Regresando al hogar

Buenos días!! ¿Cómo estás?  ¿Cómo te han ido estos meses?

Mucho tiempo sin saber de mi ¿verdad? Espero que no me hayas olvidado y que de algún modo me hayas echado en falta. La verdad es que como os dije la última vez, yo os he echado mucho de menos porque en estos años, he sentido como escribir en el blog para vosotros cada vez me produce más alegría. Sobre todo cuando recibo los mensajes preguntándome por qué ya no escribo y si no volveré a escribir y dándome las gracias por lo que hacía. De veras que son una bendición y una alegría porque me han hecho saber que aporto ilusión, reflexión y la posibilidad de abrirnos  a una visión diferente y más amplia de la vida, la realización personal y la felicidad. Y por eso estoy aquí de nuevo, aunque ahora, que me siento a escribir,  sean las 23 horas y mañana tenga que levantarme a las 6:30.

 

No sé a ti, pero a mi este año se me ha pasado todavía más “volando” que el anterior…finales de Octubre…¡ ya!!!! En dos patadas como quien dice, ¡Navidades!

 

Como ya sabéis lo que me seguís con asiduidad, primavera y verano son etapas complicadas para mí, por el gran volumen de trabajo que suelo tener. En primavera, siempre me ataca alguna crisis (que este año he evitado, pero me ha atacado al final del verano)  y suelo terminar el verano rayadísima. Al menos, este año he gestionado todo mejor, como puedes leer aquí. Después han llegado las necesarias vacaciones: primero en Septiembre una semana por la Costa Brava y después en Octubre 10 días disfrutando de bajar por la Ruta de la Plata en coche hacia Sevilla y un par de días pasar a la región del Algarve en Portugal. Todas en familia. Lo maravilloso es que tenemos un país para enamorar vayas donde vayas, con un patrimonio artístico, paisajístico y gastronómico que muchos otros, que se dan más bombo, para si quisieran. Así que aunque no haya podido salir al extranjero, ha sido todo un lujo.

 

PicMonkey Collage vacaciones

 

Y volviendo a lo nuestro: el caso es que desde finales de agosto he estado “apurando a tope el verano” y entre vacaciones, y que aprovecho cada hueco libre para hacer deporte al aire libre o bañarme en la playa,  las semanas se me han pasado sin verlas.

 

Para los que me seguís desde fuera de España, aclararos que aunque San Sebastian, la  ciudad donde vivo, es maravillosa estéticamente,  al estar situada en el Norte de España tiene un clima muy, muy lluvioso, que puede resultar muy desagradable y bastante deprimente.  Los veranos son casi siempre breves y nos dejan con hambre de sol a los donostiarras. De ahí mi urgencia de exprimir al máximo el buen tiempo, ya que luego, se pone gris, empieza a llover y ¡no se sabe cuando para! Por suerte, este ha sido un buen verano y está arrancando el otoño con un tiempo estupendo. (Por cierto, que aquí, casi siempre estamos hablando del tiempo).

 

Pero si nos fijamos en el calendario hace ya unas semanas que ha arrancado el otoño y yo como que ni me había enterado. Me ha sorprendido hoy, por primera vez, que me he dado la tarde “libre” y al salir del agua, me he fijado en como los árboles de  los montes que delimitan la bahía de la Concha, han adquirido los tonos profundos y  tostados que van venciendo al verde de finales del veram. Un poco más tarde, mientras paseaba por la Parte Vieja, me he dado cuenta  de que en los escaparates de las pastelerías ya están los Huesos de Santo para la fiesta de los Difuntos del 1 de Noviembre. Y también que las floristerías  están llenas de crisantemos y ciclámenes, tan de esta época.  Con el ajetreo de vida que llevo, tengo tan poca ocasión de pasear por la ciudad que ni siquiera los había visto. Así que el “otoño ha venido, y yo ni sé cómo ha sido”. Pero me alegro, porque para mí siempre es una alegría el cambio de estaciones y la belleza y las oportunidades que nos trae cada una de ellas. Es más, siempre he pensado que me resultaría muy duro vivir en un lugar donde las estaciones no estuvieran bien marcadas y diferenciadas.

 

PicMonkey Collage otoño bueno

 

¿Y qué me gusta del otoño? Bueno, pues muchas, muchas cosas….los colores que nos regala la naturaleza, las deliciosas setas, las castañas pilongas que caen en lluvia de los árboles, los caquis, los buñuelos y las castañas ( las de comer) asadas y bien calentitas, el profundo olor a humus de las hojas que se descomponen en la hierba, la luz que entra oblicua y acerada cambiando el aspecto de las calles y las fachadas de los edificios, ese fresco que nos estremece por las mañanas…sí, lo sé. Cosas pueriles, pero a mi me encantan…¿a ti no te hacen disfrutar?

 

Pero sin duda, lo que más, más me gusta del otoño, es la oportunidad que me brinda de “volver a casa”. De “regresar a mi hogar”. 

 

Y ¿qué es ese “hogar”? Algo que seguro que algunos de vosotros conocéis bien y tenéis ya construido. Otros, quizás estéis en proceso de “construirlo”. O tal vez lo hayáis reencontrado después de mucho tiempo fuera de él y lo estéis limpiando, adecuando y  amueblando, eligiendo con cariño cada detalle. Para otros, es todavía un lugar que encontrar. Porque el hogar del que hablo, no es un espacio físico: sino un lugar de reencuentro con uno mismo, un espacio interno que, con independencia de dónde estés, siempre va contigo.  

 

Yo, en verano, tiendo a alejarme de mi hogar sin darme cuenta. Sobretodo, por lo que me absorbe un trabajo que me drena emocional y físicamente. Y porque es una época más de vida social, más de vivir “hacia fuera”, donde no solemos pararnos a reencontrarnos con nosotros mismos.  Conste que me encanta el verano y su parte de estar mucho en la calle, rodeada de gente…Pero a mí el verano “me pasa factura”.  Y por eso, cuando llega el otoño, acorta el día y regresan las lluvias, sé que es el momento para mi de “regresar a mi casa”. En ella, habitan las mejores cualidades de mi misma en estado puro: creatividad, amor, compasión, ternura, alegría, humor…y sobre todo, es el lugar donde vuelvo a conectar con mi energía vital, con mi esencia: esa energía que me hace sentirme enamorada de la vida y me permite acceder a una dimensión más espiritual y trascendente de la vida, lejos de los enredos de la rutina y la falta de visión que nos produce a veces estar volcado en lo cotidiano.

 

En mi hogar, me siento libre, plena y enamorada de la vida. Disfruto a tope de la belleza, del regalo de estar viva. Todo me fascina y me sorprende, no hay soledad porque estoy acompañada por mi mejor amiga (que soy yo misma) porque me siento amada (sobre todo por mi misma) y no hay espacio para el miedo. Es como si mente, corazón y cuerpo se abrazasen y bailasen muy juntitos. No puedo hacer otra cosa que estar agradecida por todo lo que tengo, por todo lo que he vivido y aprendido y por la perspectiva de todo lo que aún tengo por aprender y vivir.

 

En ese espacio, entiendo la existencia de otra manera; entiendo que independientemente de los logros externos, la vida se sostiene con pasiones, con actitud positiva, con afán de superación y excelencia.

 

¿ Sino por qué creias que E.T. quería regresar a su casa con tanta fuerza?
¿ Sino por qué creias que E.T. quería regresar a su casa con tanta fuerza?

 

Tu “casa” es un lugar para sentirte agradecido, en armonía y en paz. Un lugar donde nada ni nadie puede herirte sin tu permiso. El refugio al que retirarte, porque en realidad, siempre está disponible, siempre va contigo. Pero puede que en algún momento tu salieras de él y luego extraviases el camino de regreso y todavía no lo hayas encontrado.

 

Créeme que todos, todos y cada uno de nosotros, tenemos ese hogar. Y si aún no lo conoces, piensa un poco…¿no te ha ocurrido nunca sentirte como si hubieras vuelto a un sitio que siempre has conocido? ¿Cómo si atisbases por una ventana un espacio que te remueve de arriba abajo y te asoman las lágrimas porque darías cualquier cosa por poder estar ahí dentro, en vez de estar fuera soportando frío, soledad y miedo?

 

Pues ese es tu hogar.

 

sala con chimenea 2

Hay muchas personas que les pone triste el otoño, la llegada del invierno. Dicen que es la falta de luz, el mal tiempo, el frío. Es cierto que somos seres en relación permeable y permanente con el medio que nos rodea. Pero yo muchas veces pienso que esa tristeza innombrable, es que no han encontrado su hogar. Su Shangri – La. El paraiso perdido o no, que habita en nosotros y del cual nosotros mismos, nos hemos expulsado.

 

Si estás fuera, este otoño, te deseo que puedas volver a tu hogar. Te puede ayudar a conseguirlo el pasar tiempo contigo mismo, el trabajar en tu autoconocimiento, la meditación, el yoga, el mindfulness, el caminar por la naturaleza…todo aquello que te lleve al reencuentro contigo mismo, con tu fuerza vital y te aporte energía y te lleve a desarrollarte y superarte. Hay muchos caminos para volver a casa. Pero debes saber que todos pasan por dentro de ti mismo y que sólo tu puedes ponerte en marcha para encontrar ese espacio.  

 

 Y tú: ¿ has encontrado ya tu hogar? ¿ estás en camino o amueblándolo?

 

¿ qué deseas para este otoño? ¿ qué vas a disfrutar?

 

Te espero en los comentarios.

 

¡Hola! Soy María Díez Coach y con mi blog ofrezco un espacio de encuentro, reflexión vital  y aprendizaje para personas comprometidas con su realización personal, familiar y laboral.

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Corriendo amaneceres, nadando atardeceres: 7 claves para no “quemarse” con la sobrecarga laboral.

¡Buenos días!

 

¿Qué tal te encuentras? ¿Cómo estás? ¿Cómo has pasado el verano?

 

Llevo bastante tiempo sin poder escribir en el blog, sin poder compartir contigo mis reflexiones, mis vivencias y mi particular visión de la vida. La razón es simple: para los que me seguís de hace tiempo, sabéis que el verano es la época en la que más trabajo tengo en el empleo que me da de comer. Y así, mientras para muchos de vosotros es un periodo para disfrutar de más tiempo libre (por vacaciones o jornadas intensivas), para mi son los meses más agotadores del año, en los que hasta ahora, la sobrecarga de trabajo y el estrés que conlleva, me acababan drenando emocionalmente hasta dejarme “quemada”. (Puedes leer más sobre ello en este post).

 

Y porque el verano pasado me resultó tan devastador, uno de mis objetivos para este año era introducir algunos cambios en mi vida y mi forma de estar en el trabajo, para evitar volver a pasar por la misma situación de todos los veranos.

 

Ahora puedo decirte que esas claves que he aplicado han funcionado. Sin ellas y después del “veranus tremens” que hemos tenido de trabajo, estaría para “el arrastre”. Y como sé que no soy la única, como sé que muchos otros profesionales lo pasan realmente mal cuando llega una avalancha de trabajo que les sepulta y se disparan las horas que dedican al trabajo (en ocasiones ni pagadas, ni reconocidas),  hoy he decidido compartir con vosotros esas pautas que me han ayudado a sobrellevar estos últimos 5 meses de maratón profesional extrema, sin llegar al síndrome del agotamiento profesional.

 

Son pautas de fácil aplicación y en apariencia sencillas de seguir. Pero no nos engañemos; si fueran tan sencillas, no habría tantos profesionales con el síndrome del burn out. Aquí te las dejo, para que tu mismo saques tus propias conclusiones:

 

  1. Acepta la situación, prepárate para activar el modo “supervivencia” y corta por lo sano lo superfluo: por fin he entendido que es un error querer seguir siendo una superwoman y llegar a todo, aún en periodos de sobrecarga profesional. Creo que mi principal problema, era “negar” la situación, luchar contra lo imposible y seguir tratando de hacer en 8 horas un trabajo claramente inabarcable para los medios y el tiempo del que disponía.  Y además, pretender llegar a todo fuera del trabajo. El resultado otros años era sentirme mucho más acelerada, haciendo las cosas a toda velocidad, multiplicando el número de errores y aumentando así la sensación de pérdida de control y el consiguiente desgaste que eso conlleva. Todos sabemos que en periodos complicados hay que soltar “lastre”. Pero pocos somos capaces de aceptar la situación, plantearnos que más vale hacer las cosas con más tiempo y con más calma y vivir menos estresados, renunciando temporalmente a algunas actividades que no son tan esenciales. Yo este año lo he logrado. ¿El secreto? Aprender a priorizar,  renunciar y delegar todo lo posible.  Y eso ha incluido bajar las expectativas sobre mi misma.  Verás como reducir algunas funciones a “mínimos vitales” y enfocarte en lo que consideras esencial e irrenunciable, te hará replantearte muchas cosas de tus rutinas diarias y de tus creencias.

 

  1. Programa momentos nutritivos y en lo posible, múevete: este es uno de los puntos que ha resultado clave. Cuando vamos a todo meter, acelerados y agotados solemos olvidarnos de meter en nuestra agenda momentos  frecuentes para nosotros, que nos recarguen las pilas.   En mi caso, este año los he tenido en forma de hacer deporte. Y ha sido de lo que más me ha ayudado a mantenerme con la energía “alta”.  Otros años, como salía tarde de trabajar y estaba cansada, lo primero que abandonaba era el gimnasio. Gran error. El deporte es lo que me ha dado la energía necesaria para despejar la mente y poder abordar a tope el siguiente día. Después de 10 minutos corriendo y ya me había vaciado de cuantas emociones tóxicas y pesimistas había acumulado durante el día. O si lo hacía por la mañana, me daba la energía para “comerme el mundo”.  Y si ya, después del deporte, me daba tiempo a darme un baño en la playa, era el no va más. Programa si o si momentos con actividades sencillas, que sean sólo para ti, para reencontrarte contigo mismo. Puedes meditar, salir a pasear por la naturaleza, ver una puesta de sol, darte un masaje o tomar un café especial, en un sitio especial contigo mismo o en compañía. Cualquier cosa que te aporte bienestar y reconexión, que te haga vaciar la cabeza de “ruido”. Pero sobre todo y siempre que sea posible,  muévete. Sé que cuando uno se ha dejado la piel en el trabajo lo último que le apetece al llegar a casa es ponerse en movimiento. Pero es la pescadilla que se muerde la cola: si no te mueves, estarás más cansado todavía. Hacer ejercicio genera endorfinas, ayuda a soltar tensiones y desconectar. Basta con que establezcas una rutina de caminar, estirarte, nadar o hacer algunos ejercicios.

 

  1. Busca momentos que rompan la sensación de rutina y rodéate sólo de la gente que más te aporta. Seguro que cuando tienes un montón de trabajo de lo primero que se va a ver afectado es tu vida social. Llegas tan cansado que sólo quieres tirarte en la cama, cerrar los ojos y no pensar en nada. Por eso es importante que prepares aunque sea puntualmente,  planes “de calidad” que te proporcionan una satisfacción profunda y duradera.  Y que escojas gente de calidad con los que compartirlos.  Es fácil dejarse llevar por la inercia de hacer siempre lo mismo. Pero lo conocido, no nos renueva y no nos crea sensación de momentos únicos. Ni sensación de recuerdos “especiales e imborrables”. Es fácil que se te olviden las veces que has estado por ahí  tomando algo con tus amigos y pienses que el tiempo se ha pasado “sin más”.  Por eso, aunque te requiera un poco más de esfuerzo, programa puntualmente planes distintos a lo que haces normalmente. Aquí te dejo con mis fotos de  este verano de algunos de ellos: ¿a qué parece que haya pasado un verano increíble lleno de aventuras y glamour? Y en cierto modo, así ha sido porque estos no son los planes que puedo hacer habitualmente.  Y no olvides eligir con cuidado con quien compartes tu tiempo; huye de las interacciones vacías y las personas negativas que te drenan de energía. Ya sabes a quienes me refiero.

 PicMonkey Collage

  1. Cuida tu descanso y tu alimentación: una de las funciones que antes se resiente con el stress es el sueño. Las personas estresadas duermen mal, no duermen una cantidad suficiente de horas, ni con la calidad necesaria. El cuerpo no descansa lo necesario y llega al día siguiente cansado y con baja energía, arrastrando parte de las preocupaciones del día anterior. Marca tus horas de sueño, respeta la hora de irte a la cama. Que tu cuerpo sea tu templo, porque si él falla, todo se cae: cuídalo, mímalo.  Y lo mismo con la alimentación: busca alimentarte lo mejor posible. Respeta las pausas para beber agua y comer fruta durante el trabajo. El mundo no se hunde porque faltes 5 minutos en tu puesto, se pongan como se pongan.  Así no tendrás picos de azúcar y te mantendrás mas alerta y concentrado.

 

  1. Dedica más tiempo a organízarte mejor: en estos periodos es cuando más vas a necesitar organizarte. Por ejemplo, vas a necesitar planificar tu compra para poder alimentarte bien. Vas a necesitar mirar tu agenda más a menudo para que ninguna tarea importante se quede sin hacer por pasarte el día apagando fuegos. Necesitas más orden en tu mesa, tener todo preparado. Es imprescindible poner cada tarea en su lugar, cada cosa en su sitio para que todo pueda funcionar de una forma sencilla y fácil. Recuerda que será muy difícil “apagar un incendio” cuando no sabes dónde tienes la manguera.

 

 

  1. Pon límites y practica el  NO sin sentirte culpable: en muchas ocasiones, parte de la sobrecarga de trabajo que sufrimos la originamos nosotros mismos atribuyéndonos funciones y responsabilidades que nadie nos ha pedido. Obsérvate, sé consciente de cómo funcionas en tu trabajo. ¿Eres quizás paternalistas con tus  clientes o proveedores y haces más de lo que deberías o cosas que en realidad les corresponde a ellos hacer? ¿Eres tan disponible y “nice” que te cargas con parte del trabajo de tus compañeros dejando lo tuyo para el final? ¿O eres de los que saltas a coger el teléfono al primer timbrazo porque no puedes escucharlo sonar, interrumpiendo tareas importantes y acabas convertido en el telefonista, aunque ese no sea tu puesto? Te aseguro que muchas personas hacen todo esto sin darse cuenta y luego se enfadan con el mundo cuando el compañero se va a su hora y ellos se tienen que quedar más tiempo porque no han empezado con lo que sería propiamente suyo. Poner límites, ser asertivos, reeducar a la gente para que cada uno haga su parte, es esencial si no quieres verte enredado en una trampa mortal. No sirve de nada cabrearte y despotricar si no enseñas a la gente lo que necesitas para trabajar bien coordinado con ellos y no aprendes a decir no a ciertas actitudes o requerimientos.  Aprender a expresar con asertividad y firmeza  las necesidades para trabajar bien en equipo  o con qué estándar deseas que se trabaje contigo,  te va ayudar a que todo sea más fluido y tendrás menor desgaste, para dedicar tu energía a lo que es realmente importante, que eres ante todo tu mismo.  Recuerda que si tu quiebras por no saber cuidarte, si te quedas “sin batería”, entonces sí que no podrás aportar nada. Y muchas personas piensan que es el trabajo quien les roba su energía, cuando ellas la están desperdiciando a manos llenas.

 PicMonkey Collage Hiruzta

  1. Ocupate de hacer un análisis de lo ocurrido cuando todo se normalice y toma las decisiones que tengas que tomar: este es quizás el punto más importante y el que casi siempre obviamos. Ha pasado el nivel de “alerta 10”, el trabajo vuelve a su cauce…y tú solo piensas en las ansiadas vacaciones por venir y olvidarte de todo. Pero por desgracia, hay situaciones que son recurrentes en las empresas, porque a sus directivos así les conviene. Valora lo que has pasado, el precio que pagas y qué te gustaría que fuera diferente. Luego haz tus propuestas de mejora a quien sea competente y mira cual es la reacción. Si lo que te ofrecen no te gusta, piénsatelo. Quizás la  tuya es una de esas empresas que imponen de continuo cargas de trabajo irracionales a sus trabajadores. Y entonces,  igual deberías ir pensando en cambiar de trabajo. O si ya lo pensabas, quizás deberías dejar de pensarlo y pasar a la acción. Lo creas o no, antes de lo que piensas, volverás a encontrarte en una situación parecida. Y sólo tu decides estás dispuesto a volver a pasar por ello y a qué precio.  No todos podemos dejar el empleo que nos da de comer. Pero somos responsables de cuidar de nuestra energía, de pelear porque las condiciones vayan mejorando, de hacer que se respeten nuestros derechos desde la firmeza y el dialogo. No sirve de nada quejarse si no lo haces frente a la persona que tiene el poder de cambiar las cosas. Seguro que tú también conoces a un montón de personas que se quejan y se quejan, pero nunca van a hacer planteamientos ante quien tiene el poder de decisión,  ni por los cauces adecuados. Personas que se quejan y  no hacen nada por cambiar el status quo. Esas personas, en el fondo, están dilapidando su energía, su potencial y sus oportunidades porque pocas cosas resultan tan tóxicas y ahuyentadoras como la queja estéril.

 

Ten claro que sin análisis, sin aprendizaje, no hay evolución y sólo podemos optar a la repetición. 

 

Y hasta aquí hemos llegado hoy. Estas son mis claves, espero que te hayan ayudado. Si tú tienes las tuyas y quieres compartirlas, si tienes dudas o reflexiones, te espero encantada en los comentarios de este blog.

Y si piensas que podría venirte bien mi ayuda para trabajar algunos de estos temas: organización, planificación, limites, asertividad, motivación profesional o cambios de cualquier tipo, aquí estoy a tu disposición para sesiones personalizadas.

 

 

¡Hola! Soy María Díez Coach y con mi blog ofrezco un espacio de encuentro , reflexión vital  y aprendizaje para personas comprometidas con su superación personal, familiar y laboral.

En él encontraras herramientas de inteligencia emocional para transformar los obstáculos  cotidianos  en retos y construirte una vida equilibrada y armónica, llena de fuerza, confianza y pasión. Una vida  a tu medida, que sientas que merece la pena vivir.

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Los buenos siempre ganan-(homenaje a mi hermana de alma rusa).

Nina y yo en el Parque de las Naciones.Ella siempre tan elegante y yo con esta pinta tan soviet!
Nina y yo en el Parque de las Naciones.Ella siempre tan elegante y yo con esta pinta tan soviet!

 

“Los buenos siempre ganan”. Menuda frase. Casi seguro que cada uno de nosotros la habremos escuchado en alguna ocasión de nuestra vida. Y es muy probable que haya sido dentro de alguna película de Hollywood, sobre todo si estaba ambientada en época de la Guerra Fría. Pero más allá de las anécdotas, lo cierto es que estas 4 palabras resultan muy potentes y dan para mucho debate. Y desde luego que por sí solas son capaces de despertar muchas emociones. Porque como siempre ocurre en la vida, somos nosotros, los que las recibimos, quienes las dotamos de sentido.

 

Yo misma las he escuchado bastantes veces. Pero hubo una ocasión concreta en que literalmente, me “golpearon”. Fue hace ya muchos años,  mientras veía una película que ni siquiera recuerdo, de “buenos y malos” con mi sobrino Carlos, que era todavía un niño. Aquella debía de ser una de esas etapas personales complicadas y tristes para mi, como ocurría con frecuencia en mi vida “antes”. Vivía yo entonces en un rol permanente de “super-victima, convencida de que la vida era algo que “me sobrevenía” sin que yo tuviese ninguna posibilidad de influir sobre ello. Ya veis qué plan…  El caso es  que allí estábamos mirando la tele, cuando más por la tristeza que entonces teñía mi vida, que por lo que veía en la pantalla, se me debió de escapar alguna lágrima. En ese momento, mi sobrino, me miró muy serio y con toda su pureza infantil me lanzó un: “tía, no te asustes ¡si los buenos siempre ganan!”

 

¡Cómo me llegó al corazón aquella frase! Lógicamente, no se me ocurrió romper la inocencia del niño contradiciéndole. Pero sí que en aquel momento, aquel comentario me desgarró.  Porque acorde a mi patética visión de la vida, sabía que los buenos no siempre ganan. Es más, creía que casi nunca ganaban. Sabía que muchas veces, da igual lo que te esfuerces, que todo sale al revés y te dan por todas partes, que era lo que a mi me ocurría entonces. Sabía que la vida no es cómo las películas. Y que puedes ser todo lo “bueno” que quieras, que en ocasiones, no tienes nada que hacer. Y mientras los “malos” lo consiguen todo y se van de rositas y tienen mejor trabajo, más pasta, novias/os más guapas/os y se lo pasan infinitamente mejor que tu, que te esfuerzas, que luchas y te sacrificas. Vamos, que como veis, qué más quería yo que aquello para darme todavía más pena a mi misma…¿Os suena a alguno esta sensación? Pues menos mal que entonces me callé la boca.

 

 

La segunda vez que me han golpeado estas palabras, ha sido con motivo de mi viaje a Moscú el pasado mes de Marzo,  a visitar a mi amiga Nina. Una situación bien distinta, con muuuchos años transcurridos de por medio y sobre todo, con una madurez personal bien diferente.

 

Plaza Roja retocada

 

Conocí a Nina hace 3 años, cuando se presentó para solicitar unas prácticas en la empresa en la que trabajo.  Estaba decidida a dejar su puesto en el Ministerio de Economía buscando una cambio de vida. Todavía recuerdo como durante la entrevista que tuvimos con ella, mantenía sus hombros inclinados bajo el peso de alguna enorme carga que sólo tenía forma en su cabeza y en su corazón. También me impactó como su mirada apuntaba hacia abajo, como apesadumbrada por esa aparente locura que estaba intentando, segura de que nadie podría entender su necesidad de abandonar la promesa de una carrera profesional brillante en su país por venir a hacer unas prácticas al nuestro.  Parecía que se sintiera avergonzada por un acto de valentía que pocos de nosotros somos capaces de llevar a cabo. ¡Qué ironía!Tenía por entonces un español correcto al que faltaba un poco de fluidez y era ( y es ) una chica preciosa, con un curriculum completo y muy potente a pesar de su juventud. Se la notaba honesta y muy motivada y nos gustó mucho.  Recuerdo como al terminar la entrevista, después de comunicarle que le aceptábamos, nos quedamos solas. Ella empezó a decirme llena de agradecimiento como iba a trabajar durísimo por la empresa y que no nos íbamos a arrepentir de haberla cogido porque haría todo lo necesario para que estuviéramos contentos de haber apostado por ella. Era tan evidente que pensaba sacrificarse al máximo, que me dio mucha lástima aquella gratitud un poco desproporcionada. Le respondí que me alegraría si tan sólo al final de sus prácticas volviera a caminar erguida y mirando a los ojos a las personas.  Y ese fue el principio de una relación que acabaría transformándose en una sólida amistad.

 

PicMonkey Collage Nina

 

Nina resultó un acierto para la empresa por su gran capacidad de trabajo, su carácter esforzado y disciplinado y una estupenda capacidad de adaptación al entorno y a la cultura. Prueba de ello está en los videos que grabamos juntas para mis sorteos de Facebook, donde sin ningún problema se ofreció ayudarme en algo tan alejado del serio y reservado carácter ruso. Para muestra, tienes el enlace de aquí abajo.

Sorteo falsa toma

Poco a poco fuimos descubriendo afinidades y a pesar de la diferencia de edad, empezamos a hacer planes juntas fuera del trabajo. Esto nos permitió conocernos mejor, desarrollar una gran confianza y complicidad entre nosotras y pasar a admirarnos mutuamente. Ambas compartíamos gusto por la aventura y el arte, tenemos ambición profesional y nos esforzamos por mantener y hacer crecer nuestra independencia emocional  como mujeres. En el tiempo que vivió en Donosti, Nina dejó de caminar encorvada, empezó a mirarnos a todos a los ojos y nos dejaba ver cada vez más su preciosa sonrisa. Cautivó a mis amigos, se granjeó el aprecio de los compañeros de trabajo, de los clientes y los proveedores y hasta de mi mismo jefe. Se hizo una persona de peso dentro de la empresa y ninguno nos planteamos que ese idilio podía tener un final. Pero como ocurre en las películas la vida siempre se complica: después de casi dos años que para ella fueron un auténtico revivir, llegó el momento en que ya no era posible renovar más su visado de prácticas. Sólo quedaban dos opciones: o conseguir un permiso de trabajo y residencia para ella (algo muy difícil de lograr) o que se arriesgase a quedarse en una situación irregular en el país. Algo que ni se consideró.

 

 

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En Octubre de 2014 Nina regresó a Moscú esperando la oportunidad de regresar a esa vida que tan feliz le hacía y yo me puse a gestionar sus papeles.  Ambas éramos conscientes del impacto que podía tener la consecución de ese permiso en su futuro y quizás por eso yo acabé el año pasado tan estresada, ya que a mi trabajo habitual se añadía la gestión de un tema sobre el cual sabía muy poco. Pero tuve suerte, porque conté con el apoyo de Jordi, un chico de Barcelona experto en visados, que se implicó en nuestra historia con una generosidad que todavía me emociona al recordarla y me ayudó enormemente. La vida, que a veces y sin que sepas muy bien porqué, te echa un cable. Y así, contra todo pronóstico, superamos con éxito la primera parte de la gestión, que suele ser la más complicada. Creo que fue uno de los momentos de mayor satisfacción para mí del año pasado. ¡Había puesto todo mi empeño, mi dedicación y mis habilidades en ello y lo había conseguido! ¡Los buenos siempre ganan!!

 

Pero nos “tumbaron” en la segunda parte. Aunque decidimos recurrir la denegación, el tema se fue complicando y termino en un sonado fracaso. No alcanzamos el objetivo que era el tan ansiado permiso. Y de repente se hizo evidente una realidad que ninguno  habíamos querido mirar de frente: Nina ya no regresaría a España. De ese golpe aprendí que a veces, enredados en la rutina, no somos capaces de comprender en profundidad qué y quienes son realmente importantes en nuestra vida. Y por eso, sin darnos cuenta, dejamos pasar las oportunidades de disfrutarlos mientras están cerca, creyendo que nada cambiará. Durante aquellos meses de lucha yo descubrí que Nina no era para mi sólo un pilar en el trabajo, sino en mi vida personal: sin que yo lo supiera, se había convertido en la hermana que nunca he tenido en mi corazón.  Mi hermana pequeña, mi hermana de alma rusa. Y me encontré con que casi, ni nos habíamos despedido, abrazando la ilusa convicción de que ella volvería. Así que nuestra “despedida” fue por teléfono, para decirle que no había permiso. Que ese sueño se había acabado. Casi no nos salían las palabras y sin embargo, creo que en ese momento las dos estuvimos tan unidas que podíamos comunicarnos sin hablar.

 

PicMonkey Collage museo

 

Este mes de Marzo, he viajado a Moscú a ver a Nina y “despedirnos” en persona. Poner fin a los sueños de una etapa, poner palabras a aquello que vivimos juntas, pero a miles de kilómetros de distancia. Y a sellar nuestra amistad y volver a crear nuevos sueños. Caminando del brazo como allí se estila, bajo el sol de Moscú y con un frío cortante y que sin embargo se llevó lejos aquellas decepciones, me venía de continuo a la mente la dichosa frase: “los buenos siempre ganan”, en relación a esa decepción que habíamos vivido.

 

Y ocurrió que allí encontramos juntas el sentido de esas 4 palabras…porque entendimos muchas cosas, como que el vínculo que nos unía, hecho de vivencias, risas, miedos y sueños, seguiría ahí para siempre. Y visitando el Kremlin, los monasterios del Anillo de Oro de Moscú, pasando delante de la Ciudad de las Estrellas, sentimos ambas como la vida es una aventura apasionante. Y esa aventura hay que vivirla de un modo proactivo, en primera persona, en presente y futuro. Nada de condicionales. ¡Y eso era lo que nos habíamos atrevido a hacer! Nos comprometimos, nos esforzamos y aprendimos por el camino. Experimentamos como aún siendo personas normales, con un trabajo normal, nuestro campo de actuación puede ampliarse tanto como queramos. Porque podemos luchar por hacer realidad los sueños, ir más lejos de lo que pensábamos y aprender sobre la vida y sobre nosotros mismos con ello. Nos sentimos, en cierto modo, sin límites e infinitas…..Por eso, los buenos siempre ganan.

 

PicMonkey Collage María San Basilio

 

Si, los buenos siempre ganan. Ganan una infinidad de vivencias, experiencias, información y emociones, que están ahí, en la oscuridad que rodea la luz que ilumina con fuerza el objetivo. Por eso no podemos verlas. Porque sólo miramos el objetivo. Pero están ahí, en el  camino recorrido: la grandeza de la amistad,  la generosidad de personas como Jordi capaces de implicarse en una historia ajena, la magia de las ilusiones que nos llevan más lejos de lo que nunca soñamos ir, la estima que todos sentían por Nina….Y sobre todo, los buenos ganan en respeto por si mismos. Porque si algo entendimos, fue hasta qué punto podíamos contar con nosotras mismas cuando nos empeñamos a fondo en algo y como, intentar aquello, había sido querernos y tratarnos bien.

 

Ahora Nina tiene un trabajo bastante bueno para la situación económica de su país y vive tranquila de vuelta en el hogar familiar. Añora y añorará siempre Donosti. Pero disfruta su vida en Moscú con una fortaleza personal que le ha hecho crecer lo inimaginable y le abre a un nuevo mundo de posibilidades.  Y yo he tenido la ocasión de conocer con ella de guía un pedacito de un país que siempre me ha fascinado. ¡Quién me iba a decir que acabaría viendo el Volga con una amiga rusa, cuando lo estudiaba en mis libros de geografía!

 

Con el Volga de fondo.
Con el Volga de fondo.

 

 

Y por eso, ahora, muchos años más tarde, puedo mirarle a mi sobrino a los ojos y decirle: “sabes Carlos, es cierto, los buenos siempre ganan.” Y matizaría lo siguiente: “Quizás no ganan todo lo que querían. No todo lo que buscaban. Pero si miras con detenimiento, si tienes la actitud adecuada, si conoces el amor y la gratitud, entenderás que sí. Que los buenos, siempre ganan algo. Sobre todo, cuando se atreven a vivir con valentía”

 

La misma frase, distintos momentos, distintas reacciones y diferentes actitudes ante la vida. Antes, no sé ni si lo habría intentado. Hubiera pataleado, hubiera echando balones fuera y  gimoteado “maldita administración que nos pone estas barreras”.

 

Ahora, vivo la satisfacción de saber que no volveré a vivir mi vida como una víctima, la satisfacción de haber paseado bajo el sol de Moscú. La satisfacción de un montón de recuerdos y vivencias que nadie puede arrebatarme.

 

Por eso, recuérdalo: los buenos siempre ganan algo.

 

 

Y tú: ¿cuando fue la última vez que “ganaste”? 

¡Hola! Soy María Díez Coach y con mi blog ofrezco un espacio de encuentro , reflexión vital  y aprendizaje para personas comprometidas con su superación personal, familiar y laboral.

En él encontraras historias y reflexiones relacionadas con la inteligencia emocional para transformar los obstáculos  cotidianos  en retos y construirte una vida equilibrada y armónica, llena de fuerza, confianza y pasión. Una vida  a tu medida, que sientas que merece la pena vivir.

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Materializando sueños.

No sabemos de lo que somos capaces, hasta que no lo intentamos.
No sabemos de lo que somos capaces, hasta que no lo intentamos.

 

¡Buenos días! ¿Cómo estás?

Yo me encuentro un poco más que bien: estoy muy feliz.

¿La razón? Que el año ha arrancado con muy buenas expectativas para mí. De hecho, me  encuentro con tanto trabajo, que he tenido que aplazar el escribir en el blog regularmente. Clientes, cursos, conferencias….parece que todo se presenta a la vez. Están siendo semanas muy intensas y de veras que echo mucho de menos no haber podido mantener mis post semanales. Por no hablar de que mi presencia en las redes sociales se ha vuelto casi nula. Sin embargo, creo que lo entenderéis cuando os explique lo que estoy viviendo.

Veréis: estas últimas semanas me las he pasado cosechando frutos de semillas que planté hace tanto tiempo, que casi las había olvidado. Porque aunque a mi misma me cueste aún creerlo, parte de mi sueño de vivir del coaching ha empezado a  materiliazarse. Va tomando una forma más real, tangible y lo más importante: facturable.

No está ocurriendo todavía en la forma y volumen que  soñé  pero si en el fondo y en la esencia. Y os aseguro, que si un sueño es ya hermoso cuando se sueña, cuanto más maravilloso resulta cuando se vive.

Os cuento. Durante este mes de Febrero he conseguido llevar mi taller de coaching para padres al lugar que desde el primer momento soñé que era el espacio idóneo para impartirlo: en la maravillosa casa de Cultura de Aiete, enmarcado dentro de la programación cultural de la ciudad. 5 años me ha costado conseguirlo. Pero lo importante es que lo que en su día no fue sino un deseo en mi corazón, ahora se ha vuelto realidad.

 

Aiete collage

 

Salvo mis amigos más cercanos, pocas personas imaginan el reto que esto ha supuesto para mí. Diseñe este taller hace 5 años, en el arranque de lo que me proponía que fuera un giro profesional de 180 grados en mi carrera. Y desde entonces,  por el camino han ido cambiando muchas cosas: desde el título del taller, a su contenido que he tenido que adaptar a los nuevos conocimientos que he ido adquiriendo. Pero sin duda, lo que más ha necesitado cambiar para conseguir este reto, he sido yo misma.

 

 ¡Qué razón tiene quien dijo que nunca sabemos de lo que somos capaces, hasta que de verdad lo intentamos!

 

Conseguir este logro sin aparente importancia para muchas personas, ha supuesto para mi un largísimo y árido camino de autosuperación y maduración personal.  Ha conllevado muchas renuncias a divertirme, a salir con mis amigos o dedicar tiempo a mi familia. Ha implicado invertir tiempo y dinero en formarme, sin saber muy bien qué retorno tendría esa inversión. Y también gastar un dinero que me hubiera venido muy bien para aspectos más pragmáticos de mi vida, en aspectos de mi negocio que pocas personas veían coherentes o necesarios.

 

Durante este increíble proceso de transformación personal, ha habido de todo;  algunas alegrías, muchas ilusiones fallidas. Y una larga, largísima travesía del desierto que ha durado meses e incluso años, sin resultados aparentes. Donde me he caído mil veces y me he levantado mil y una. Magullada, dolorida y confusa, pero nunca, nunca derrotada del todo. Porque sabía que el coaching es mi pasión y porque además, darme por vencida, no va con mi espíritu.

 

Este sí que ha sido un verdadero Viaje del Héroe, con todo lo que de aprendizaje sobre nosotros mismos conlleva. 

 

Y qué queréis que os diga: ahora me siento muy orgullosa de mi misma. De mi empuje, de mi tesón. De mi cabezonería si queréis llamarlo así. Pero lo cierto es que he sido capaz de haber continuado peleando por mi sueño sin rendirme todo este tiempo, hasta haber llegado aquí. Y aunque cansada y algo aturdida, me alegro de haber apostado tanto y tan fuerte por mí misma. Porque al final,  o trabajas para hacer realidad tu sueño, o acabas trabajando para hacer realidad el sueño de otro.

 

Así que ahora, doy una y otra vez las gracias, por mi perseverancia en el  constante sembrar semillas acá y allá de los últimos años. Acepto con cariño esa parte “ilusa y loca de mi”, que avanzaba a trompicones, un poco como podía: supliendo con  ilusión y pasión la falta de recursos materiales y la falta de apoyos y experiencia.  Y abrazo a esa parte mía de “pueril entusiasmo”, que ha sido la que  ha permitido que descubra aspectos vitales tan profundos como lo que cuesta mantener viva la esperanza de que un día, alguna de esas acciones que llevaba a cabo, alguna de esas simientes de sueños, acabaría arraigando y daría frutos.

 

sembrador-de-estrellas-de-noche

 

Y así ha sido. Al menos una, ha fructificado. Entiendo que puede que sea un hecho aislado y se quede en esto. No más.  Punto final.

Pero en cualquier caso, nada podrá cambiar ya como me siento ahora: agradecida y llena de amor por la persona en la que me he convertido.

 

Y he aprendido tanto por el camino…he aprendido que hay cosas para las que nunca es tarde. No importa cuando empieces, sino tener la valentía de salir de tu espacio de comodidad y empezar. Y he aprendido de la íntima sensación de realización personal que proporciona el responsabilizarte de tu vida y tus decisiones.

 

También he aprendido de la diferencia que hay entre insistir y perseverar. Y de la fuerza de voluntad, el empuje y el esfuerzo que se necesita para sacar adelante un proyecto personal, por poco ambicioso o pequeño que nos pueda parecer. También entiendo con otro nivel de profundidad  la renuncia que implica elegir entre lo que quieres ahora o lo que quieres para tu vida. Y entiendo que nada mas importante puede mover nuestras acciones que la humildad y el afán por superarnos a nosotros mismos y ser cada día un poco mejores y más completos, para luego volcar ese potencial al servicio de los demás.

 

Ahora puedo contar la historia de una chica que en vez de quedarse estancada en la queja de un trabajo que le resultaba insatisfactorio, un día plantó las semillas de un sueño profesional en su mente, y poco a poco, esa visión  la transformó hasta convertirla en la persona capaz de conseguir lo que anhelaba.

 

Y por eso hoy celebro el éxito del objetivo conseguido, celebro en quien me he convertido por el camino y celebro lo que he disfrutado de lo obtenido impartiendo el curso.

 

Ahora, a seguir sembrando, para que nuevas semillas germinen cuando llegue su momento.

 

Y tú: ¿cómo vas con la materialización de tus sueños?

¿qué nuevas semillas puedes plantar para que germinen un día?

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Mis (invisibles) regalos de Reyes

¿ Consiste acaso la magia de los Reyes sólo en recibir regalos tangibles?
¿ Consiste acaso la magia de los Reyes sólo en recibir regalos tangibles?

 

No recuerdo cuantos años han pasado desde que dejé de poner mi zapato para los Reyes. Para mi disgusto, en mi casa la Navidad terminó rápido, demasiado rápido. La alegría que debieran habernos aportado estas fechas, fue pronto sustituida por unas celebraciones que bien podrían asemejarse a un cuadro de Hopper o Munch, donde habitan personajes encerrados en sus propios silencios,  intentando encontrarse desde una ilusión de celebración hueca y triste,  propia de quienes guardan dentro demasiadas ausencias y dolores sin expresar.

 

Sin embargo, durante los últimos años y quizás como rebeldía ante esa falta esperanza y esa perdida de la magia,  sí que recuperé la ilusión de escribir una carta a los Reyes Magos la noche del 5. Sabedora de que los Reyes no pasarían por una casa donde no había zapatos preparados ni comida para los camellos, al menos pedía para mí y  para los que me rodeaban todo tipo de regalos no materiales, ya que materiales, nos sobran. A la siguiente Navidad, recuperaba algunas de esas misivas y volvía a releerlas, buscando si alguno de aquellos deseos se había cumplido.  Y será porque no enviaba las cartas (aunque yo esperaba que los Reyes supieran leer mi corazón sin necesidad de hacerles llegar la misiva)  o vete a saber por qué.Pero nada de cuanto pedí  tomó forma en el transcurso de los años.

 

Por eso, este es el primer año que ni siquiera he escrito ya la carta. Después de la cabalgata me lleve a mi madre a pasear y ver las luces de Navidad, que todavía no había visto, y tan sólo me he ocupado de que los Reyes me dejasen algunos regalos materiales para mis sobrinos que viven en Navarra, con quienes íbamos a pasar hoy el día. Y se han portado bien. Se ve que no les importa tanto desilusionar a un adulto, pero jamás desilusionarán a un niño.

 

Así que una vez más, me ha tocado conducir por mi adorada autovía A15 camino a Navarra. Algo que como ya sabéis los lectores de este blog, es uno de mis máximos placeres. Y según conducía (y tal y como me sobrevienen a mi estas cosas) he caído en la cuenta de mi lamentable error al pensar que mis zapatos nunca se llenan de regalos.

 

Sin saber muy bien por qué, mi mente viajera al conducir,  me ha llevado a esas hileras de refugiados caminando por los campos de Europa huyendo de la guerra que todavía nos golpean desde las pantallas planas de última generación.  Es esa una imagen que no me sacudo del todo de las retinas. De hecho,  esa imagen de pesadilla ha habitado en mí desde que estudié la Segunda Guerra Mundial en el colegio y vi una foto similar en mi libro de texto. Mas tarde, se reforzó por algunas lecturas que narraban las vivencias de quienes vivieron esa guerra y los documentales.  Y desde aquello años de juventud,  ha continuado almacenada en mi memoria, alimentando uno de mis miedos más secretos: encontrarme en esa situación,  con mi madre mayor o mis hijos, huyendo de la guerra por las carreteras, con lo poco que hayas podido cargar en una maleta. Dejando todo atrás: casa, colegio, ciudad, idioma, dinero, amigos y familia.

 

 

Y al volverme hoy a la mente, reavivada por esas escenas que por desgracia ya se nos han convertido en habituales, he SENTIDO como los Reyes Magos llenan mis zapatos, no sólo el 6 de Enero, sino todos y cada uno de los días del año.

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Porque a mi lado llevaba mi madre dormitando a sus 81 años, tranquila, abrigada y protegida,  a pasar el día de Reyes con sus nietos. Porque mis sobrinos tienen una casa y un hogar y educación y salud y la posibilidad de vivir la magia de una noche como la de Reyes. Y no caminan en medio de los campos, con frío, salvando alambradas o jugándose la vida en pateras cruzando el Mediterráneo. Ni están en ninguna otra situación de penuria, como sufren tantos y tantos niños. Y no tan lejos de nosotros, pero sí lejos de la mayor parte de nuestras realidades.  Y todos gozamos de una salud excelente. Y porque yo tengo un trabajo, fortaleza emocional y amor suficiente para ser el pilar afectivo de muchas personas, aunque ello suponga por momentos, renuncias y esfuerzos.

 

Si, muchas veces, cuado he visto esas filas de refugiados, lo he pensado. Y me he sentido desgarrada por su tragedia. Y me he dicho “qué suerte tenemos los que no nos toca esto”. Pero era una idea en mi cabeza, en mi intelecto. No era comparable a la experiencia de alegría y calidez que he VIVENCIADO hoy al SENTIR una inmensa GRATITUD por cuanto poseo.

 

E igual que caen las cuentas de un collar cuyo hilo se ha roto, así se han ido soltando uno tras otro todos los regalos con que me obsequia cada día, cada segundo, cada minuto, la vida. Y por los que olvido sentirme infinitamente agradecida y confiada: la educación que he recibido, los amigos maravillosos que tengo, mi “imperfecta” pero adorada familia, mi desquiciante trabajo, las mil oportunidades que encuentro para crecer y superarme como persona, la ilusión de poder luchar por un porvenir aún mejor que este presente que ya es fantástico, aunque en mi casa no se pongan ya zapatos. Y tantos y tantos regalos más por los que me olvido demasiado a menudo de dar las gracias, dejándome arrastra por la vorágine y por clichés de felicidad vacíos que no responden para nada a las verdaderas necesidades humanas.

 

Al poco, mi madre se ha despertado y mirando el paisaje, con las cumbres de las Malloas de la sierra de Aralar azucaradas por las primeras nieves y los prados intensamente verdes cuajados de caseríos a sus pies, ha exclamado: “verdaderamente, es un lujo poder ir por esta autovía.” Algo sorprendente, porque mi madre es muy reservada y cuando se permite expresa alguna emoción, suelen ser quejas o tristezas. Así que algo del espíritu de la Navidad que me ha habitaba de le ha debido de contagiar.

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Y ya en Navarra “¡oh sorpresa”. Por primera vez en años he descubierto de nuevo algo parecido a la felicidad en mi hermano mayor. Algo que yo no le había visto, salvo en su boda y cuando el nacimiento de su primer hijo.  Por supuesto, no ha parado de protestar respecto al trabajo que da tener 3 hijos y lo “mal que se portan” y bla, bla, bla. Pero detrás de esas lamentaciones que le he escuchado mil veces, hoy no había agobio ni irritación. Sino que eran un defectuoso mensaje de felicidad y satisfacción.  E incluso le he visto prodigar muestras de cariño a mi cuñada, cuando es muy parco en efusividades en público.

 

Supongo que está ya más relajado y menos agobiado ahora que los niños van siendo un poquito más mayores, o quizás que como ha mi, a él también le han traído los Reyes una dosis de consciencia en forma de agradecimiento a todo lo que tiene y le han hecho entender que sin duda estamos en una de las mejores etapas de su vida. En cualquier caso, he visto un matrimonio unido y feliz con su familia, que es mucho más de lo que esperaba. Porque en nuestra casa, lo que siempre se ha llevado es “ser agonías”. Usar un mensaje “defectuoso” para expresar “por muy autónomo, capaz y responsable que sea, yo también soy vulnerable, muchas veces me siento cansado y triste y no me entiendo ni yo mismo y  necesito atención y cariño aunque yo mismo ni me lo permita sentir”.

 

Imagino que si hoy he podido sentir ese invisible “decodificador” de las emociones ocultas en esas protestas, es porque ya estoy madura para usarlo. Entiendo que estoy en una nueva etapa donde soy capaz de estar en relación desde el corazón. No desde mi cabeza, movida por ideas rígidas sobre lo que me gustaría que los demás fueran.

 

Por fin acepto lo que hay y lo que me ha tocado y lo amo.  Por fin soy capaz de redefinir cada encuentro, sin prejuicios y aceptar la “imperfecta” humanidad de los demás, igual que acepto mi “imperfecta” humanidad. Quizás porque antes  he aprendido a saber donde quiero que esté cada persona respecto a mi, qué espacio quiero que ocupe y cómo poner límites sin que marcarlos me cree un conflicto. Y porque he aprendido primero qué espacio quiero ocupar yo misma.

 

Por supuesto, mis sobrinos tan ideales como siempre y juntos nos lo hemos pasado bomba. La maravilla de rodearte de pequeños es que siempre nos regalan la posibilidad de conectarnos con lo que de niños queda en nosotros y  disfrutar sin límites, desde esa pureza y esa inocencia que se asombra con el mundo y cuanto ocurre a su alrededor.

 

Y yo, que pensaba que los Reyes no se acordaban nunca de mi, no puedo borrar la sonrisa de mi rostro, de entender todos los regalos acumulados durante años y que de pronto, me han llegado en este día. Y entiendo que los Reyes nunca nos desilusionan, sino que somos nosotros, con nuestra falta de gratitud y la mirada exigente y errónea sobre la vida, quienes acabamos por desilusionarnos.

 

Y a ti: ¿ qué te han traído los Reyes Magos?

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Igual pero diferente; tras la tormenta.

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Buenas.  ¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras?

 

Nos acercamos ya al meridiano de otra semana que vuela y cuesta creer que ¡ya sólo faltan 16 días para que se acabe el año! ¿Cómo lo llevas?

 

¡A mi  me da vértigo pensarlo! Y eso que este 2015 me ha resultado complicado por todo el movimiento que he tenido de mis “placas tectónicas” emocionales, así que por una parte, deseo cerrar este ciclo.

 

Pero por otra parte ya han pasado 2 de los 3 meses de la reducción de jornada que me han concedido. En Enero se acabó lo bueno y sin embargo ¡me parece que fue ayer cuando empecé a trabajar menos horas! Entre tu y yo; no llevo nada bien esto de que se acabe tan pronto. Pero así son las cosas. Y aunque no me haga gracia, soy consciente de que he sido una privilegiada pudiendo disfrutar de estas semanas con más tiempo para mi misma, para mis amigos y mi familia. Finalmente, no me he centrado tanto en mi proyecto como en pasar tiempo conmigo y los míos. Soy de las que creo que las relaciones, a pesar de que existan buenos vínculos, si no se riegan un mínimo, acaban como las plantas cuando les falta agua: o muertas o mutadas en cactus llenos de espinas. Y la verdad es que yo he tenido muy “abandonadas” y faltas de “mimo” las mías. Empezando por la relación conmigo misma.

 

Ahora,  gracias a ese tiempo libre, estoy cerrando el 2016 “al alza”. Un final de año increíble, lleno de “regalos” en forma de momentos para la confortar el corazón cuando “vengan mal dadas”. Y las semanas que faltan también prometen. Me imagino que para ti, igual que para mí, esta es la época más movida del año a nivel social. ¡Todos parecemos volvernos locos y querer quedar antes de las Navidades y el fin de año!

 

Además, para mi, que me encanta el movimiento,  he tenido la suerte de no “parar” estos últimos fines de semana. En Noviembre me tocó de nuevo Barcelona,  para la última formación de este 2015 del increíble programa de coaching para conflictos y dinámicas de las relaciones EED.  Barcelona, tan estupenda como siempre. Y ahora que la voy conociendo un poquito, cada vez la disfruto más y le saco chispas a esas 24 horas que me cojo libres para disfrutar de la ciudad.

 

También me escapé a Alceda, en Cantabria. Al fantástico balneario del mismo nombre, para que mi madre tomase las aguas. Buena cocina y un entorno otoñal bellísimo enclavado en los valles pasiegos. El balneario es un edificio renovado pero con sabor antiguo, con una atención excelente y a muy buen precio por ser final de temporada. De los mejores que he visitado y eso que ya llevo unos cuantos.

 

Una experiencia totalmente recomendable, muy en el estilo de “La montaña mágica” de Tomas Mann.
Una experiencia totalmente recomendable, muy en el estilo de “La montaña mágica” de Tomas Mann.

 

Y la semana pasada,  Madrid…. ¡De nuevo! La siempre vibrante capital por la cual tengo locura, donde he pasado 4 días tranquilos y muy hermosos, también con mi madre que ya ha ganado en movilidad y pudo patear colgada de mi brazo Embajadores, Lavapiés, el Prado…y como no….¡el rastro y Primark! Je, je, je.

 

Así que aunque me quedo con pena, estas Navidades no bajaré a Sevilla a visitar a mi hermano.  No es que no me tiente, porque ya me imagino la sensación de conducir y conducir tirando millas por la espectacular geografía que tenemos en nuestro país, pero todo no se puede.

 

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En cualquier caso, lo importante de todo esto es que me siento ya recuperada al 98%.

 

Aunque todavía se cruza en mi mente algún fogonazo de esa tristeza que he estado arrastrando, fruto de no ver mis esfuerzos de estos últimos años recompensados a nivel profesional como a mi me hubiera gustado, cada vez son menos y no duran mucho. En general me encuentro llena de una profunda serenidad y una fortaleza llena de curiosidad. Definitivamente, parece que la tormenta que me acompañó esta primavera y este verano ha pasado. Y como dicen estas bellas palabras de Murakami: algo ha cambiado en mí esa tormenta.

 

la tormenta

 

Lo sentí mientras conducía por la autovía de Cantabria, ya de anochecida, mientras rebasaba la localidad de Laredo, disfrutando de las luces que delimitan su hermosa playa en forma de concha. Si tienes la suerte de conocerla, sabrás que es una autovía maravillosa, con unos sube-baja como de Dragon Khan, donde se abren como por ráfagas, increíbles imágenes de la costa cántabra. Un auténtico disfrute para los sentidos si te gusta conducir como a mí. Me acordé entonces de la última vez que pasé por allí, camino de Galicia durante mis vacaciones de Septiembre. De cómo paramos precisamente en Laredo a comer y mientras mi madre dormitaba al borde de la playa, yo lloraba silenciosa bajo el sol (ver más aquí).

 

Y lo he sentido de nuevo en Madrid. Mientras miraba caer la tarde sobre los tejados desde la octava planta del fantástico edificio de La Prensa en Gran Vía. O al pasear bajo el sol invernar por Embajadores o bajo las luces de Navidad por Recoletos. ¿Recordáis como lloraba este mes de Abril en la Plaza Mayor, saber muy bien por qué, delante de mi “relaxing cup”, presa de unos miedos que ni yo misma conocía? ( ver más aquí)

 

Pues ya no ha habido llantos, ni hay miedos, ni desgarro. De hecho, en periodos como este, ni puedo entender lo que es sentir miedo, tan lejos queda de mi corazón.

 

Si. Algo ha cambiado en mí esta tormenta emocional, pero no sé identificarlo, ponerle palabras.  Sólo siento como si me hubiese dejado vacía de expectativas y deseos. Huérfana de rumbo.

 

Una sensación extraña. Durante los 5 últimos años he tenido muy claro hacia dónde iba, adónde quería dirigirme. Y he desarrollado una frenética actividad tipo “rat race” para acercarme a ese ideal, a ese sueño. Y ahora, de pronto, es como si todo eso hubiera perdido importancia y formase parte de una vida pasada.

 

Estos días pasados en  Madrid,  he recordado vívidamente a la María que allí se forjó hace 5 años cuando arranqué con el coaching ( ver más aquí)  y resulta que he sentido que todo aquello ha quedado de golpe muy, muy lejos.

Deduzco que como mi contexto externo no ha cambiado, parecía que nada cambiaba.

Y de lo revolcada que he ido por la ola del día a día, no he tenido perspectiva para darme cuenta de hacia donde me ha llevado esa misma ola.  Ahora que he podido escupir el agua que he tragado y sacudirme un poco la arena, miro hacia atrás y siento que aunque muchas cosas sigan iguales, muchas otras son diferentes. Pensando en esa María de hace 5 años, reconozco en mi muchas de sus cualidades y características. Pero no puedo ya identificarme con aquella chica a la que veo ahora casi como una niña, llena de afanes y anhelos por afirmar su independencia y conquistar una autonomía y una confianza  personal de la que aún carecía.

 

Supongo que es esa parte de María, la que se ha llevado la tormenta.

 

5 años separan estas dos imagenes...¿ podeis reconocerme en una y en otra?
5 años separan estas dos imagenes…¿ podeis reconocerme en una y en otra?

 

Es como si me hubiera ocurrido igual que lo que expliqué aquí que les ocurría a los cangrejos con los cambios: de pronto, el caparazón anterior se queda pequeño y se rompe. Y un caparazón nuevo empieza a consolidarse a tu alrededor.

 

Quiero creer que estoy en ese proceso de tránsito, porque la verdad es que me siento un poco desnuda. Con la piel al aire. Tranquila, pero con un punto de desasosiego ante la incertidumbre de qué resultará de todo esto. Porque algo me dice que he atravesado un punto de inflexión, de no retorno.

 

Cierto. Me inquieta levemente el hecho de sentir que me he quedado de algún modo sin los viejos sueños, sin las viejas ilusiones. Y entiendo que de algún modo, se habían convertido en una identidad con la que era fácil y cómodo ir “vestido”. Se habían convertido en una “zona de confort”.  Y por eso mismo, no me permitían ya seguir evolucionando. Así que ahora toca el reto de crear nuevas ilusiones más conformes a quien soy después de esta travesía.

 

También me inquieta no tener confianza suficiente para aceptar lo que la vida me ponga delante y disfrutar hacia dónde me lleve. Porque una de las cosas que he aprendido en este viaje, es que ese “happismo” de creer que  podemos dirigir nuestra vida según nuestros deseos,  es un poco “infantil”.  Por supuesto que nosotros podemos marcar un rumbo y jugar lo mejor posible las cartas que nos han dado. Podemos, y debemos. Y cierto que la travesía será tanto más plena y rica cuanto más nos conozcamos. Pero no nos engañemos: al final, la que elige es ella: la propia vida.

 

Porque por encima de la independencia, está la interdependencia. Y la felicidad, por mucho que ahora venda el “sé feliz, es lo único que importa”,  no puede ser un valor superior a otros, como por ejemplo, la congruencia o el amor.

 

Y según lo redacto, comprendo que esas lecciones son parte de lo que necesitaba aprender para una nueva etapa. Eran parte del aprendizaje  necesario para continuar evolucionando, si no quiero quedarme al margen de mi misma, como tan bellamente expresa Pessoa.

 

la travesia pessoa

 

 

Tan claro como que intuyo que el siguiente paso va a ser aprender a fascinarme y maravillarme con la circunstancia de que en esa incertidumbre está el prodigio de la vida.

 

No, no ha sido un año fácil. Nos guste o no, crecer duele. Crecer produce incomodidad, supone exponerse, arriesgar, salir de la zona de confort. Crecer supone auto-cuestionarse continuamente: atravesar una y otra vez tormentas.

 

Y una vez se sale de ellas, queda el esfuerzo de reubicarse, como me está tocando en estas semanas. Toca preguntarse ¿cuales son ahora mis expectativas, mis sueños? ¿Qué es importante para mí ahora? ¿En qué medida ha evolucionado mi concepto del éxito? ¿Estaré preparada para lo que la vida me está pidiendo si la miro desde mis valores?

 

Ya ves. Esto es lo que me ha quedado tras la tormenta: muchas preguntas, que me va a tocar responderme a lo largo de este próximo año. Y la sensación de que todo es igual, pero diferente.

 

Y tú: ¿cómo lo ves?

¿Te ha ocurrido a ti alguna vez algo parecido?

Estaré encantada si lo compartes en los comentarios.

 

Que tengas un gran día.

 

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Los guiños de la vida: en el camino del coraje.

Atrévete. Arriesga. Vive.
Atrévete. Arriesga. Vive.

 

Van pasando las semanas y casi sin darnos cuenta, ya estamos a mediados de Noviembre. En la montaña apenas queda follaje en los árboles. Lo ví el domingo pasado, mientras conducía bajo el sol de otoño por la bellísima autovía que une Gipuzkoa con Navarra a través de la espectacular sierra de Aralar. La verdad es que el otoño siempre pasa para mí como un suspiro. Parece que después del verano, un pequeño salto y plas!!! Ya estamos en Navidades. Sobre todo ahora, que cada vez arrancan antes con la decoración navideña, en una invitación al consumismo cada vez más descarada.

 

Quizás por eso, mientras conducía mirando las montañas recortarse contra el cielo azul, me dio por pensar que deseo que se acabe este año. Algo que pocas veces me ocurre. Pero lo cierto es que este 2015 está resultando un año complicado y agridulce para mi.  Casi más agrio que dulce diría yo. Aunque tampoco puedo afirmarlo, porque ha habido muchas cosas positivas.  Es solo una sensación.

 

¿La razón? Bueno. Está claro que una parte de mi se siente dominada por la desilusión de no ver recompensados suficientemente los esfuerzos de estos últimos años. No puedo engañarme. Este cansancio que arrastro, esta falta de energía de los últimos meses, está directamente ligada con la sensación de tristeza que me causa ver como muchas puertas que yo quisiera abiertas, están cerradas. Y algunas, irremisiblemente. A pesar de todas las horas invertidas. De toda la lucha. De todos los esfuerzos.

 

Definitivamente, 2015 no ha sido un año de cosecha, como yo esperaba. De ahí lo del sabor agrio.

 

Sin embargo, hay otro lado. Un lado mucho más amable, pero que todavía no soy capaz de saborear en toda su dulzura. Un lado que me lleva a asombrarme con todo lo que he sido capaz de llevar a cabo, no sólo en 2015, sino en todos estos últimos años.  Que me habla de los “triunfos a medias”, que no fueron grandes triunfos porque no acompañó el resultado. Pero fue increíble el espíritu que movió y alimento las acciones. Que me habla de cuanto me he atrevido. De cuanto he apostado por lo que yo creo. De cuanto he arriesgado. Y ese lado, me susurra que soy grande, y me recuerda la importancia de VIVIR LA VIDA CON CORAJE.

 

Son como esos dos lobos que pelean dentro de mí. Los lobos de los que habla esa conocida leyenda india.

los dos lobos

 

Y como quiera que a veces, nosotros mismos estamos tan exhaustos que no tenemos capacidad de alimentar al lobo adecuado, va la vida y me lanza un guiño. Un guiño, como son los guiños: rápido, cómplice y motivador. Y este guiño, no es ni más, ni menos, que recibir la noticia del regreso a Donosti hasta Navidades, de una de las amigas que hice el verano pasado: Lucy. Y que junto con Anastasia y Nina, tuvieron una enorme influencia en mí en el 2014. Porque hablar de cualquiera de ellas, es hablar precisamente de eso: de coraje. De apuesta. De riesgo. Y de aventura.

 

La palabra coraje es muy hermosa. En su origen, viene de “cor”, que significa corazón. Así que vivir con coraje, además de valentía, viene a significar algo así como “vivir con corazón”. O lo que es lo mismo: vivir siguiendo el camino del corazón.

 

Y eso es lo que experimenté con estas compañeras de trabajo el año pasado. A sus 24 años, las 3 habían sido capaces de dejar sus países y una vida cómoda para emprender en camino del corazón. Sin pensarlo dos veces, abandonaron la orilla de la seguridad a pesar de estar perfectamente, porque les faltaba una cosa: la aventura, lo desconocido. Las 3, igual que me ocurre a mi, poseen el afán por continuar explorando y desarrollándose lejos del camino trillado.

 

Cada una en su estilo, cada una con su forma de mirar la vida. Pero todas compartimos la rebeldía de no conformarnos con la persecución de unos clichés de felicidad que para nosotras no eran suficientes. Y por eso, a pesar de la diferencia de edad y de culturas (Lucy es inglesa, mientras que Nina y Anastasia son rusas) pudimos encontrarnos en un denominador común de vitalidad y pasión por la vida, reconociéndonos como iguales. Y nos hacíamos de espejo de forma que con cada  destello, agrandábamos un poco más nuestra propia imagen.

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Las 4 tenemos claro que el camino del corazón, es el camino del coraje. De la valentía. El camino de atreverse con la inseguridad. De adentrarse en lo desconocido. Y no hay otra forma posible de vivir para nosotras,que desde la valentía.

 

Sólo que el camino del coraje no es fácil.  Implica vivir en la incertidumbre de los resultados. Los resultados pueden llegar o no. Debes buscarlos, pero sin aferrarte a ellos. Porque lo principal es arriesgar y avanzar luchando por aquello en lo que crees.  Así es como vas descubriendo que el principal logro es la persona en la que te vas convirtiendo al afrontar cada reto. No el resultado. Cuando buscas desesperadamente el resultado, te conviertes en un cazador de seguridad. Y entonces te olvidas de lo esencial, que es la aventura. Ahí te domina la ansiedad y de nuevo estás preso de tus miedos.

 

El camino del coraje te hace valiente porque te niegas a detenerte a causa de tus miedos.  Te hace superarte con cada nueva aventura. Y vas ganando confianza en tus recursos, a base de adentrarte por caminos inexplorados. Antes de saber lo que vas a encontrar o si serás capaz de afrontarlo.  Es un camino donde puedes sentirte VIVO. Y donde a cada paso, te vuelves más humano porque vas conociendo mejor tu propia grandeza y tu propia debilidad.

 

Great people do things

 

Aunque después de aquel verano de 2014 cada una de ellas salió en una dirección, este otoño he recuperado a Anastasia, con la que estoy pudiendo dar largos paseos por el monte que me renuevan y me reconectan conmigo misma. Y ahora, con el regreso de Lucy por unas semanas hasta las Navidades, entiendo como la vida me dice que todo está en orden. Me recuerda que este es el camino correcto. Que no puede haber otro, independientemente de cual sea el resultado. Vuelvo a recuperar esa sabiduría, que casi había olvidado en este año de locos que he tenido. Y sé que tengo por delante unas semanas estupendas en su compañía, recordándome quien soy y el valor de lo que llevo a cabo cada día.  Justo lo que necesitaba para terminar de recuperarme y entrar en plena forma al 2016.

Este guiño, me tranquiliza (con la dulzura que necesito en este punto de mi vida) respecto a esas puertas cerradas: debían sin duda cerrarse para poder avanzar. Y las puertas que no deben cerrarse…simplemente vuelven a abrirse.

Este guiño me habla de que no me preocupe por los resultados. Me anima a seguir caminando con confianza, curiosidad y alegría, disfrutando de la persona que soy y lo que puedo aportar desde ahí a los demás.  Los resultados…¿quién sabe si no llegarán otros incluso más hermosos y que yo no soy capaz siquiera de imaginar?

 

Al fin y al cabo, sé bien que el viaje no es el fin, como reza el hermoso poema de Kavafis . El viaje es el propio camino. Y hace ya mucho que yo he elegido vivir siguiendo el camino del coraje. ¿ Cómo podría dejarlo ahora? Sería como renunciar a mi, a mi persona. A mi vida.

 

¿Lo que me llevo de esta “coincidencia”? Entender que todos necesitamos a veces de estos guiños de la vida, que nos vuelven a recordar el para qué y el cómo en los momentos bajos. Y que nos hacen valorar y celebrar quienes estamos siendo y cómo hemos elegido vivir.

 

 

Y tu: ¿sigues el camino del corazón?

 ¿ qué guiño necesitarías que te hiciera la vida en este momento?

¡Hola! Soy María Díez Coach y con mi blog ofrezco un espacio de encuentro vital, reflexión y aprendizaje para personas comprometidas con su superación personal, familiar y laboral.

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Lo que la vida nos quita. Lo que la vida nos da.

 

Hablábamos en primavera de como a veces la vida nos besa en la boca. Pero lo cierto es que en otras,  nos golpea con todas sus fuerzas en el estómago. La muerte de mi hermano fue para mi una de esos golpetazos.

 

Sin embargo, ese acontecimiento, fue la mayor lección de vida que he recibido hasta hoy. Provocó un antes y un después en mi forma de ser y en la forma de estar en la vida.  Y curiosamente, al echar la vista atrás, hoy entiendo que  tanto como la vida me quitó, me lo trajo a continuación de vuelta. Por eso, hoy quiero escribir, como homenaje a mi hermano en su aniversario, sobre lo que la vida nos quita y lo que la vida nos da.

 

 

Mi hermano Guillermo y nuestro pastor vasco, Bumbum. Eran los felices 80, cuando el ligaba a tope por parecerse al Puma y vivía más y már rápido que ninguno de nosotros.
Mi hermano Guillermo y nuestro pastor vasco, Bumbum.
Eran los felices 80, cuando el ligaba a tope ( recordaba al cantante el Puma) y vivía más y már rápido que ninguno de nosotros.

 

Hoy se cumplen 6 años desde el fallecimiento de mi hermano Guillermo.

 

Tenía 44 años cuando murió. No llegó a cumplir mi edad.

 

Antes, en los tiempos afortunados (y que yo no entendía que eran afortunados) tenía 3 hermanos más mayores. Guillermo era el hermano anterior a mí y, como descubriría años más tarde,  fue el que más sufrió con el divorcio de mis padres y la atomización de la familia que se produjo a raíz de aquel hecho. Cada hermano en una punta del país y cargando con el peso de su propia historia, en vez de sustentarnos sobre el pilar de una historia común.

 

Aunque ya os dije en una ocasión que no guardo demasiados recuerdos de mi infancia, sí que guardo algunos de mi hermano y yo. Recuerdo como en verano buscábamos por la playa los cascos vacíos de las botellas de Coca Cola para canjearlos por  unos duros con los que luego nos comprábamos chucherías. En esas ocasiones  celebrábamos por la noche un ritual secreto que llamábamos “bola de chicle”. Consistía este acontecimiento en colgar de la litera de arriba una de las colchas a modo de telón y meternos en la litera de abajo con una linterna cuya luz quedaba disimulada por la colcha, a comer nuestras chuches. El mayor peligro era que nuestro padre o nuestra madre tuvieran la mala idea de abrir la puerta y ser descubiertos comiendo golosinas con los dientes recién lavados.  En esas ocasiones,  la “bola de chicle”  terminaba con ambos sacados a “la escalera” por turnos, en pijama.  Primero iba yo y sólo me dejaban unos minutos, aunque me parecieran eternos. Y después le tocaba a  mi hermano que por ser más mayor, era considerado el inductor y le dejaban más tiempo.

 

Allí nos quedábamos, quietos, con un poco de frío y muy humillados, rezando porque cada vez que el ascensor se movía, no parase en nuestro piso y algún vecino nos viera  vestidos de aquella guisa, junto a la puerta de casa.  De todos modos, a pesar de la vergüenza que sentíamos,  el castigo no tenía el poder de hacernos desistir en nuestras trapacerías.

 

También recuerdo los largos y cálidos días de Agosto, en León, pescando en el río y cazando ranas a millares. Las llevábamos a montones al piso de mi tía abuela, cuya vida apacible se veía profundamente trastocada por aquella invasión de batracios que se escapaban del balde donde los manteníamos presos (a pesar de la tapadera que los cubría) y aparecían después consumidas por cualquier rincón de la casa, victimas de una pavorosa muerte por desecación.

 

En los tiempos afortunados, cuando tenía 3 hermanos más mayores.
En los tiempos afortunados, cuando tenía 3 hermanos más mayores.

Con su adolescencia se convirtió en lo que se llamaba “un bala perdida”. Mi madre aún murmura de vez en cuando que nunca “contó con él”. Vivió en vilo durante años,  pensando que tendría algún accidente de tráfico o le ocurriría alguna desgracia ya que su vida era intensamente alocada. Lo cierto es que los tuvo. Años más tarde, mi hermano confesó que al regresar en el Dos Caballos en que se escapaba la cuadrilla a San Fermines a correr el encierro después de toda la noche sin dormir y regresar luego a toda velocidad a Donosti a verse corriendo en la tele,  volcaron en dos ocasiones. Pero todos resultaron con heridas leves.

 

Mi hermano, como el mismo decía, vivió “más y más rápido que el resto de los hermanos juntos”. Sociable hasta la médula, generoso, intenso, vital, desmedido, glotón, de temperamento explosivo,  divertidísimo  y fantasioso, pasó de una carrera a otra, sin querer estudiar ninguna para gran disgusto de mi madre. Y después de trabajar varios años de camarero, se marchó a Salou a buscar fortuna en los hoteles. Como tenía buena educación y mucho carisma, encontró un trabajo de maître con el que hizo algunos ahorrillos a base de vivir una vida super austera.  Y de ahí pasó a montar un negocio de reciclaje en Castellón con una inversión mínima.  A pesar de que resultó un éxito y fue nombrado empresario novel del año, tuvo que dejarlo por el estrés. Eso sí, tras vivir mil aventuras a cada cual más increíble, que me contaba cuando vino a acompañarme al hospital la tarde antes de mi operación allá por 2003. Ambos teníamos desarrollado un fuerte mecanismo de defensa ante el miedo a base de un humor absurdo, solo comprensible por nosotros. Recuerdo que las enfermeras le pidieron en varias ocasiones  que abandonase la habitación, porque nos reíamos tanto que alterábamos el silencio necesario del hospital. Y después de la operación, cuando me desperté con unas arcadas a lo niña del exorcista por la anestesia, continuamos igual: temían que las grapas que me pusieron para coserme a lo Frankenstein se me soltasen, a pesar de mis esfuerzos por no reírme entre arcada y arcada. Pero con mi hermano, era imposible no reírse o no pelearse según el momento. Y con su poder de seducción conquistaba a todas las enfermeras logrando que no le echasen de la habitación.

 

Creo aquel entonces estaba casado con una chica de Madrid de la que se separó al cabo de dos años .  La madre de ella era una terapeuta reconocida y un día, para asombro de todos, mi hermano, siguiendo lo que el llamó “una vocación tardía”,  se metió a estudiar para terapeuta.  Fue ahí donde descubrí cuanto había sufrido con el divorcio de nuestros padres. Decía que era terapeuta, primero para “tratarse él y ponerse en orden él mismo”. Con 41 años, terminó sus estudios con excelentes calificaciones y arrancó con una consulta que despegaba con éxito cuando el cáncer llamó a su puerta un 14 de Febrero.

 

El resto resulta hasta difícil de resumir. A pesar de lo agresivo de su cáncer, resistió casi dos años porque tenía una naturaleza fuerte y vital, de gladiador. De esa época, recuerdo los viajes a Madrid los fines de semana a acompañarle en la clínica Anderson y vuelta en el autobús nocturno a Donosti el domingo noche, para entrar a trabajar casi en directo el lunes. Recuerdo como cuando ya desahuciado y muy débil,  pero intentado aún plantar batalla en Pamplona,  le llevaban en silla de ruedas y yo bromeaba con él, diciéndole con voz a lo Forrest Gump: “No tiene usted muy buen aspecto  Teniente Dan”.

 

Tuve la suerte de ser de las personas que más tiempo pasó acompañándole, porque no me asustaba de estar con alguien que era “el novio de la muerte” como solíamos bromear para desdramatizar. Podía estar en paz junto a él, animándole o peleándome con él,  sin intentar negar lo que ocurría,  ni echarme a llorar en su presencia o cambiar mi conducta.

 

Al final, todo fue muy rápido y el desenlace resultó “inesperado”; una infección pulmonar repentina agravó su estado sin darle tiempo a regresar a Pamplona a ingresar. Consciente de que era el fin y aun con sus capacidades muy mermadas por la medicación, pidió que no le sedaran hasta  no despedirse de mi, que viajé toda la noche en autobús a Alicante, con una entereza de la que no me sabía capaz. Cuando llegué había perdido el habla, pero me conoció con los ojos. Después de que le sedaran pude tumbarme junto a él. Le abracé y entablé con él la última conversación. Le expliqué hacia dónde se dirigía (tal y como yo lo imaginaba) y como yo estaba allí para acompañarle una parte del trayecto. No sé de donde salieron mis palabras después de aquella noche insomne de espanto. De dónde saqué aquella alegre serenidad.  Pero le hablé y le hablé durante largo rato. De como por una temporada  nos íbamos a tener que separar. De cómo no tocaba ya atracarnos a comer en los restaurantes chinos, no más pelarnos por tonterías, no más marcharnos de travesía juntos con Julio Villar, siendo los más gordos de la excursión y cargando en nuestras mochilas con barras de turrón de chocolate,  que a las dos horas de caminata, no eran sino una masa  reblandecida. Así, entre mis lágrimas, risas, recuerdos y expectativas de reencuentros en un más allá,  caí dormida a su lado y nos despedimos.

 

Se marcho la noche entre el 3 y el 4 de Noviembre en Alcoy, Alicante, donde residía entonces. Ni siquiera pude quedarme a su funeral, porque mi madre, sola en San Sebastián, estaba destrozada de dolor y necesitaba mi presencia. Consciente de que a él no le hubiera gustado un velatorio triste, todavía pude bromear como lo habría hecho con él presente mientras recibíamos a sus conocidos. Dejé encargada la música para la ceremonia, unas palabras para el cura y regresé a Donosti mirando la luna llena desde el autobús, entendiendo que la vida acababa de meterme un buen puñetazo, pero sin querer pensar todavía en mi dolor. Pasaron aún algunas semanas antes de que estuviera preparada para internarme en el proceso de duelo.

 

Eso es lo que la vida nos quita.

 

 

Ni siquiera recuerdo cuando nos tomaron esa foto en la que estamos hechos unos críos y para variar, con algún bicho entre las manos ya que adoptábamos continuamente perros, gatos y cualquier animal en mal estado o abandonado.
Ni siquiera recuerdo cuando nos tomaron esa foto en la que estamos hechos unos críos y para variar, con algún bicho entre las manos ya que adoptábamos continuamente perros, gatos y cualquier animal en mal estado o abandonado.

Lo que la vida nos da.

Giuseppe Verdi perdió en dos años a sus dos hijos y su mujer. Imaginaos lo que es eso. De entre su desgarro y la consiguiente depresión surgiría “casualmente” Nabucco, que le lanzaría a la fama como compositor. Ya sabéis…el “Viva Verdi”.

 

Victor Frankl perdió a toda su familia en los campos de concentración. De ese horror emergería su teoría de la logoterapia y su maravilloso libro “El hombre en busca de sentido”. Una corriente con la que tanto mi hermano como yo, nos sentíamos identificados.

 

Obviamente, yo no puedo compararme con ninguno de ellos. Pero sé que he vivido, como ellos,  el abismo. Y he vivido como ellos y como tantas personas que han perdido a un ser querido o han sufrido una tragedia, la rabia, la incredulidad, el llanto y el desgarro. He vivido la tristeza infinita que parece que nunca va a desasirse de tus entrañas y vuelve y repunta una y otra vez hasta que se te secan las lágrimas.

 

Y como ellos, he encontrado que cuando todo parece perdido, hay un brote de  luz que no se sabe cómo, despunta en esa oscuridad. Para Verdi fue volver a componer en medio de su noche oscura. Para Frankl entender el sentido profundo que mueve a los hombres en la vida en el campo de concentración. Lo que sea. Puede ser bajo la forma del consuelo de una espiritualidad que uno no sabía ni que tenía. O a través de la fuerza interior que uno encuentra en si mismo para se capaz de sujetar, además del propio, el dolor de otras personas que le rodean, como fue mi caso con mi madre,  que perdió más que un hermano: perdió un hijo.

 

El caso es que esa luz aparece y la vida vuelve a abrirse camino con una nueva dimensión y un nuevo entendimiento para nosotros. Para mí, fue precisamente durante esa inhibición de la persona que provocan los duelos, en el silencio del enclaustramiento que me acompañó durante largos meses de invierno, cuando empecé a ordenar en mi interior las grandes cuestiones de la vida. Cuando empecé a buscar respuestas a esas grandes preguntas como ¿Qué vida quiero vivir? ¿Para qué estoy aquí? o ¿Qué me gustaría dejar detrás de mi?

 

Además, días antes de morirse, en una de nuestras últimas conversaciones, mi hermano, sabiendo de mi insatisfacción con mi situación laboral, me pidió que le prometiera que buscaría un trabajo vocacional, enfocado a ayudar a las personas. El quería que me hiciera terapeuta, como él. Según el creía, tengo el don de acompañar a las personas  a encontrarse a sí mismas. Sin juzgarlas ni enjuiciarlas, aceptándolas plenamente.

 

Aunque yo no quería ser terapeuta, acepté la promesa de buscar otro trabajo más acorde a mi potencial y que me resultará vocacional y motivador. Que me enamorara.

 

Y ahí, aun con la lágrimas húmedas y a trompicones, empezó sin yo saberlo,  una nueva página de mi vida. Esas Navidades una compañera de trabajo nos invitó a cenar a su casa. Allí conocí a un amigo suyo que se hizo mi amigo. Y meses más tarde resultó que tenía un conocido cuya pareja acababa de fallecer. Este amigo pensó que su conocido y yo podíamos encajar bien como amigos ya que veníamos de circunstancias vitales parecidas.

 

Bendito error de cálculo. En Junio, ese “conocido del amigo” era mi pareja y al preguntarle si conocía algún coach que me pudiera ayudar con el cambio profesional que necesitaba, me puso en contacto con el coaching.  El resto, podéis leerlo aquí.

 

En apenas 10 meses, viví la profunda desolación que acompaña a la muerte de un hermano. Pero también conocí el consuelo una espiritualidad que ni  sabía que habitaba en mí. Y descubrí la belleza que surge del diálogo interno cuando nos replegamos en nosotros mismos buscando respuestas. Encontré la alegría del amor de una pareja y el regalo de una profesión vocacional que extrae sin esfuerzo nuestro pleno potencial. Transité por las etapas más dolorosas y más felices de la vida,  que me transformaron profundamente convirtiéndome en quien soy hoy. ¡Quién me lo hubiera dicho!

 

Por eso, 6 años más tarde,  reflexiono sobre lo que la vida nos quita y lo que la vida nos da.

 

En mi caso, se llevó mi hermano y me dio cuanto os he descrito más arriba. También se llevó mi breve amor de pareja, pero me ha regresado otro amor: el amor hacia mi misma y un amor más inconcreto, pero igualmente maravilloso: el amor por la vida y el amor fraternal por la condición humana.

 

Por eso y aunque nada pueda reemplazar la ausencia de Guillermo, siento que tanto como me quitó la vida, me lo trajo luego de vuelta.  Y sé que para muchas otras personas, ha sido igual. Te lo digo, para que si en alguna ocasión te ocurre algo parecido, recuerdes esto y te abras a la esperanza.

 

Como cierre, os diré que puedo sino sentirme infinitamente agradecida a mi hermano, porque de algún modo, el pagó con su muerte el precio de toda esta consciencia y esta plenitud que he conocido después. Un coste muy alto, para esta lección de vida, para la que me cuesta encontrar las palabras que expresen mi gratitud.

 

Gracias, Guillermo.

 

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Cosas que el dinero no puede comprar

cosas que dan valor

 

Buenos días.

 

Hoy deseo hablaros sobre aquellas cosas que componen el delicado encaje de la vida. Tan frágil y delicado, que a veces nos pasa desapercibido. Pero que cuando se desgarra en algún punto, nos causa una tremenda conmoción. Porque hay cosas sin las que no sabríamos, ni podríamos vivir.

 

9:00 am de un día laborable. Salgo en dirección a la biblioteca a trabajar. Pero al cruzar la calle  y ver al fondo el sol iluminando el cristo que corona el monte Urgull, cambio de idea y me encamino hacia la bahía.

 

Aunque me costó tomar la decisión, me recuerdo que  he reducido mi jornada laboral con el fin de tener más tiempo para mi misma durante una temporada. Necesitaba vivir más tranquila, sin la sensación de pasarme el día corriendo de una actividad a otra hasta caer exhausta en la cama por las noches, como he pasado los últimos 5 años. Y sobre todo, coherente con lo sentido y vivido  el último verano, donde mi vida ha pasado delante de mis ojos como lo haría un tren de alta velocidad, en el que yo no iba a bordo.  Así que ahora me he dado permiso total para  disfrutar más de mi día a día. Y tener más tiempo para mi y los que quiero.

 

Al poco camino por el puerto donostiarra.

 

Si ya vivir en una ciudad como San Sebastián es de por si, un regalo, en un día de viento sur como este, se convierte en un privilegio. Apenas hay gente por el malecón y el agua que choca contra los diques, junto con los chillidos de las gaviotas y las campanadas del convento de clausura de Santa Teresa, en la cercana Parte Vieja, componen una peculiar sinfonía.

 

Paloma en puerto

 

Como me ocurre en ocasiones, tengo uno de esos momentos  “Aha”  , que diría Oprah. Caigo en la cuenta del lujo que supone para mi estar ahí: a las 9:30 de un día laborable. Cuando lo normal sería que apenas hubiera visto la luz del día. Sin mi decisión de trabajar menos horas, habría caminado, mientras el día va despuntando, rumbo a la oficina para enclaustrarme según el día ha levantado.  Y  llevaría allí metida ya una hora con luz artificial. Esos han sido mis últimos 15 años. Salvo por este verano, cuando decidí empezar a salir a correr amaneceres para disfrutar un poco del día,  hasta que una contractura acabó con mis carreras matinales.

 

15 años. Multiplicado por 11 meses (quitando el mes de vacaciones) con 22 días laborables cada uno, hacen 3630 días de recorrer el mismo camino. De no recorrer otro. O al menos, de no ir a otro sitio.Se me hace un nudo en la garganta. 3 630 días de luz artificial. De no ver ni si llueve o hace sol fuera. Y sobre todo, de no disfrutar de un momento como este,  sin ninguna obligación. Sin ningún lugar al que tener forzosamente que dirigirse. Sin nada más por delante en las próximas horas, que no sea lo que en ese momento deseo. Como si decido no aparecer en la biblioteca por la mañana. Ufff.

 

Y antes de esos 15 años, hubo otros lugares. Otras rutinas. Me siento abrumada de darme cuenta de cómo se nos pasa la vida y en ese instante, entiendo que pocas veces he disfrutado de una sensación tan intensa de libertad como en esta mañana.

 

Decido prolongar un poco más mi paseo. En mi camino encuentro una cafetería que han renovado hace ya más de 6 meses y yo no conocía, donde me siento a desayunar tranquila. Hoy la biblioteca puede esperar.

 

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Mientras desayuno, me felicito una vez más por la decisión de haber reducido la jornada a pesar de la importante merma de ingresos que me va a suponer en los 3 meses que me han concedido de reducción. A cada día que pasa, a cada momento que paso conmigo misma, sin prisas, sintiéndome un poco más dueña de mi tiempo, me recupero del agotamiento que me ha provocado este “verano horribilis”.  Poco queda de aquel agostamiento. De aquella tristeza intermitente que me invadió.

 

Y por eso, sentada en la cafetería, desayunando sin prisas, me viene a la mente aquel slogan “hay cosas que el dinero no puede comprar”.

 

Así que hoy sólo quiero hablaros precisamente, de eso: de las cosas que el dinero no puede comprar y por las que debemos sentirnos infinitamente agradecidos. Como haber dado ese paseo bajo el sol dorado del otoño. Como desayunar sin prisas en un lugar bonito. Como ser más dueña de mi tiempo por unos meses. Y tantas y tantas cosas que hacen de mi vida, una vida afortunada y absolutamente privilegiada. Aunque a veces se me olvide, o con las prisas, no me de tiempo a aprehenderlo e interiorizarlo.

 

Y eso que me considero una persona agradecida con el día a día y con capacidad de disfrutarlo. Sin embargo, qué pocas veces nos detenemos a saborear nuestra vida y pensar en esas pequeñas cosas grandes, que hacen nuestra vida maravillosa. 

 

Por eso, hoy quiero animaros a hacer una lista, con todas esas cosas que no se compran con dinero. Y os animo a que la colguéis en un lugar visible, para leerla en los días de bajón.  Porque está en la condición humana, que a pesar de ser las cosas que más valoramos, sean aquellas a las que menos atención prestemos.  

 

Yo os dejo una parte de mi lista. Seguro que con algunas variantes, muchos os reconoceréis en ellas:

 

–          dar un beso a mi madre al salir de casa por la mañana. De esos que das como si pudiera ser el último. De esos que te curan todos los males.

–          Caminar. Caminar sobre mis piernas. Aunque sea al trabajo.

–          Tomar mi tiempo en el camino hacia el trabajo para extasiarme con cuanto me rodea cada mañana: cielo, río,  árboles que cambian de color…

–           sentir que cuento con el cariño de mis amigos.

–          saber que mis sobrinos, mi familia en general y aquellos que aprecio,  gozan de salud y una situación económica que les permite vivir con comodidad y desarrollarse como personas.

–          Acariciar y querer a un perro o un gato ( o cualquier otro tipo de animal que se deje acariciar y querer)

–          Abrazar fuerte a alguien que quiero.  Sujetar su mano. Mirarle a los ojos.

–          Sentir la lluvia o el sol en mi cara Ver amanecer o ponerse el sol en el mar.

–          Escuchar el sonido del viento o el mar. Escuchar música.

–          Bañarme en el mar o caminar por los montes. Pisar la nieve, la arena o la hierba.

–          Reírme de mi misma. Reírme con otras personas. No de otras personas.

–          Una buena conversación.

–          Sonreír.

–          Recibir sonrisas.

–          Mirarme al espejo y ver en él una mujer que amo: increíble,  única y maravillosa. Con sus luces y sus sombras.

 

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Y tú: ¿sabes cuales son para ti? ¿Te atreverías a hacer tu lista?

Te espero en los comentarios.

Que tengas un gran día.

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