieve que revolotea aparentemente perdido en la inmensidad.

 

Ese es el otoño. Aceptar su invitación es todo un desafío a construirnos como personas más completas y conscientes.

 

Por eso, yo le digo: “bienvenido, otoño querido.

 

Y tu: ¿aceptas la invitación del otoño a construirte como persona?

 

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Qué es lo que SI consigues cuando NO alcanzas tus objetivos

" ¡ Dios mio! ¿qué es esto?"
” ¡ Dios mio! ¿qué es esto?”

 

 

Ya dice el refrán que el “que algo quiere, algo le cuesta”.

Pero en ocasiones, por más que nos esforcemos, por más que intentemos una y otra acción,  tenemos la sensación de que o bien continuamos en el mismo lugar que antes respecto a nuestros objetivos, o bien estos se han burlado de nosotros alejándose. ¡Y qué desesperante es esa sensación cuando tenemos metas que deseamos alcanzar como sea!

 

“Sueña grande”. “ Sigue tu corazón”. “Cree en ti”.  Pero de poco sirven esos clichés emocionales cuando te abduce la horrible idea de que todo el caudal de ilusión que has volcado en tu proyecto no da ningún fruto. Desanima, duele y pesa mucho. Y más,  cuanto más profundamente comprometidos estamos con el objetivo y cuando sentimos que nos estamos “jugando mucho”.

 

Así me he sentido yo a finales de este verano, cuando después de 4 años de intensísimo esfuerzo por montar mi propio negocio de coaching, me ha parecido  que todo lo que he hecho ha sido dar vueltas en redondo, sin haber llegado a ningún lugar concreto desde el cual pueda materializar mi sueño.

 

Ha sido necesario un merecido descanso, que me ha permitido ganar un poco de perspectiva, para salir de ese lugar de donde los árboles no nos dejan ver el bosque. O en mi caso, del lugar donde el bosque, no me dejaba ver los árboles. Porque como ocurre en muchas ocasiones,  de tanto correr tras el objetivo deseado (el bosque completo que quiero crear) había perdido la perspectiva de los árboles que he ido plantando y que todavía pueden crear un  hermoso bosque.

 

Lo positivo es que esta experiencia de desánimo momentáneo me ha llevado a ponerme de nuevo “el sombrero de coach” para dar un giro de 90 grados a la  forma de enfocar el problema.  Y he pensado en cual sería la primera pregunta que se me ocurriría como coach hacia un cliente que se siente desanimado porque cree que no está avanzando, sino girando en círculos. Y me surge lo siguiente:

 

¿qué es lo que SI has conseguido mientras has estado persiguiendo tus objetivos?

 

Seguro que si nos  esforzamos,  encontramos mucho más de lo que creemos que hemos logrado. Hablando desde mi experiencia, yo he obtenido mayor creatividad, nuevas habilidades, nuevos contactos y relaciones personales,  adaptabilidad, flexibilidad, información, experiencia y sobre todo, mucha mayor confianza en mis capacidades.

A mi se me ocurre considerar todo eso como el substrato sobre el que vamos a plantar nuestro bosque. Sin ese suelo rico y fértil, será difícil que los  “árboles” que plantemos,arraiguen.

 

Pensándolo con detenimiento y objetividad, sin estar enajenada por el “secuestro momentáneo de la amigdala” que todos padecemos a ratos, la situación no es en absoluto igual que en el punto de partida. Por mucho que en ocasiones, tendamos a desanimarnos y pensar de forma cínica que “yo cambio y me esfuerzo, pero nada cambia”, lo cierto es que ha cambiado la parte más importante: nosotros mismos y nuestra forma de estar en la vida.

 

¿Acaso eso no es suficientemente valioso?

 

Cada vez que nos decidimos a abandonar nuestra “zona de comodidad” para seguir la “llamada de la aventura”, estamos iniciando un viaje que nos aportará mayor conocimiento, en este caso de nosotros mismos. Lo de menos será el destino,  por mucho que nos obcequemos con él. Lo importante será el enriquecimiento personal que nos aporta nuestra travesía. Pensar que el alcanzar el destino nos hará felices, es una falacia: la felicidad nos la aportará la posesión de las cualidades personales y las habilidades que esperamos obtener en la meta, con la consecución del objetivo. Y lo cierto es que mucho antes de llegar allí, ya podemos empezar a disfrutar de ellas. Porque en el fondo, estamos persiguiendo “tesoros” que llevamos dentro de nosotros y que solo se activarán emprendiendo la travesía. Piénsalo bien. ¿Deseas un trabajo mejor para ser más feliz o deseas empezar a disfrutar de ser feliz, aquí y ahora aunque tengas el mismo trabajo? Es como estar buscando un bosque en el que ya te encuentras. Pero es la falta de un enfoque más amplio, provocada por el desánimo, la que te impide verlo.

 

Si no eres capaz de entrar en contacto con esa realidad, amarla y disfrutar de ella, será mejor que abandones el camino, porque todo se volverá más y más cuesta arriba a medida que continúes avanzando.  Es la capacidad para disfrutar la travesía la que nos permitirá perseverar, analizar qué ha fallado y volver a empezar con nuevos bríos. Y para eso, se necesita madurez psicologica, coraje, tesón, templanza…en definitiva, todas esas cualidades que vamos adquiriendo mientras perseguimos nuestros objetivos.  Lo he visto con muchos clientes: los objetivos llegan, cuando estamos realmente preparados para ello. Son como fruta madura, que caen del árbol a su tiempo. No antes ni después.

 

Por eso, cuando desesperes y pienses que no estás alcanzando tus objetivos, detente, mírate al espejo  y piensa por un momento, qué es lo que sí estás alcanzado y reconócete en quién te estás convirtiendo. Es en QUIEN te conviertes durante  el camino lo que te hace más valioso.

 

Y por cerrar la metáfora del bosque: piensa objetivamente en cuantos árboles has plantado y como cerrar “los claros” que quedan entre ellos. ¿qué es lo que te falta? ¿qué necesitas? Seguro que extraes aprendizaje.

 

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Con él deseo ofrecer un espacio de encuentro, aprendizaje y reflexión para personas comprometidas con su felicidad  y  dispuestas a mejorar su entorno mediante la mejora de si mismas.

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