Aprendiendo del año que acaba

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¡Buenos días! ¿ Cómo estáis? Estamos ya en el día 364 del 2015…. ¡es cuestión de horas que se acabe el año!   365 días. 8.760 horas que vamos a dejar definitivamente atrás.

 

Seguro que a vosotros, igual que a mi, os han dado para muchas vivencias y muchas experiencias. Y para muchas emociones, muchos encuentros, desencuentros y momentos que sin duda nos han marcado. Aunque en los aspectos profundos permanezcamos inmutables, seguro que en algún aspecto de nuestra personalidad se ha producido un cambio, una evolución. No somos exactamente iguales a quienes éramos al arrancar este año. ¡Y menos mal! Porque una persona anclada en su vida y su forma de ser, que no se cuestiona, ni explora, ni experimenta, ni aprende y no se transforma ni evoluciona, que siempre está igual, con las mismas cosas que contar, me aburre hasta el infinito y más allá.

 

¿Mejores o peores? Depende. En función de lo que cada uno hayamos elegido  en nuestro día a día, este año vivido nos habrá llevado en una u otra dirección. Esa es la magia: nada está determinado por adelantado y siempre podemos elegir la respuesta ante lo que nos ocurre: podemos optar por actitudes que nos hagan crecer y brillar un poco más o por actitudes que nos lleven a sufrir (y generar así más sufrimiento),  encogernos y brillar un poco menos. Nosotros elegimos.

 

Por eso y antes de que arranques con tus deseos y propósitos para el 2016,  hoy quiero invitarte antes a hacer un balance de 2015. Sé que puede parecer aburrido porque lo que nos encanta es emborronar hojas con planes de futuro, buenos propósitos y objetivos. Nos gusta muy poco volver la vista al pasado. Sentimos que el futuro está lleno de magia, de posibilidades esperando materializarse…y soñamos que el 2016 nos traerá nuestros sueños un poco igual que soñamos que nos tocará la lotería…por azar, por fatum o simplemente,  porque toca.

 

Olvídalo. Las vida no funciona así, salvo en muy raras ocasiones.

 

Lo cierto es que resulta imposible construir nada nuevo si no extraemos antes el aprendizaje de lo vivido.  Si no extraemos las claves de esas experiencias y las transformamos mediante reflexión, en sabiduría. Es necesario apartarse por un momento de la vorágine, coger perspectiva y reflexionar sobre lo visto y lo vivido para aplicarlo a nuestras vidas si queremos evolucionar y tener opciones de actuar de forma diferente y obtener resultados diferentes en nuestras vidas, nuestros trabajos, nuestras relaciones…Algo que cada vez parece más en desuso ya que vivimos en una sociedad que nos lleva a estar continuamente proyectados en el futuro, pero sin darnos tiempo a reflexionar para extraer ese valiosísimo aprendizaje. Esa preciada sabiduría. Y así nos va como nos va muchas veces, que andamos como pollos sin cabeza o vacas sin cencerro.

 

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Por eso, antes de que llenes tu libreta de propósitos y objetivos para el año que empieza, te invito a coger papel y boli y hacerte algunas preguntas:

1-      De lo que te propusiste para 2015: ¿Qué has conseguido? ¿Qué ha hecho posible que lo consiguieras? ¿Qué falló si no lo conseguiste? Aunque no hayas conseguido el 100%, apunta aunque sea el 5% de lo que SI conseguiste.

2-      Dentro de lo que sientes que NO conseguiste ¿hay aspectos “intangibles” como  por ejemplo objetivos que no estaban definidos como objetivos (ver más aquí)  que pueden considerarse valiosos?

3-       ¿Ha habido acontecimientos significativos con los que no contabas, que de alguna manera cambiaron tu forma de percibir la realidad o estar en ella?

4-      Y ahora, un par de listas muy sencillas: ¿qué ha funcionado para ti en 2015? y ¿qué no ha funcionado?

 

Si no tienes costumbre de este tipo de ejercicios, te aconsejo que lo vayas marcando mes a mes, como hacen el los telediarios. Retroceder hasta Enero de este año puede ser todo un reto, pero es un buen ejercicio, ya que ayuda a despedirnos y cerrar ciclos. Y nos hace ser más conscientes de cómo pasa la vida y el lugar que ocupamos en ella.

 

También puedes hacerlo en función de las diferentes áreas de tu vida: familiar, profesional, personal.

 

De ahí, podrás extraer lo que sí quieres/ no quieres para 2016 y utilizarlo como una guía de propósitos vitales que orienten tus acciones y te sirvan de norte a la hora de ir a por tus objetivos. 

 

No tengas miedo a mirar hacia atrás por un momento. Aunque te parezca que pasan los años y pocas cosas cambian, recuerda que siempre tienes opción para decidir un nuevo inicio. Siempre puedes tomar AHORA la decisión de hacer realidad un nuevo futuro o algún sueño. Y siempre puedes elegir cambiar por dentro, que al final, es la única forma sostenible para poder cambiar por fuera.

 

El futuro es genial, siempre prometedor. Pero sin un mínimo ejercicio de reflexión y compromiso  por tu parte, es probable que acabes volviendo a los “viejos patrones” y los “hábitos cómodos” que has adquirido y con los que sueles moverte.

 

En unos días, el año próximo, tocará pensar en cómo trazar un plan, en cómo convertir en objetivos esas cosas que quieres cambiar. Pero ahora, toca primero entender qué ha fallado y saber qué debes celebrar.

 

Recuerda: DENTRO DE TI, ESTÁN TODAS LAS POSIBILIDADES.

 

Que tengas un gran día y acabes estupendamente el 2015.

 

¡Hola! Soy María Díez Coach y con mi blog ofrezco un espacio de encuentro vital, reflexión y aprendizaje para personas comprometidas con su superación personal, familiar y laboral.

En él encontraras herramientas de inteligencia emocional para superar los obstáculos cotidianos y construirte una vida llena de fuerza, confianza y pasión. Una vida  a tu medida, que sientas que merece la pena vivir.

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Igual pero diferente; tras la tormenta.

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Buenas.  ¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras?

 

Nos acercamos ya al meridiano de otra semana que vuela y cuesta creer que ¡ya sólo faltan 16 días para que se acabe el año! ¿Cómo lo llevas?

 

¡A mi  me da vértigo pensarlo! Y eso que este 2015 me ha resultado complicado por todo el movimiento que he tenido de mis “placas tectónicas” emocionales, así que por una parte, deseo cerrar este ciclo.

 

Pero por otra parte ya han pasado 2 de los 3 meses de la reducción de jornada que me han concedido. En Enero se acabó lo bueno y sin embargo ¡me parece que fue ayer cuando empecé a trabajar menos horas! Entre tu y yo; no llevo nada bien esto de que se acabe tan pronto. Pero así son las cosas. Y aunque no me haga gracia, soy consciente de que he sido una privilegiada pudiendo disfrutar de estas semanas con más tiempo para mi misma, para mis amigos y mi familia. Finalmente, no me he centrado tanto en mi proyecto como en pasar tiempo conmigo y los míos. Soy de las que creo que las relaciones, a pesar de que existan buenos vínculos, si no se riegan un mínimo, acaban como las plantas cuando les falta agua: o muertas o mutadas en cactus llenos de espinas. Y la verdad es que yo he tenido muy “abandonadas” y faltas de “mimo” las mías. Empezando por la relación conmigo misma.

 

Ahora,  gracias a ese tiempo libre, estoy cerrando el 2016 “al alza”. Un final de año increíble, lleno de “regalos” en forma de momentos para la confortar el corazón cuando “vengan mal dadas”. Y las semanas que faltan también prometen. Me imagino que para ti, igual que para mí, esta es la época más movida del año a nivel social. ¡Todos parecemos volvernos locos y querer quedar antes de las Navidades y el fin de año!

 

Además, para mi, que me encanta el movimiento,  he tenido la suerte de no “parar” estos últimos fines de semana. En Noviembre me tocó de nuevo Barcelona,  para la última formación de este 2015 del increíble programa de coaching para conflictos y dinámicas de las relaciones EED.  Barcelona, tan estupenda como siempre. Y ahora que la voy conociendo un poquito, cada vez la disfruto más y le saco chispas a esas 24 horas que me cojo libres para disfrutar de la ciudad.

 

También me escapé a Alceda, en Cantabria. Al fantástico balneario del mismo nombre, para que mi madre tomase las aguas. Buena cocina y un entorno otoñal bellísimo enclavado en los valles pasiegos. El balneario es un edificio renovado pero con sabor antiguo, con una atención excelente y a muy buen precio por ser final de temporada. De los mejores que he visitado y eso que ya llevo unos cuantos.

 

Una experiencia totalmente recomendable, muy en el estilo de “La montaña mágica” de Tomas Mann.
Una experiencia totalmente recomendable, muy en el estilo de “La montaña mágica” de Tomas Mann.

 

Y la semana pasada,  Madrid…. ¡De nuevo! La siempre vibrante capital por la cual tengo locura, donde he pasado 4 días tranquilos y muy hermosos, también con mi madre que ya ha ganado en movilidad y pudo patear colgada de mi brazo Embajadores, Lavapiés, el Prado…y como no….¡el rastro y Primark! Je, je, je.

 

Así que aunque me quedo con pena, estas Navidades no bajaré a Sevilla a visitar a mi hermano.  No es que no me tiente, porque ya me imagino la sensación de conducir y conducir tirando millas por la espectacular geografía que tenemos en nuestro país, pero todo no se puede.

 

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En cualquier caso, lo importante de todo esto es que me siento ya recuperada al 98%.

 

Aunque todavía se cruza en mi mente algún fogonazo de esa tristeza que he estado arrastrando, fruto de no ver mis esfuerzos de estos últimos años recompensados a nivel profesional como a mi me hubiera gustado, cada vez son menos y no duran mucho. En general me encuentro llena de una profunda serenidad y una fortaleza llena de curiosidad. Definitivamente, parece que la tormenta que me acompañó esta primavera y este verano ha pasado. Y como dicen estas bellas palabras de Murakami: algo ha cambiado en mí esa tormenta.

 

la tormenta

 

Lo sentí mientras conducía por la autovía de Cantabria, ya de anochecida, mientras rebasaba la localidad de Laredo, disfrutando de las luces que delimitan su hermosa playa en forma de concha. Si tienes la suerte de conocerla, sabrás que es una autovía maravillosa, con unos sube-baja como de Dragon Khan, donde se abren como por ráfagas, increíbles imágenes de la costa cántabra. Un auténtico disfrute para los sentidos si te gusta conducir como a mí. Me acordé entonces de la última vez que pasé por allí, camino de Galicia durante mis vacaciones de Septiembre. De cómo paramos precisamente en Laredo a comer y mientras mi madre dormitaba al borde de la playa, yo lloraba silenciosa bajo el sol (ver más aquí).

 

Y lo he sentido de nuevo en Madrid. Mientras miraba caer la tarde sobre los tejados desde la octava planta del fantástico edificio de La Prensa en Gran Vía. O al pasear bajo el sol invernar por Embajadores o bajo las luces de Navidad por Recoletos. ¿Recordáis como lloraba este mes de Abril en la Plaza Mayor, saber muy bien por qué, delante de mi “relaxing cup”, presa de unos miedos que ni yo misma conocía? ( ver más aquí)

 

Pues ya no ha habido llantos, ni hay miedos, ni desgarro. De hecho, en periodos como este, ni puedo entender lo que es sentir miedo, tan lejos queda de mi corazón.

 

Si. Algo ha cambiado en mí esta tormenta emocional, pero no sé identificarlo, ponerle palabras.  Sólo siento como si me hubiese dejado vacía de expectativas y deseos. Huérfana de rumbo.

 

Una sensación extraña. Durante los 5 últimos años he tenido muy claro hacia dónde iba, adónde quería dirigirme. Y he desarrollado una frenética actividad tipo “rat race” para acercarme a ese ideal, a ese sueño. Y ahora, de pronto, es como si todo eso hubiera perdido importancia y formase parte de una vida pasada.

 

Estos días pasados en  Madrid,  he recordado vívidamente a la María que allí se forjó hace 5 años cuando arranqué con el coaching ( ver más aquí)  y resulta que he sentido que todo aquello ha quedado de golpe muy, muy lejos.

Deduzco que como mi contexto externo no ha cambiado, parecía que nada cambiaba.

Y de lo revolcada que he ido por la ola del día a día, no he tenido perspectiva para darme cuenta de hacia donde me ha llevado esa misma ola.  Ahora que he podido escupir el agua que he tragado y sacudirme un poco la arena, miro hacia atrás y siento que aunque muchas cosas sigan iguales, muchas otras son diferentes. Pensando en esa María de hace 5 años, reconozco en mi muchas de sus cualidades y características. Pero no puedo ya identificarme con aquella chica a la que veo ahora casi como una niña, llena de afanes y anhelos por afirmar su independencia y conquistar una autonomía y una confianza  personal de la que aún carecía.

 

Supongo que es esa parte de María, la que se ha llevado la tormenta.

 

5 años separan estas dos imagenes...¿ podeis reconocerme en una y en otra?
5 años separan estas dos imagenes…¿ podeis reconocerme en una y en otra?

 

Es como si me hubiera ocurrido igual que lo que expliqué aquí que les ocurría a los cangrejos con los cambios: de pronto, el caparazón anterior se queda pequeño y se rompe. Y un caparazón nuevo empieza a consolidarse a tu alrededor.

 

Quiero creer que estoy en ese proceso de tránsito, porque la verdad es que me siento un poco desnuda. Con la piel al aire. Tranquila, pero con un punto de desasosiego ante la incertidumbre de qué resultará de todo esto. Porque algo me dice que he atravesado un punto de inflexión, de no retorno.

 

Cierto. Me inquieta levemente el hecho de sentir que me he quedado de algún modo sin los viejos sueños, sin las viejas ilusiones. Y entiendo que de algún modo, se habían convertido en una identidad con la que era fácil y cómodo ir “vestido”. Se habían convertido en una “zona de confort”.  Y por eso mismo, no me permitían ya seguir evolucionando. Así que ahora toca el reto de crear nuevas ilusiones más conformes a quien soy después de esta travesía.

 

También me inquieta no tener confianza suficiente para aceptar lo que la vida me ponga delante y disfrutar hacia dónde me lleve. Porque una de las cosas que he aprendido en este viaje, es que ese “happismo” de creer que  podemos dirigir nuestra vida según nuestros deseos,  es un poco “infantil”.  Por supuesto que nosotros podemos marcar un rumbo y jugar lo mejor posible las cartas que nos han dado. Podemos, y debemos. Y cierto que la travesía será tanto más plena y rica cuanto más nos conozcamos. Pero no nos engañemos: al final, la que elige es ella: la propia vida.

 

Porque por encima de la independencia, está la interdependencia. Y la felicidad, por mucho que ahora venda el “sé feliz, es lo único que importa”,  no puede ser un valor superior a otros, como por ejemplo, la congruencia o el amor.

 

Y según lo redacto, comprendo que esas lecciones son parte de lo que necesitaba aprender para una nueva etapa. Eran parte del aprendizaje  necesario para continuar evolucionando, si no quiero quedarme al margen de mi misma, como tan bellamente expresa Pessoa.

 

la travesia pessoa

 

 

Tan claro como que intuyo que el siguiente paso va a ser aprender a fascinarme y maravillarme con la circunstancia de que en esa incertidumbre está el prodigio de la vida.

 

No, no ha sido un año fácil. Nos guste o no, crecer duele. Crecer produce incomodidad, supone exponerse, arriesgar, salir de la zona de confort. Crecer supone auto-cuestionarse continuamente: atravesar una y otra vez tormentas.

 

Y una vez se sale de ellas, queda el esfuerzo de reubicarse, como me está tocando en estas semanas. Toca preguntarse ¿cuales son ahora mis expectativas, mis sueños? ¿Qué es importante para mí ahora? ¿En qué medida ha evolucionado mi concepto del éxito? ¿Estaré preparada para lo que la vida me está pidiendo si la miro desde mis valores?

 

Ya ves. Esto es lo que me ha quedado tras la tormenta: muchas preguntas, que me va a tocar responderme a lo largo de este próximo año. Y la sensación de que todo es igual, pero diferente.

 

Y tú: ¿cómo lo ves?

¿Te ha ocurrido a ti alguna vez algo parecido?

Estaré encantada si lo compartes en los comentarios.

 

Que tengas un gran día.

 

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Crianza en armonía:inteligencia emocional para padres y madres.

niña con bolso preparada blog

 

 

Kaixo gurasoak!!! ¡Hola papa!! ¡Hola mamá!!!

 

Esta es la primera de las cartas que os voy a escribir en las próximas semanas para hablaros de temas muy importantes para mí. Por ejemplo, qué necesito de vosotros como padres. O cómo me hacéis sentir en ocasiones. Qué pasa por mi cabeza a ratos. Qué preocupaciones tengo. O qué actitudes vuestras me ayudan a crecer como persona y sentirme más confiado e independiente. Y cuales me limitan y me frustran.

 

Sé que nos es NADA fácil para vosotros ser padres. Al contrario. Agradezco la generosidad y valentía que habéis tenido al traerme al mundo. Aunque la experiencia de tener un hijo es maravillosa y no puede compararse con nada, también conlleva muchas preocupaciones para vosotros. Para toda la vida.

 

Porque vais a querer verme fuerte, seguro y alegre. Y os preocupará que esté bien preparado para la vida. Que pueda vivir bien. Haciendo lo que me gusta, sin preocupaciones graves y disfrutando. Primero en el cole y luego en el trabajo, cuando tenga que ganarme la vida.

 

También os va a preocupar que tenga recursos personales para superar las dificultades. Y que sea una buena persona. Pero sobre todo, intentareis que sea feliz. Lo más feliz posible. Y vais a hacer todo lo que esté en vuestras manos para conseguirlo. Lo sé. Aunque a veces, no sea lo más adecuado o acertado. Pero lo haréis de corazón.

 

Lo digo porque me queréis mucho. Muchísimo. Incluso diría que más que a nada en el mundo. Tanto que a ratos, hasta os duele.

chico satisfecho de si mismo

Lo malo es que a veces, querer mucho, no significa querer bien. Y aunque sintáis la necesidad de ayudarme a desarrollar mi confianza, mi autonomía y mis capacidades, no siempre podréis hacerlo como hubierais querido o como sería más adecuado. Y sufriréis por ello. Eso es lo que tiene querer tanto. Amar siempre es arriesgado, porque nos implicamos. Nos hace vulnerables. Y puede doler.

 

Ya ves que aunque soy pequeño de tamaño, no soy tonto y sé muchas cosas. Tengo mucha información dentro de mí, que tu no tienes y que a veces, no puedo expresar como y cuando quisiera. Por eso y  para que nuestra relación sea todo lo maravillosa que se merece,  he decidido compartir contigo algunas de mis reflexiones. Por si pueden ayudarte a conectar conmigo, entenderme mejor y ponerte en mi lugar.

 

NO quiero decirte cómo tienes que hacerlo. Porque lo primero que tienes que entender es que YA lo estás haciendo bien. Pero quiero que reflexionemos juntos y estemos abiertos a explorar diferentes opciones y posibilidades, para que mi desarrollo afectivo y emocional sea lo más rico posible. Como tú deseas.

 

NO desde las soluciones estereotipadas, sino desde la curiosidad, desde la fascinación  y la ruptura del tópico y la visión simplificada. Porque tú y yo no somos simples. Somos ricos y complejos en nuestra emocionalidad.  Y te aseguro que nuestra relación, va a ser de todo, menos simple. ¡¡¡¡Sobre todo cuando sea adolescente!!!

adolescente color pensando

 

Necesitaremos aprender cuales son nuestras necesidades como padre/madre e hijo/a.  Y también como personas completas, por separado.

Necesitaremos aprender cuales son nuestras diferencias y cómo convivir con ellas desde el respeto, sin que sean motivo de separación sino de enriquecimiento y alegría. Y necesitaremos aprender a construir una relación mágica y armoniosa. Una relación que nos potencie a ambos y nos dé alas para volar muy alto. Primero juntos. Y luego, por separado. Sabiendo que el vínculo que hemos creado no se romperá jamás. Y siempre podremos contar el uno con el otro.

 

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Los guiños de la vida: en el camino del coraje.

Atrévete. Arriesga. Vive.
Atrévete. Arriesga. Vive.

 

Van pasando las semanas y casi sin darnos cuenta, ya estamos a mediados de Noviembre. En la montaña apenas queda follaje en los árboles. Lo ví el domingo pasado, mientras conducía bajo el sol de otoño por la bellísima autovía que une Gipuzkoa con Navarra a través de la espectacular sierra de Aralar. La verdad es que el otoño siempre pasa para mí como un suspiro. Parece que después del verano, un pequeño salto y plas!!! Ya estamos en Navidades. Sobre todo ahora, que cada vez arrancan antes con la decoración navideña, en una invitación al consumismo cada vez más descarada.

 

Quizás por eso, mientras conducía mirando las montañas recortarse contra el cielo azul, me dio por pensar que deseo que se acabe este año. Algo que pocas veces me ocurre. Pero lo cierto es que este 2015 está resultando un año complicado y agridulce para mi.  Casi más agrio que dulce diría yo. Aunque tampoco puedo afirmarlo, porque ha habido muchas cosas positivas.  Es solo una sensación.

 

¿La razón? Bueno. Está claro que una parte de mi se siente dominada por la desilusión de no ver recompensados suficientemente los esfuerzos de estos últimos años. No puedo engañarme. Este cansancio que arrastro, esta falta de energía de los últimos meses, está directamente ligada con la sensación de tristeza que me causa ver como muchas puertas que yo quisiera abiertas, están cerradas. Y algunas, irremisiblemente. A pesar de todas las horas invertidas. De toda la lucha. De todos los esfuerzos.

 

Definitivamente, 2015 no ha sido un año de cosecha, como yo esperaba. De ahí lo del sabor agrio.

 

Sin embargo, hay otro lado. Un lado mucho más amable, pero que todavía no soy capaz de saborear en toda su dulzura. Un lado que me lleva a asombrarme con todo lo que he sido capaz de llevar a cabo, no sólo en 2015, sino en todos estos últimos años.  Que me habla de los “triunfos a medias”, que no fueron grandes triunfos porque no acompañó el resultado. Pero fue increíble el espíritu que movió y alimento las acciones. Que me habla de cuanto me he atrevido. De cuanto he apostado por lo que yo creo. De cuanto he arriesgado. Y ese lado, me susurra que soy grande, y me recuerda la importancia de VIVIR LA VIDA CON CORAJE.

 

Son como esos dos lobos que pelean dentro de mí. Los lobos de los que habla esa conocida leyenda india.

los dos lobos

 

Y como quiera que a veces, nosotros mismos estamos tan exhaustos que no tenemos capacidad de alimentar al lobo adecuado, va la vida y me lanza un guiño. Un guiño, como son los guiños: rápido, cómplice y motivador. Y este guiño, no es ni más, ni menos, que recibir la noticia del regreso a Donosti hasta Navidades, de una de las amigas que hice el verano pasado: Lucy. Y que junto con Anastasia y Nina, tuvieron una enorme influencia en mí en el 2014. Porque hablar de cualquiera de ellas, es hablar precisamente de eso: de coraje. De apuesta. De riesgo. Y de aventura.

 

La palabra coraje es muy hermosa. En su origen, viene de “cor”, que significa corazón. Así que vivir con coraje, además de valentía, viene a significar algo así como “vivir con corazón”. O lo que es lo mismo: vivir siguiendo el camino del corazón.

 

Y eso es lo que experimenté con estas compañeras de trabajo el año pasado. A sus 24 años, las 3 habían sido capaces de dejar sus países y una vida cómoda para emprender en camino del corazón. Sin pensarlo dos veces, abandonaron la orilla de la seguridad a pesar de estar perfectamente, porque les faltaba una cosa: la aventura, lo desconocido. Las 3, igual que me ocurre a mi, poseen el afán por continuar explorando y desarrollándose lejos del camino trillado.

 

Cada una en su estilo, cada una con su forma de mirar la vida. Pero todas compartimos la rebeldía de no conformarnos con la persecución de unos clichés de felicidad que para nosotras no eran suficientes. Y por eso, a pesar de la diferencia de edad y de culturas (Lucy es inglesa, mientras que Nina y Anastasia son rusas) pudimos encontrarnos en un denominador común de vitalidad y pasión por la vida, reconociéndonos como iguales. Y nos hacíamos de espejo de forma que con cada  destello, agrandábamos un poco más nuestra propia imagen.

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Las 4 tenemos claro que el camino del corazón, es el camino del coraje. De la valentía. El camino de atreverse con la inseguridad. De adentrarse en lo desconocido. Y no hay otra forma posible de vivir para nosotras,que desde la valentía.

 

Sólo que el camino del coraje no es fácil.  Implica vivir en la incertidumbre de los resultados. Los resultados pueden llegar o no. Debes buscarlos, pero sin aferrarte a ellos. Porque lo principal es arriesgar y avanzar luchando por aquello en lo que crees.  Así es como vas descubriendo que el principal logro es la persona en la que te vas convirtiendo al afrontar cada reto. No el resultado. Cuando buscas desesperadamente el resultado, te conviertes en un cazador de seguridad. Y entonces te olvidas de lo esencial, que es la aventura. Ahí te domina la ansiedad y de nuevo estás preso de tus miedos.

 

El camino del coraje te hace valiente porque te niegas a detenerte a causa de tus miedos.  Te hace superarte con cada nueva aventura. Y vas ganando confianza en tus recursos, a base de adentrarte por caminos inexplorados. Antes de saber lo que vas a encontrar o si serás capaz de afrontarlo.  Es un camino donde puedes sentirte VIVO. Y donde a cada paso, te vuelves más humano porque vas conociendo mejor tu propia grandeza y tu propia debilidad.

 

Great people do things

 

Aunque después de aquel verano de 2014 cada una de ellas salió en una dirección, este otoño he recuperado a Anastasia, con la que estoy pudiendo dar largos paseos por el monte que me renuevan y me reconectan conmigo misma. Y ahora, con el regreso de Lucy por unas semanas hasta las Navidades, entiendo como la vida me dice que todo está en orden. Me recuerda que este es el camino correcto. Que no puede haber otro, independientemente de cual sea el resultado. Vuelvo a recuperar esa sabiduría, que casi había olvidado en este año de locos que he tenido. Y sé que tengo por delante unas semanas estupendas en su compañía, recordándome quien soy y el valor de lo que llevo a cabo cada día.  Justo lo que necesitaba para terminar de recuperarme y entrar en plena forma al 2016.

Este guiño, me tranquiliza (con la dulzura que necesito en este punto de mi vida) respecto a esas puertas cerradas: debían sin duda cerrarse para poder avanzar. Y las puertas que no deben cerrarse…simplemente vuelven a abrirse.

Este guiño me habla de que no me preocupe por los resultados. Me anima a seguir caminando con confianza, curiosidad y alegría, disfrutando de la persona que soy y lo que puedo aportar desde ahí a los demás.  Los resultados…¿quién sabe si no llegarán otros incluso más hermosos y que yo no soy capaz siquiera de imaginar?

 

Al fin y al cabo, sé bien que el viaje no es el fin, como reza el hermoso poema de Kavafis . El viaje es el propio camino. Y hace ya mucho que yo he elegido vivir siguiendo el camino del coraje. ¿ Cómo podría dejarlo ahora? Sería como renunciar a mi, a mi persona. A mi vida.

 

¿Lo que me llevo de esta «coincidencia»? Entender que todos necesitamos a veces de estos guiños de la vida, que nos vuelven a recordar el para qué y el cómo en los momentos bajos. Y que nos hacen valorar y celebrar quienes estamos siendo y cómo hemos elegido vivir.

 

 

Y tu: ¿sigues el camino del corazón?

 ¿ qué guiño necesitarías que te hiciera la vida en este momento?

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Lo que la vida nos quita. Lo que la vida nos da.

 

Hablábamos en primavera de como a veces la vida nos besa en la boca. Pero lo cierto es que en otras,  nos golpea con todas sus fuerzas en el estómago. La muerte de mi hermano fue para mi una de esos golpetazos.

 

Sin embargo, ese acontecimiento, fue la mayor lección de vida que he recibido hasta hoy. Provocó un antes y un después en mi forma de ser y en la forma de estar en la vida.  Y curiosamente, al echar la vista atrás, hoy entiendo que  tanto como la vida me quitó, me lo trajo a continuación de vuelta. Por eso, hoy quiero escribir, como homenaje a mi hermano en su aniversario, sobre lo que la vida nos quita y lo que la vida nos da.

 

 

Mi hermano Guillermo y nuestro pastor vasco, Bumbum. Eran los felices 80, cuando el ligaba a tope por parecerse al Puma y vivía más y már rápido que ninguno de nosotros.
Mi hermano Guillermo y nuestro pastor vasco, Bumbum.
Eran los felices 80, cuando el ligaba a tope ( recordaba al cantante el Puma) y vivía más y már rápido que ninguno de nosotros.

 

Hoy se cumplen 6 años desde el fallecimiento de mi hermano Guillermo.

 

Tenía 44 años cuando murió. No llegó a cumplir mi edad.

 

Antes, en los tiempos afortunados (y que yo no entendía que eran afortunados) tenía 3 hermanos más mayores. Guillermo era el hermano anterior a mí y, como descubriría años más tarde,  fue el que más sufrió con el divorcio de mis padres y la atomización de la familia que se produjo a raíz de aquel hecho. Cada hermano en una punta del país y cargando con el peso de su propia historia, en vez de sustentarnos sobre el pilar de una historia común.

 

Aunque ya os dije en una ocasión que no guardo demasiados recuerdos de mi infancia, sí que guardo algunos de mi hermano y yo. Recuerdo como en verano buscábamos por la playa los cascos vacíos de las botellas de Coca Cola para canjearlos por  unos duros con los que luego nos comprábamos chucherías. En esas ocasiones  celebrábamos por la noche un ritual secreto que llamábamos “bola de chicle”. Consistía este acontecimiento en colgar de la litera de arriba una de las colchas a modo de telón y meternos en la litera de abajo con una linterna cuya luz quedaba disimulada por la colcha, a comer nuestras chuches. El mayor peligro era que nuestro padre o nuestra madre tuvieran la mala idea de abrir la puerta y ser descubiertos comiendo golosinas con los dientes recién lavados.  En esas ocasiones,  la “bola de chicle”  terminaba con ambos sacados a “la escalera” por turnos, en pijama.  Primero iba yo y sólo me dejaban unos minutos, aunque me parecieran eternos. Y después le tocaba a  mi hermano que por ser más mayor, era considerado el inductor y le dejaban más tiempo.

 

Allí nos quedábamos, quietos, con un poco de frío y muy humillados, rezando porque cada vez que el ascensor se movía, no parase en nuestro piso y algún vecino nos viera  vestidos de aquella guisa, junto a la puerta de casa.  De todos modos, a pesar de la vergüenza que sentíamos,  el castigo no tenía el poder de hacernos desistir en nuestras trapacerías.

 

También recuerdo los largos y cálidos días de Agosto, en León, pescando en el río y cazando ranas a millares. Las llevábamos a montones al piso de mi tía abuela, cuya vida apacible se veía profundamente trastocada por aquella invasión de batracios que se escapaban del balde donde los manteníamos presos (a pesar de la tapadera que los cubría) y aparecían después consumidas por cualquier rincón de la casa, victimas de una pavorosa muerte por desecación.

 

En los tiempos afortunados, cuando tenía 3 hermanos más mayores.
En los tiempos afortunados, cuando tenía 3 hermanos más mayores.

Con su adolescencia se convirtió en lo que se llamaba “un bala perdida”. Mi madre aún murmura de vez en cuando que nunca “contó con él”. Vivió en vilo durante años,  pensando que tendría algún accidente de tráfico o le ocurriría alguna desgracia ya que su vida era intensamente alocada. Lo cierto es que los tuvo. Años más tarde, mi hermano confesó que al regresar en el Dos Caballos en que se escapaba la cuadrilla a San Fermines a correr el encierro después de toda la noche sin dormir y regresar luego a toda velocidad a Donosti a verse corriendo en la tele,  volcaron en dos ocasiones. Pero todos resultaron con heridas leves.

 

Mi hermano, como el mismo decía, vivió “más y más rápido que el resto de los hermanos juntos”. Sociable hasta la médula, generoso, intenso, vital, desmedido, glotón, de temperamento explosivo,  divertidísimo  y fantasioso, pasó de una carrera a otra, sin querer estudiar ninguna para gran disgusto de mi madre. Y después de trabajar varios años de camarero, se marchó a Salou a buscar fortuna en los hoteles. Como tenía buena educación y mucho carisma, encontró un trabajo de maître con el que hizo algunos ahorrillos a base de vivir una vida super austera.  Y de ahí pasó a montar un negocio de reciclaje en Castellón con una inversión mínima.  A pesar de que resultó un éxito y fue nombrado empresario novel del año, tuvo que dejarlo por el estrés. Eso sí, tras vivir mil aventuras a cada cual más increíble, que me contaba cuando vino a acompañarme al hospital la tarde antes de mi operación allá por 2003. Ambos teníamos desarrollado un fuerte mecanismo de defensa ante el miedo a base de un humor absurdo, solo comprensible por nosotros. Recuerdo que las enfermeras le pidieron en varias ocasiones  que abandonase la habitación, porque nos reíamos tanto que alterábamos el silencio necesario del hospital. Y después de la operación, cuando me desperté con unas arcadas a lo niña del exorcista por la anestesia, continuamos igual: temían que las grapas que me pusieron para coserme a lo Frankenstein se me soltasen, a pesar de mis esfuerzos por no reírme entre arcada y arcada. Pero con mi hermano, era imposible no reírse o no pelearse según el momento. Y con su poder de seducción conquistaba a todas las enfermeras logrando que no le echasen de la habitación.

 

Creo aquel entonces estaba casado con una chica de Madrid de la que se separó al cabo de dos años .  La madre de ella era una terapeuta reconocida y un día, para asombro de todos, mi hermano, siguiendo lo que el llamó «una vocación tardía»,  se metió a estudiar para terapeuta.  Fue ahí donde descubrí cuanto había sufrido con el divorcio de nuestros padres. Decía que era terapeuta, primero para “tratarse él y ponerse en orden él mismo”. Con 41 años, terminó sus estudios con excelentes calificaciones y arrancó con una consulta que despegaba con éxito cuando el cáncer llamó a su puerta un 14 de Febrero.

 

El resto resulta hasta difícil de resumir. A pesar de lo agresivo de su cáncer, resistió casi dos años porque tenía una naturaleza fuerte y vital, de gladiador. De esa época, recuerdo los viajes a Madrid los fines de semana a acompañarle en la clínica Anderson y vuelta en el autobús nocturno a Donosti el domingo noche, para entrar a trabajar casi en directo el lunes. Recuerdo como cuando ya desahuciado y muy débil,  pero intentado aún plantar batalla en Pamplona,  le llevaban en silla de ruedas y yo bromeaba con él, diciéndole con voz a lo Forrest Gump: “No tiene usted muy buen aspecto  Teniente Dan”.

 

Tuve la suerte de ser de las personas que más tiempo pasó acompañándole, porque no me asustaba de estar con alguien que era “el novio de la muerte” como solíamos bromear para desdramatizar. Podía estar en paz junto a él, animándole o peleándome con él,  sin intentar negar lo que ocurría,  ni echarme a llorar en su presencia o cambiar mi conducta.

 

Al final, todo fue muy rápido y el desenlace resultó “inesperado”; una infección pulmonar repentina agravó su estado sin darle tiempo a regresar a Pamplona a ingresar. Consciente de que era el fin y aun con sus capacidades muy mermadas por la medicación, pidió que no le sedaran hasta  no despedirse de mi, que viajé toda la noche en autobús a Alicante, con una entereza de la que no me sabía capaz. Cuando llegué había perdido el habla, pero me conoció con los ojos. Después de que le sedaran pude tumbarme junto a él. Le abracé y entablé con él la última conversación. Le expliqué hacia dónde se dirigía (tal y como yo lo imaginaba) y como yo estaba allí para acompañarle una parte del trayecto. No sé de donde salieron mis palabras después de aquella noche insomne de espanto. De dónde saqué aquella alegre serenidad.  Pero le hablé y le hablé durante largo rato. De como por una temporada  nos íbamos a tener que separar. De cómo no tocaba ya atracarnos a comer en los restaurantes chinos, no más pelarnos por tonterías, no más marcharnos de travesía juntos con Julio Villar, siendo los más gordos de la excursión y cargando en nuestras mochilas con barras de turrón de chocolate,  que a las dos horas de caminata, no eran sino una masa  reblandecida. Así, entre mis lágrimas, risas, recuerdos y expectativas de reencuentros en un más allá,  caí dormida a su lado y nos despedimos.

 

Se marcho la noche entre el 3 y el 4 de Noviembre en Alcoy, Alicante, donde residía entonces. Ni siquiera pude quedarme a su funeral, porque mi madre, sola en San Sebastián, estaba destrozada de dolor y necesitaba mi presencia. Consciente de que a él no le hubiera gustado un velatorio triste, todavía pude bromear como lo habría hecho con él presente mientras recibíamos a sus conocidos. Dejé encargada la música para la ceremonia, unas palabras para el cura y regresé a Donosti mirando la luna llena desde el autobús, entendiendo que la vida acababa de meterme un buen puñetazo, pero sin querer pensar todavía en mi dolor. Pasaron aún algunas semanas antes de que estuviera preparada para internarme en el proceso de duelo.

 

Eso es lo que la vida nos quita.

 

 

Ni siquiera recuerdo cuando nos tomaron esa foto en la que estamos hechos unos críos y para variar, con algún bicho entre las manos ya que adoptábamos continuamente perros, gatos y cualquier animal en mal estado o abandonado.
Ni siquiera recuerdo cuando nos tomaron esa foto en la que estamos hechos unos críos y para variar, con algún bicho entre las manos ya que adoptábamos continuamente perros, gatos y cualquier animal en mal estado o abandonado.

Lo que la vida nos da.

Giuseppe Verdi perdió en dos años a sus dos hijos y su mujer. Imaginaos lo que es eso. De entre su desgarro y la consiguiente depresión surgiría “casualmente” Nabucco, que le lanzaría a la fama como compositor. Ya sabéis…el “Viva Verdi”.

 

Victor Frankl perdió a toda su familia en los campos de concentración. De ese horror emergería su teoría de la logoterapia y su maravilloso libro “El hombre en busca de sentido”. Una corriente con la que tanto mi hermano como yo, nos sentíamos identificados.

 

Obviamente, yo no puedo compararme con ninguno de ellos. Pero sé que he vivido, como ellos,  el abismo. Y he vivido como ellos y como tantas personas que han perdido a un ser querido o han sufrido una tragedia, la rabia, la incredulidad, el llanto y el desgarro. He vivido la tristeza infinita que parece que nunca va a desasirse de tus entrañas y vuelve y repunta una y otra vez hasta que se te secan las lágrimas.

 

Y como ellos, he encontrado que cuando todo parece perdido, hay un brote de  luz que no se sabe cómo, despunta en esa oscuridad. Para Verdi fue volver a componer en medio de su noche oscura. Para Frankl entender el sentido profundo que mueve a los hombres en la vida en el campo de concentración. Lo que sea. Puede ser bajo la forma del consuelo de una espiritualidad que uno no sabía ni que tenía. O a través de la fuerza interior que uno encuentra en si mismo para se capaz de sujetar, además del propio, el dolor de otras personas que le rodean, como fue mi caso con mi madre,  que perdió más que un hermano: perdió un hijo.

 

El caso es que esa luz aparece y la vida vuelve a abrirse camino con una nueva dimensión y un nuevo entendimiento para nosotros. Para mí, fue precisamente durante esa inhibición de la persona que provocan los duelos, en el silencio del enclaustramiento que me acompañó durante largos meses de invierno, cuando empecé a ordenar en mi interior las grandes cuestiones de la vida. Cuando empecé a buscar respuestas a esas grandes preguntas como ¿Qué vida quiero vivir? ¿Para qué estoy aquí? o ¿Qué me gustaría dejar detrás de mi?

 

Además, días antes de morirse, en una de nuestras últimas conversaciones, mi hermano, sabiendo de mi insatisfacción con mi situación laboral, me pidió que le prometiera que buscaría un trabajo vocacional, enfocado a ayudar a las personas. El quería que me hiciera terapeuta, como él. Según el creía, tengo el don de acompañar a las personas  a encontrarse a sí mismas. Sin juzgarlas ni enjuiciarlas, aceptándolas plenamente.

 

Aunque yo no quería ser terapeuta, acepté la promesa de buscar otro trabajo más acorde a mi potencial y que me resultará vocacional y motivador. Que me enamorara.

 

Y ahí, aun con la lágrimas húmedas y a trompicones, empezó sin yo saberlo,  una nueva página de mi vida. Esas Navidades una compañera de trabajo nos invitó a cenar a su casa. Allí conocí a un amigo suyo que se hizo mi amigo. Y meses más tarde resultó que tenía un conocido cuya pareja acababa de fallecer. Este amigo pensó que su conocido y yo podíamos encajar bien como amigos ya que veníamos de circunstancias vitales parecidas.

 

Bendito error de cálculo. En Junio, ese “conocido del amigo” era mi pareja y al preguntarle si conocía algún coach que me pudiera ayudar con el cambio profesional que necesitaba, me puso en contacto con el coaching.  El resto, podéis leerlo aquí.

 

En apenas 10 meses, viví la profunda desolación que acompaña a la muerte de un hermano. Pero también conocí el consuelo una espiritualidad que ni  sabía que habitaba en mí. Y descubrí la belleza que surge del diálogo interno cuando nos replegamos en nosotros mismos buscando respuestas. Encontré la alegría del amor de una pareja y el regalo de una profesión vocacional que extrae sin esfuerzo nuestro pleno potencial. Transité por las etapas más dolorosas y más felices de la vida,  que me transformaron profundamente convirtiéndome en quien soy hoy. ¡Quién me lo hubiera dicho!

 

Por eso, 6 años más tarde,  reflexiono sobre lo que la vida nos quita y lo que la vida nos da.

 

En mi caso, se llevó mi hermano y me dio cuanto os he descrito más arriba. También se llevó mi breve amor de pareja, pero me ha regresado otro amor: el amor hacia mi misma y un amor más inconcreto, pero igualmente maravilloso: el amor por la vida y el amor fraternal por la condición humana.

 

Por eso y aunque nada pueda reemplazar la ausencia de Guillermo, siento que tanto como me quitó la vida, me lo trajo luego de vuelta.  Y sé que para muchas otras personas, ha sido igual. Te lo digo, para que si en alguna ocasión te ocurre algo parecido, recuerdes esto y te abras a la esperanza.

 

Como cierre, os diré que puedo sino sentirme infinitamente agradecida a mi hermano, porque de algún modo, el pagó con su muerte el precio de toda esta consciencia y esta plenitud que he conocido después. Un coste muy alto, para esta lección de vida, para la que me cuesta encontrar las palabras que expresen mi gratitud.

 

Gracias, Guillermo.

 

¡Hola! Soy María Díez Coach y con mi blog ofrezco un espacio de encuentro vital, reflexión y aprendizaje para personas comprometidas con su superación personal, familiar y laboral.

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Cosas que el dinero no puede comprar

cosas que dan valor

 

Buenos días.

 

Hoy deseo hablaros sobre aquellas cosas que componen el delicado encaje de la vida. Tan frágil y delicado, que a veces nos pasa desapercibido. Pero que cuando se desgarra en algún punto, nos causa una tremenda conmoción. Porque hay cosas sin las que no sabríamos, ni podríamos vivir.

 

9:00 am de un día laborable. Salgo en dirección a la biblioteca a trabajar. Pero al cruzar la calle  y ver al fondo el sol iluminando el cristo que corona el monte Urgull, cambio de idea y me encamino hacia la bahía.

 

Aunque me costó tomar la decisión, me recuerdo que  he reducido mi jornada laboral con el fin de tener más tiempo para mi misma durante una temporada. Necesitaba vivir más tranquila, sin la sensación de pasarme el día corriendo de una actividad a otra hasta caer exhausta en la cama por las noches, como he pasado los últimos 5 años. Y sobre todo, coherente con lo sentido y vivido  el último verano, donde mi vida ha pasado delante de mis ojos como lo haría un tren de alta velocidad, en el que yo no iba a bordo.  Así que ahora me he dado permiso total para  disfrutar más de mi día a día. Y tener más tiempo para mi y los que quiero.

 

Al poco camino por el puerto donostiarra.

 

Si ya vivir en una ciudad como San Sebastián es de por si, un regalo, en un día de viento sur como este, se convierte en un privilegio. Apenas hay gente por el malecón y el agua que choca contra los diques, junto con los chillidos de las gaviotas y las campanadas del convento de clausura de Santa Teresa, en la cercana Parte Vieja, componen una peculiar sinfonía.

 

Paloma en puerto

 

Como me ocurre en ocasiones, tengo uno de esos momentos  «Aha»  , que diría Oprah. Caigo en la cuenta del lujo que supone para mi estar ahí: a las 9:30 de un día laborable. Cuando lo normal sería que apenas hubiera visto la luz del día. Sin mi decisión de trabajar menos horas, habría caminado, mientras el día va despuntando, rumbo a la oficina para enclaustrarme según el día ha levantado.  Y  llevaría allí metida ya una hora con luz artificial. Esos han sido mis últimos 15 años. Salvo por este verano, cuando decidí empezar a salir a correr amaneceres para disfrutar un poco del día,  hasta que una contractura acabó con mis carreras matinales.

 

15 años. Multiplicado por 11 meses (quitando el mes de vacaciones) con 22 días laborables cada uno, hacen 3630 días de recorrer el mismo camino. De no recorrer otro. O al menos, de no ir a otro sitio.Se me hace un nudo en la garganta. 3 630 días de luz artificial. De no ver ni si llueve o hace sol fuera. Y sobre todo, de no disfrutar de un momento como este,  sin ninguna obligación. Sin ningún lugar al que tener forzosamente que dirigirse. Sin nada más por delante en las próximas horas, que no sea lo que en ese momento deseo. Como si decido no aparecer en la biblioteca por la mañana. Ufff.

 

Y antes de esos 15 años, hubo otros lugares. Otras rutinas. Me siento abrumada de darme cuenta de cómo se nos pasa la vida y en ese instante, entiendo que pocas veces he disfrutado de una sensación tan intensa de libertad como en esta mañana.

 

Decido prolongar un poco más mi paseo. En mi camino encuentro una cafetería que han renovado hace ya más de 6 meses y yo no conocía, donde me siento a desayunar tranquila. Hoy la biblioteca puede esperar.

 

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Mientras desayuno, me felicito una vez más por la decisión de haber reducido la jornada a pesar de la importante merma de ingresos que me va a suponer en los 3 meses que me han concedido de reducción. A cada día que pasa, a cada momento que paso conmigo misma, sin prisas, sintiéndome un poco más dueña de mi tiempo, me recupero del agotamiento que me ha provocado este “verano horribilis”.  Poco queda de aquel agostamiento. De aquella tristeza intermitente que me invadió.

 

Y por eso, sentada en la cafetería, desayunando sin prisas, me viene a la mente aquel slogan “hay cosas que el dinero no puede comprar”.

 

Así que hoy sólo quiero hablaros precisamente, de eso: de las cosas que el dinero no puede comprar y por las que debemos sentirnos infinitamente agradecidos. Como haber dado ese paseo bajo el sol dorado del otoño. Como desayunar sin prisas en un lugar bonito. Como ser más dueña de mi tiempo por unos meses. Y tantas y tantas cosas que hacen de mi vida, una vida afortunada y absolutamente privilegiada. Aunque a veces se me olvide, o con las prisas, no me de tiempo a aprehenderlo e interiorizarlo.

 

Y eso que me considero una persona agradecida con el día a día y con capacidad de disfrutarlo. Sin embargo, qué pocas veces nos detenemos a saborear nuestra vida y pensar en esas pequeñas cosas grandes, que hacen nuestra vida maravillosa. 

 

Por eso, hoy quiero animaros a hacer una lista, con todas esas cosas que no se compran con dinero. Y os animo a que la colguéis en un lugar visible, para leerla en los días de bajón.  Porque está en la condición humana, que a pesar de ser las cosas que más valoramos, sean aquellas a las que menos atención prestemos.  

 

Yo os dejo una parte de mi lista. Seguro que con algunas variantes, muchos os reconoceréis en ellas:

 

–          dar un beso a mi madre al salir de casa por la mañana. De esos que das como si pudiera ser el último. De esos que te curan todos los males.

–          Caminar. Caminar sobre mis piernas. Aunque sea al trabajo.

–          Tomar mi tiempo en el camino hacia el trabajo para extasiarme con cuanto me rodea cada mañana: cielo, río,  árboles que cambian de color…

–           sentir que cuento con el cariño de mis amigos.

–          saber que mis sobrinos, mi familia en general y aquellos que aprecio,  gozan de salud y una situación económica que les permite vivir con comodidad y desarrollarse como personas.

–          Acariciar y querer a un perro o un gato ( o cualquier otro tipo de animal que se deje acariciar y querer)

–          Abrazar fuerte a alguien que quiero.  Sujetar su mano. Mirarle a los ojos.

–          Sentir la lluvia o el sol en mi cara Ver amanecer o ponerse el sol en el mar.

–          Escuchar el sonido del viento o el mar. Escuchar música.

–          Bañarme en el mar o caminar por los montes. Pisar la nieve, la arena o la hierba.

–          Reírme de mi misma. Reírme con otras personas. No de otras personas.

–          Una buena conversación.

–          Sonreír.

–          Recibir sonrisas.

–          Mirarme al espejo y ver en él una mujer que amo: increíble,  única y maravillosa. Con sus luces y sus sombras.

 

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Y tú: ¿sabes cuales son para ti? ¿Te atreverías a hacer tu lista?

Te espero en los comentarios.

Que tengas un gran día.

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¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?- Salir del laberinto de la melancolía

¿Cualquier tiempo pasado fué mejor?
¿Cualquier tiempo pasado fué mejor?

 

En esta última semana me he encontrado en dos ocasiones con la palabra melancolía. Ambas, hablando con amigos que aprecio y que me han confesado sentirla. Esto me ha entristecido, porque sé lo insidioso que es ese sentimiento. Aunque ya no la sufro, no hace tanto que todavía tenia un corazón de niña perdida y necesitada de amor que erróneamente, buscaba fuera de mí. Y recuerdo como mis días se teñían de gris, mientras  rebuscaba en el pasado algo, una felicidad inconcreta, que ni siquiera sabía qué era, cuya falta me hacía sentir incompleta en el presente.  Es como un laberinto, en el cual das vueltas y más vueltas, sin encontrar la salida. ¡Cuánto sufrí por ese sentimiento de ausencia, volcada en el recuerdo de los felices tiempos pasados!

 

Todos sabemos que la melancolía se manifiesta como una rememoración de viajes, momentos, personas o experiencias que nos hacen pensar y sentir que “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

 

En este caso, todo empezó con un  “¿Recuerdas María, cuando salíamos juntas los sábados?”. Y al ponerse a evocar mi amiga aquellos  “felices años de la universidad” y mostrarme su añoranza, surgió como vive el presente a la sombra de la melancolía. Lo que resultó curioso, es que al contrastarlo conmigo, salió a la luz que el recuerdo que yo guardaba de aquellos años, menos feliz, era de todo. Cierto, era sencillo vivir en casa de nuestros padres, sin otra obligación ni dedicación que nuestros estudios. Sin embargo, tuvimos un par de profesores en cuarto y quinto de carrera,  que nos hicieron la vida imposible. Y a ella, más incluso que a mi. Desde no publicar las notas y negarse a comunicarte los resultados del examen si no pasabas por su despacho, hasta darle a otra persona una beca largamente anhelada y para cuya obtención mi amiga trabajó como una negra, quedándose a veces hasta las 2 de la mañana en el laboratorio. Yo guardo un recuerdo pavoroso de aquellos años, en que sentía que daba igual cuanto me esforzase o estudiase porque entendía que mis resultados quedaban sometido al  arbitrio de un docente déspota, que hacía lo posible por minar tu moral, como si le importase más que no terminases tus estudios, que la satisfacción de impulsarte a través de sus conocimientos para salir como un profesional bien formado al mercado de trabajo.

 

Cuando le recordé aquello, mi amiga se sorprendió. Me dijo haberse olvidado totalmente de aquellos dos profesores que tanto daño le hicieron y recordar sólo cómo los sábados nos poníamos guapas y salíamos a tomar algo, soñando sobre nuestro futuro frente a unos carajillos estupendos  en un bar irlandés que estaba muy de moda. O aquellas cenas que solíamos organizar con algunas amigas y un grupo de chicos filósofos, con los que solíamos mantener encendidos debates intelectuales, pero donde nunca nadie llegó a nada más a pesar de nuestros exuberantes 22 años.

 

Esa es la trampa de la melancolía: mantenernos con la atención fija en el pasado, buscando algo que sólo existe en nuestra mente. Nos hace cambiar lo real por lo irreal, ya que está demostrado que las personas tienden a recordar su pasado borrando de su mente los hechos y emociones desagradables.

melancolía

Y ¿por qué aparece la melancolía?

 

La respuesta es sencilla: es una llamada de atención de nuestra psique cuando no aceptamos nuestro presente. Denota que  no estamos EMOCIONALMENTE   satisfechos con nuestra vida. Y destaco la palabra “emocionalmente” porque racionalmente, sabemos que no tenemos razones para quejarnos. La melancolía no es propia de personas con fuertes carencias económicas o materiales o situaciones vitales dramáticas o precarias. Es más característica de personas con su vida más o menos acomodada y resuelta. Sufrir por algo que uno no puede tener, como es el pasado, es una forma de dolor permitido.

 

También aparece como respuesta a miedos, como puede ser el miedo al paso del tiempo, el miedo a envejecer.

 

En el caso de mi amiga, recuerda como en aquellos tiempos, todo estaba por venir, por vivirse. Nuestras vidas eran todavía lienzos casi en blanco, donde había pocas pinceladas. Todo estaba por explorar, todo estaba por dibujarse, por escribirse: era una etapa de posibilidades infinitas y escasa responsabilidad personal. Lo contrario de ahora, donde nuestras vidas ya están más o menos encauzadas y habiendo rebasado el meridiano de la vida, se ha cubierto la mayor parte del lienzo.

 

Pero en el fondo, se trata de lo mismo: la melancolía saca a la luz una carencia (normalmente más afectiva que material) de nuestra vida. Muestra una insatisfacción con lo que tenemos. Es una no aceptación total de nuestra vida presente. Porque si nuestra vida es plena, si los colores con que pintamos nuestro lienzo, son hermosos y alegres  no sentimos la necesidad de aferrarnos al pasado.

 

Por eso, la forma de combatir la melancolía siempre tendrá que ir orientada a buscar qué es aquello que añoramos AHORA en nuestras vidas.

 

¿Qué carencia estamos sintiendo en nuestra vida? Ahí es donde debemos abandonar ese dolor “cómodo” y ejercer la responsabilidad personal de atrevernos a explorar y cambiar lo que no funciona.

 

Lo repito: la salida al laberinto de la melancolía, es crear AHORA las condiciones para que nuestra vida sea rica y valiosa. Una vida que merezca la pena vivir. Puedes volver al pasado para entender qué es lo que buscas o añoras (despreocupación, humor, alegría, vitalidad, ilusión….).  Pero sólo si es para traerlo a tu vida presente.

raton en laberinto

 

Como experta en sentirme melancólica que he sido, te digo que la única salida a la melancolía es esforzarse por disfrutar un día a día rico y satisfactorio. También te ayudará mucho estar en contacto con tus emociones, entendiendo la información que te proporcionan. Y por supuesto, el  adquirir destrezas y desarrollar actitudes personales como:

–          ser capaz de revisar nuestras expectativas con un enfoque positivo: enfocándonos en lo que tenemos más que en nuestras carencias.

–          Trabajar el agradecimiento: bien se dice que no sabes lo que tienes, hasta que lo pierdes. Imagínate si te faltara alguna de las cosas que tienes (tus hijos, tu pareja, la salud, el trabajo)  y aprende a sentirlas más. Cada beso que das, cada vez que te pones en pie, cada vez que comes, que vas a trabajar. Toma  momentos al día para hacerte más consciente de ello y maravillarte por el privilegio de cuanto hay en tu vida.

–          Entender que tú diriges tu vida y te corresponde en exclusiva el privilegio de ser artífice de ella. Tú pintas tu lienzo, tu eliges los colores.

–          Aprende a amarrar tu vida a ti mismo, a tus metas. No a personas u objetos que pueden acabar desapareciendo.

 

De lo contrario, puede que te pase como a Sabina, en la canción que dice “vivo, en el número 7, Calle Melancolía. Quiero mudarme hace años, al barrio de la alegría…. Pero siempre que lo intento, ha salido ya el tranvía”.

 

Recuerda que el traslado sólo depende de ti: sólo tú puedes levar las anclas del pasado, para no perderte el presente.

 

Y aunque sé que tienes la capacidad y fuerza personal de hacerlo por ti mismo/a, si lo deseas  yo puedo acompañarte y darte apoyo en el viaje. El caso es que no perdamos vida metidos en el laberinto de la melancolía. Y si lo hacemos, que sea para aprender a no volver a atraparnos.

 

Y tú: ¿Cómo andas de disfrute en tu presente?

 ¿Te quedas en la Calle Melancolía o te mudas a la de la alegría? 

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No me llames ilusa, porque tengo una ilusión.

una vida de éxito

 

El próximo mes de Noviembre hará 5 años desde que arranqué con mi formación como coach en Madrid, con CTI ( Coachees Training Institute). Nunca podré olvidar la alegre expectación con que me dirigí al Hotel de Alcala Norte donde se impartía el curso.

 

Aunque había escuchado hablar de la inteligencia emocional y el crecimiento personal, para mi eran términos abstractos y lejanos. Por eso, en aquel momento, hicieron falta una serie de carambolas para que yo acabase allí, aunque ahora entienda que no podía ser de otro modo, porque el coaching y yo teníamos que encontrarnos en algún punto del camino, por razones que os explicaré en otro post.

 

Como nos ocurre a casi todas las personas que entramos en contacto con esta modalidad de crecimiento personal, puedo deciros que los cursos fueron para mi impactantes y transformadores. Desde el minuto cero, mi sensación fue de haber aterrizado en el lugar al que yo naturalmente pertenecía. Después de largos años de búsqueda, de pronto me encontré entre personas que compartían conmigo inquietudes, intereses y una forma de estar ante la vida. ¡ Qué emoción más increíble para mi, que me había apuntado a los cursos de forma totalmente inconsciente, guiada un poco por mi pareja que me animó a hacer la prueba y me apoyó en todo momento para lanzarme a algo que para mi estaba lejísimos de mis posibilidades económicas y sobre todo, de las circunstancias vitales que me rodeaban entonces!

 

Me sentí como si me catapultaran a otra dimensión, a otra realidad que yo ni imaginaba que pudiera existir.  Sentada en aquella sala, escuchando hablar a los profesores, en un ambiente completamente distinto al ambiente en que yo me había movido hasta entonces,  fue tal el bienestar y la pertenencia que experimenté que a los 15 minutos de iniciarse el curso, rompí a llorar de felicidad. Y el único pensamiento que daba vueltas en mi mente mientras me caían las lágrimas allí sentada era  “y pensar que por dinero yo iba a quedarme sin haber vivido esto….Estar aquí, haber sido capaz de darme a mi misma esta oportunidad, esto es quererme.”

 

Así empezó el camino de regreso a mi misma y una pasión por el coaching que perdura intacta hoy en día, casi 5 años después. Y eso que muchas cosas han cambiado desde entonces.

 

De todo el grupo, yo fui una de esas personas que tuvimos  claro que queríamos dedicarnos al coaching de forma profesional. Y como precisamente el coaching va de eso; de cambios, de sueños, de nuevos objetivos y de seguir la llamada de tu corazón, yo me monté una maravillosa ilusión de que lo que sería mi vida, siguiendo el camino de hacer del coaching mi profesión. Siguiendo el camino de mi corazón.

 

Para que os hagáis una idea más precisa de la película que me monté, os comparto el dibujo que hice donde reflejaba cómo iban a evolucionar cada una de las áreas de mi vida y cómo esperaba encontrarme en ellas en un futuro.

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Os detallo lo que reflejaba cada una:

 

  • Area profesional: en ella me proyectaba viviendo del coaching, viajando por todo el mundo como formadora (igual que mis profesores de CTI) y ejerciendo de coach internacional.

 

  • Area económica: obviamente, me veía ganando por lo menos el doble o el triple de lo que gano. Y entre los dibujos de sacas de dinero a lo tío Gillito, faltaría la imagen de un descapotable, que es uno de mis sueños recurrentes.

 

  • Area de salud: me gusta mucho comer y cuando acudí a los cursos de Madrid ya estaba bastante rellenita. Además había abandonado durante muchos años el deporte y pensaba que debería regresar al gym. Por eso apunté “gym-si/ comida-menos/ deporte más”.

 

  • Area de Ocio: me encanta leer, algo para lo que apenas dejo tiempo. Y me gustan las exposiciones, los viajes y la música clásica. Así que hice un collage para expresar que mi ocio iba a estar lleno de arte, museos, viajes y lecturas.

 

  • Area de entorno físico: por aquel entonces, vivía con mi madre, pero tenía planes o bien de trasladarme a Madrid a vivir con mi pareja o barajábamos la posibilidad de construirnos una casa en el País Vasco, ya que él era de Bilbao (aunque vivía en Madrid) y yo vivía (y aún resido) en San Sebastian.

 

  • Area pareja/ amor: ni que decir tiene que estaba encantada con mi pareja (al que llamaba cariñosamente “koala”, de ahí la foto). Vamos lo que se dice, coladita y super –ilusionada.

 

  • Area crecimiento personal: ahí incluí un aspecto con el que he soñado largamente: los viajes solidarios a Africa a involucrarme en cuidar gorilas, asistir a niños…otro de mis sueños.

 

  • Area amigos: bueno, pues por ahí me veía todo el día de fiesta en fiesta (me encanta organizar fiestas y eventos) y saliendo al monte los domingos a disfrutar de la naturaleza.

 

Dejé en blanco, entre interrogantes, el área de la familia. No sabía como proyectarla  o qué deseaba , en una familia donde la relación con mis hermanos mayores era casi inexistente, mi hermano el anterior a mi había fallecido hacía apenas un año y la relación con mi madre, con la que convivía, era tensa y no de las más fáciles del mundo.

 

Ya veis. Así iba a ser mi mundo en 10 años.

 

5 años después, miro este mapa de las ilusiones y no es que nada se haya cumplido. Es que aparentemente, ha ido en claro retroceso.

 

Para los que no conocéis mi historia ni mis circunstancias actuales os lo explico. Mi pareja me dejó el primer día de Enero de 2011. O sea, antes incluso de que hubiera completado todos los módulos de la formación. Sigo en el mismo trabajo. Nunca viajé a Africa. Continúo viviendo con mi madre en San Sebastian.  He dejado de organizar fiestas con mis amigos, porque me volqué tanto en el cambio profesional (que todavía no se ha concretado) que me he quedado sin tiempo libre. Y lo mismo me ha ocurrido con el tiempo de ocio: viajo significativamente menos a ver exposiciones y apenas me dejo tiempo de leer o para ir a conciertos. Y mis ahorros en el banco, os aseguro que no han crecido, ya que he continuado formándome como coach, me gasté una pasta en la web, invertí en publicidad….y otros.

 

Y sin embargo te digo: no me llames ilusa, porque tengo una ilusión.

 

Pero ¿todavía la tienes? Te preguntarás después de saber todo esto.

 

Si. Todavía la tengo. Porque aunque a ratos me vence el desánimo y estoy a punto de tirar la toalla y aunque haya momentos en que me siento agotada debido a todas las vueltas que he dado durante estos 5 años sin resultado visible, ha habido otros resultados invisibles, que me hacen pensar que todavía tengo que ver llegar muchas cosas.

 

Y si te he contado toda esta larga y personal historia, no es para que me compadezcas, ni te burles, sino al contrario: es para reivindicar el valor de esos sueños, de esa ilusión  que me trajeron hasta aquí. Porque la ilusión, es ese motor que nos hace ver por medio de la imaginación lo que no existe y una vez visto con claridad, darle existencia por medio de la creatividad. A través de la imaginación se da vida a cosas que antes no existían y eso nos permite ir creando una realidad nueva en la que previamente hemos creído. Así es cómo la sociedad y las personas, avanzan y evolucionan. Y eso es exactamente, lo que yo he hecho.

 

Cierto que yo todavía no he conseguido dar vida a los aspectos externos de ese Planet Cookie donde me veía felizmente instalada. Pero sí que he dado forma a muchísimos aspectos internos propios, como la confianza personal, la fortaleza, el coraje, la determinación, el autoconocimiento y otros, que serán los cimientos de esa vida de éxito que soñaba. Por eso, desde esa profunda transformación interna,  siento que he sembrado las bases que posibilitan que esas ilusiones se cumplan.

 

Por eso hoy reivindico el valor de la ilusión como motor de vida, que nos impulsa a superarnos y evolucionar. Ese espejismo, ese sueño que me movía, por ingenuo que fuera, me impulso a recorrer caminos que de otro modo, nunca me hubiera atrevido a transitar.

 

Esa ilusión y el intento de traer a a mi vida la imagen que me creé, me ha llevado a evolucionar, a exponerme, a atreverme, a explorar. Y me ha llevado a una ardua peregrinación por un camino desconocido: el del descubrimiento de uno mismo. El del descubrimiento de los talentos propios, el de enfrentar los miedos, el de revisar mi autoconcepto, mis creencias respecto a mi misma, mi visión de la vida, mi comprensión del mundo y de las personas que me rodean. ¿Existe algo más vital?

 

Por eso, no me llames ilusa, porque tenga una ilusión. Porque esa ilusión, ese espejismo, me convirtió en la mujer fuerte y profundamente humana que soy hoy. Con plena confianza en sus recursos y sus capacidades. Y con coraje para mostrarse en este foro público con toda su vulnerabilidad. Hoy día, gracias a esa ilusión, me conozco mucho mejor como para poder redefinir ese dibujo desde mi actual concepto de éxito. Con mayor realismo y conformando esa ingenua visión de modo más específico con mis principios y valores. Y puedo contar de forma más fiable con mis propios recursos personales.  

 

Naturalmente, ha sido necesaria una gran autogestión emocional de las propias expectativas para irlas readaptándolas a la realidad.  Algo a lo que no me ha resultado fácil.  Pero el problema, nunca fue la ilusión, sino la ingenuidad. Y sin esa inconsciente ingenuidad, es probable que tampoco hubiera tenido el coraje de hacer todo lo que he llevado a cabo, como me lo demuestran quienes se han quedado sin tener el valor de explorar sus sueños.

 

Así que si miro esa “rueda” de mi planeta hoy en día, aunque en lo externo parezca haber retrocedido, en lo interno, ha habido avances increíbles.

 

La ilusión me trajo hasta aquí, mis cualidades personales actuales que he ido forjando por el camino; me llevarán el resto del camino.

 

Quizás para ti haya sido diferente. No necesitaste de ilusiones ni sueños para llegar hasta aquí. Quizás no fuiste nunca ingenuo/ ni soñado/a, sino pragmático/ y realista. Pero este ha sido mi camino y por haberme atrevido a recorrerlo, hoy me siento orgullosa, fuerte, una gran persona y una gran profesional y me celebro.

 

Así que ya lo sabes: no me llames ilusa, porque tengo una ilusión.

Y  me despido de vosotros con música, para darle un poco de alegría y humor a esta historia de la princesa del Planet Cookie.

 

No me llames iluso, porque tengo una ilusión. 

 

 

¡Hola! Soy María Díez Coach y con mi blog ofrezco un espacio de encuentro vital, reflexión y aprendizaje para personas comprometidas con su superación personal, familiar y laboral.

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Vinieron las lluvias: al mal tiempo, buena cara.

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Algo bulle en Donostia – San Sebastian estos días y  os aseguro que no es por el Festival Internacional de Cine, que está en pleno apogeo con la llegada de estrellas  como Siena Miller.

 

No. La efervescencia que noto en las personas que me rodean es mucho menos “glamourosa”. Está relacionada con uno de los temas favoritos del los donostiarras: la climatología. ¿Cómo podría ser de otro modo?

 

Y es que anteayer entró viento del noroeste y por aquí, ese viento trae bajada de temperaturas y lluvia. Así que los relumbres del verano se van apagando y volvemos a la siempre gris y húmeda Mordor – Donosti City, como yo la suelo denominar con una mezcla de cariño y guasa.

 

Y con el retorno de las lluvias y la entrada del otoño, parece que se la ciudad se anega en una marejada de lamentaciones. Os aseguro que al menos la mitad de los habitantes se contagian de un virus generador de desasosiego y malestar. Se reconoce rápido, porque apenas te encuentras con alguien, justo detrás del “hola”, “kaixo” o “buenos días”, te suelta el “¡qué horror de tiempo!” o bien “jooo ¡qué tristeza! ¡menudo asco de tiempo!” o bien “uff!!! ¡qué pereza otra vez el otoño”.

 

 

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Pero si hoy he decidido escribir sobre algo que en sí parece más bien anecdótico, es porque en el fondo, lo percibo como uno de los grandes males de nuestros tiempos. Cuando escucho estas quejas frecuentes y oigo a la gente hablar de la tristeza que les provoca la lluvia, la pérdida de luz y el otoño, no puedo evitar sentir que en muchos casos, estos sentimientos son la punta de un gran iceberg de insatisfacción vital.  Si. Sé que la luz nos afecta. Y los cambios de estación. Y puede que me equivoque, puede que no sea para tanto. Pero hay algo en mí  que se rebela cuando escucho a la gente quejarse del tiempo. Y quejarse, y quejarse y quejarse. Como si todos trabajaran el campo y su fuente de sustento dependiera del tiempo que hace. Como si sus vidas quedasen arrinconadas o en suspenso durante estos meses de otoño e invierno, aletargados a la espera de una nueva primavera. Como si no hubiera cosas más importantes, de más peso y mayor calado en sus vidas.

 

Quizás no tenga mayor importancia, quizás soy en exceso susceptible…pero creo que no hace falta tener una intuición de coach para sentir cuanta falta de pasión, cuanta falta de propósito vital y cuanto aburrimiento y rutina se esconden bajo toda esta queja continua y reiterada en determinadas personas. Y sobre todo, cuanto autoengaño. Cuanto mirar de lado y no querer hacerse responsables de los verdaderos problemas con los que viven.

 

¿Cuales son? Supongo que hay cientos. O miles. Una casuística enorme. Pero en su esencia, podrían resumirse en estos pocos que aquí te detallo.

 

¿ quizás te reconoces en alguno?

 

1-      no te apasiona tu trabajo. Y ni siquiera te atreves a reconocerlo. O bien lo reconoces, pero no haces nada por cambiarlo. Así que la triste perspectiva de estar metido de lleno en él hasta las siguientes vacaciones, te mata, te apaga. Te corroe. Si…lo sé. Es horrible estar en un trabajo que nos asfixian, donde nos sentimos muertos en vida.

2-      No consigues disfrutar del presente. Los días se encadenan unos con otros iguales, monótonos y aburridos. Sin ningún aliciente. Sin nada que los haga diferentes.

3- Tu vida no tiene otros horizontes ni a corto ni largo plazo que no estén relacionados con el ocio y la diversión inmediata. No conoces aspectos emocionantes e increíbles de las personas como la satisfacción personal por quien eres, por tu impacto en el mundo y lo que entregas a los demás. Aspectos como la belleza de amar profundamente y ser amado o la elevación de crear, inventar o admirarte con lo que te rodea y sentirte agradecido por las cosas más pequeñas.

4-      No tienes suficiente tiempo libre en tu vida y por consiguiente, tu vida no está equilibrada.  Tiempo para tu familia, para tus amigos. Para la creatividad o el doce far niente. O para reciclarte, aprender y desarrollarte. Y volverte cada vez más valiosa para tu profesión y para los que te rodean. Para lo que quieras. Lo mejor de tu vida, se lo das al trabajo ( aunque no quieras) o a personas que te chupan la sangre como vampiros energéticos. O bien tienes tantas obligaciones y tareas, que vas corriendo de una actividad a otra con la lengua fuera, hasta caer rendida por la noche sin haber disfrutado de un solo momento de bienestar en exclusiva para ti.

 

¿Te suena alguno de estos problemas?

¿Son ellos o el otoño y las lluvias lo que hace que vivas con el corazón caído?

 Claro que no son ellos. Que eres tu. Y duele reconocerlo. Y te avergüenza. Pero hay una parte positiva en ello. Porque si tienes la valentía de mirarlos de frente,  cada uno de estos aparentes problemas, encierra una invitación para ti.

 

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Por ejemplo, este mismo año he trabajado con una cliente que tenía claro que no quería dejarse la vida en un trabajo sin perspectivas de futuro. Donde nunca tenía otros medios para hacer bien las cosas que trabajar mil horas sin recompensa alguna. Desmoralizada y desgastada, sentía que el trabajo acababa con ella. Acudió a mí buscando un cambio, una posición profesional  más apasionante y divertida para ella y para su familia. Ahora está al frente de su propio negocio familiar.

 

También puedes aprender a prestar atención a tu tiempo. Pensar en lo que realmente te importa y trabajar en dedicarle tu atención un poco más cada día. Vivir de forma cada vez más congruente con quien eres, llevándolo a cada acción cotidiana. Es un tema que me apasiona y que trabajo en sesiones de coaching y mentoring.

 

Y puedes trabajar en entender si tú llevas el volante del coche de tu vida y hacia dónde se dirige la carretera que sigues. Y entender si ese camino es lo que tu sientes adecuado para tu vida. Y sino, opta por cambiar el rumbo.

 

Ten un poco de imaginación para convertir cada día en una grata experiencia. La vida puede ser apasionante cualquier día de la semana. Incluidos los lunes. Busca actividades que te nutran, cosas nuevas, momentos mágicos. Recuerdo con especial cariño una época en que los lunes acudía a clases de arte y luego al salir, iba a un bar cercano a picar algo con las compañeras que conocí allí. Por aquel entonces, el lunes era de mis días favoritos.

 

No te resignes. No te apagues. No pases planeando sobre la vida. Si te sientes vacío o infeliz en algún aspecto, busca  volar un poco más alto para alcanzar una posición laboral, personal o profesional más apasionante, divertida o interesante. O que te produzca mayor satisfacción personal. Sólo tienes que decidirte, dar el primer paso. Y ponerte a ello.

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Vamos…el otoño y las lluvias no tienen la culpa. Si. Es cierto. La lluvia es incómoda, molesta. Pero no es ácido sulfúrico. No te deshace, no te mata.  Pero la falta de horizontes, las relaciones vacías, los trabajos que te aburren o el vivir estresado, sin sentirte dueño de tu tiempo y sin retos,  ni desarrollo personal, son como  una muerte en vida.

¿Hace cuanto tiempo que te falta ilusión, alegría o humor? ¿Hace cuanto tiempo que no juegas a dejarte empapar por la lluvia? Si. La lluvia moja. Pero  también limpia, alimenta,  revitaliza. Y el otoño está aquí no para entristecerte y que te enclaustres, sino para recordarnos la fugacidad de la vida e invitarte a que la vivas, la disfrutes y la aproveches. Introduce ilusión, un poco de chispa, un poco de locura en tu vida.

 

Está en tu mano cambiarlo todo en tu vida y empezar a crear la vida en la que crees. Está en tu mano decidir cómo serán este invierno y este otoño. Está en tu mano aupar tu corazón. Y yo estaré aquí para acompañarte y apoyarte en el camino que decidas crear y recorrer.

 

 

 Y tú: ¿qué cara le vas a poner este año al mal tiempo?

 Como despedida, hoy os dejo más abajo la historieta de lo que me ocurrió ayer con la lluvia, convirtiendo el inicio de este otoño en un momento encantador,  de puro absurdo.

 

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Aquí me teneis ayer tarde, saliendo para un tour de pintxos, acompañada por mi bolso de gato.
Aquí me teneis ayer tarde, saliendo para un tour de pintxos, acompañada por mi bolso de gato.

A pesar de que el viento era desapacible y todo el mundo decía que hacía malísimo, lo cierto es que no llovió en toda la tarde. Y a mi me pareció que la temperatura era estupenda así que decidí que nada de botas de invierno, ni vaqueros. ¡A mi me va a asustar un poco de lluvia! ¡Al mal tiempo hay que plantarle cara! Por eso, me puse vestidito y zapatitos de salón.

Todo fue bien hasta que regresaba a casa caminado por el Paseo de La Contxa. Y justo cuando estaba en la mitad del Paseo, sin posibilidad de buscar refugio,  me cayó una tromba que no os lo podeis “de creer”. En menos de un minuto, me quedé empapada.  Me entró agua en los zapatos,  así que me resbalaba dentro de los mismos , resultandome por ello complicado avanzar rápido. Y para colmo de males,  comencé a notar como los tacones me agudizaban las agujetas del retorno al gimnasio (que hasta ese momento no había notado), de forma que casi no podía ni avanzar.

Esos inesperados y nimios incidentes, hicieron que  me encontrara “atrapada” en medio del diluvio universal, sin poder escapar a la chaparrada. Me sentía totalmente absurda.  Y no tenía  demasiadas  opciones para salir de allí. La primera, pasaba por quitarme los zapatos y caminar descalza para ir más rápido, rezando por no pisar un cristal, ya que de noche no veo tres en un burro. La segunda (que fue la elegida) era nano- avanzar a pasito de geisha, como si no tuviera prisa alguna, mientras me caían encima chuzos de punta. Así lo hice. Pero al imaginarme la imagen tan patética que ofrecía, empapada como una marsopa y caminando como una geisha bajo una lluvia torrencial,  me atacó una risa irrefrenable, agudizada por los txakolis que me había tomado durante el tour, ralentizando aún más mi paso.  La verdad es que no podía parar de reírme ante lo grotesco de la situación y lo ridículo de todo el conjunto de circunstancias.

Enfin….Que llegué a casa hecha una sopa, pero la impresión de esa lluvia todavía permanece en mi corazón. Y mientras escribo esto, todavía parece que me caiga encima y me esboza una sonrisa.

 

Que tengas una gran semana y te «caigan muchos chaparrones» .

 

 

¡ Arriba los corazones! ( wild at heart)

Viñeta de "Diario de una volatil" por  Agustina Guerrero.
Viñeta de «Diario de una volatil» por Agustina Guerrero.

 

Cuando leas este post, yo ya no estaré aquí. No lo digo con ánimo dramático, sólo en sentido físico. Hoy estoy escribiendo desde el hotel donde pasaré la última noche de mis vacaciones, en un lugar llamado Piedras Blancas (Asturias). Es un sitio sencillo, sin pretensiones y tan cerca del mar, que ahora mismo estoy escuchando las olas romper en la playa de negra arena. Al llegar, nos ha sorprendido mucho el color. Nos han explicado en el hotel que ese tono, no es otra cosa sino el carbón que arrastran las aguas del Nalón a causa de la actividad minera. Algo más que he aprendido en este viaje.

 

 

No sé que os parecerá a vosotros el lugar.Yo le encuentro un encanto especial a esta playa de aguas bravas. Quizás porque es la última que voy a descubrir en este viaje. Y porque me seduce especialmente saber que hoy me dormiré escuchando el mar como despedida de estos días. Será un sonido que podré evocar con facilidad en mi mente en esos momentos de regreso a los días grises y a la oficina, en los que a ratos piensas “ ¡oh Dios mio!…¿qué hago yo aquí metida?”. Y así tendré una “estructura” que en esos momentos de bajón (que los habrá) me ayudará a conectarme con lo que he vivido en estas vacaciones.

 

Aclararos que no han sido unas vacaciones divertidas. Viajar con mi madre de 80 años, con las limitaciones que le impone su rodilla y un estado de ánimo que cuando salimos de Donosti, era lo más parecido al de Jack Nicholson en “El Resplandor”, no es precisamente lo que considero un plan divertido.  Pero han sido unas vacaciones FANTASTICAS.

 

¿Contradictorio? No. Para nada. Como me dijo con mucha sabiduría un amigo, ”maduramos cuando renunciamos a estar divertidos, a cambio de estar satisfechos María”. Y ha habido mucho de viaje de maduración en estas vacaciones, como lo está habiendo durante estos últimos meses.

 

Te cuento….

 

Ya os hablé en mi último post de lo cansada y baja que he estado este verano. Supongo que por eso, el primer día de vacaciones volví a encontrarme en una situación similar (aunque por otras causas)  a la que viví en Madrid, camino de Marrakech, en la última ocasión que aquí os narré ¿lo recordáis? ( Puedes leerlo aquí): yo llorando como una magdalena, mientras mi madre dormitaba al sol en un banco.  En este caso, sólo cambié el escenario de la Plaza Mayor de Madrid por el frente de Playa de Laredo

 

 

¿ se convertirá esto en un clásico vacacional?
¿ se convertirá esto en un clásico vacacional?

 

 

Pero aunque el primer día todavía sentía que arrastraba la tristeza que me ha acompañado este verano, ya el segundo día empecé a remontar. Bien por el estímulo de los paisajes nuevos, o por el tiempo recuperado para el ritmo que uno mismo se marca, o por  la buena gastronomía que tenemos en este país, lo cierto es que yo en cuanto viajo, me vengo arriba. Dame kilómetros para recorrer rumbo a lo desconocido y que haya arte o naturaleza o ambas juntas y recupero la ilusión con una facilidad asombrosa. Enseguida me conecto mi parte más pura, más esencial: esa parte de nosotros mismos que muchas veces queda apagada entre la vorágine del día a día, el cansancio acumulado,  las preocupaciones, las prisas, los miedos…. ¿No os ocurre lo mismo?

 

Recuerdo el momento concreto, en la playa salvaje de la Vega, cerca de Ribadesella, cuando todo empezó a dar la vuelta. Sentada en la arena bajo un fuerte viento, tan agitada y revuelta en mi interior como el mar de la playa, miraba a mi madre caminar por el agua. Si yo estaba triste y desorientada, sabia que mi madre estaba feliz de encontrarse en aquella playa espectacular. Y es que desde que tuvo el accidente y se quedó con la rodilla mal, son pocas las ocasiones que tiene de estar en la playa porque ha perdido confianza para ir sola.  En ese momento, me sobrevino uno de estos momentos «¡Oh cielos! Y yo sin darme cuenta!». Un momento de puro descubrimiento. Fue ni más ni menos, como un fogonazo de lucidez:  cayó sobre mí la consciencia del regalo de estar allí y me inundó la emoción.  Sentada bajo el sol, con el sabor salado que me traía el viento, sin nada que hacer en las próximas horas, sin un rumbo, sin otra intención que no fuera disfrutar de lo que surgiera, viendo a mi madre pasearse entre las olas, el corazón se me inundó con  la calidez de una felicidad repentina.  Fue como si de pronto, me pusieran esa imagen en una pantalla de cine con un único subtítulo: “Disfruta. Vive. Ama. Comprende la vida.

 

Me impresiono tanto, que hasta me hice un selfie para acordarme de ese momento de lucidez vital.

 

¡De veras que odio los selfies!
¡De veras que odio los selfies!

 

Desde ese momento, todo lo que ocurrió empezó a adoptar la forma de un increíble regalo. Así de simple. Porque volví a conectarme con mi corazón, ese corazón salvaje que llevo dentro y que vive encendido en loca pasión por la vida.

 

Si….los que me conocen lo saben….aunque a veces yo misma me olvide. Y es que tengo un corazón salvaje, loco y hambriento, que disfruta yendo sin rumbo, conduciendo o a pie, por el simple placer de vagar, de mirar, de descubrir a cada vez el color de la vida. Es ávido de horizontes, de aventuras, de vientos fuertes y salinos o fríos de nieve o cálidos de sol. Y no se resigna a que le digan qué caminos debe recorrer, cómo debe sentirse o quien debe ser.

 

Tengo un corazón capaz de temblar de miedo, tambalearse, caerse ..… pero que siempre sigue adelante, pase lo que pase. Y siempre regresa a si mismo y es capaz de seguir latiendo con pasión inagotable porque en el fondo, aún en los momentos de mayor oscuridad, confía en que siempre habrá cerca o lejos, cosas con las que extasiarse, personas con las que maravillarse, auroras o atardeceres por contemplar en algún sitio. Y por eso, nunca permanece apagado demasiado tiempo.

 

¡Qué gran regalo es tener ese corazón que a veces tan poco cuido y tanto me da!

 

Y en estas vacaciones, ese mismo corazón, se fue reencontrando a si mismo a cada kilómetro recorrido. Fue latiendo más fuerte con cada curva conducida. Con las búsquedas de hotel en las carreteras oscurecidas por las sombras de los eucaliptos,  en una noche de meigas en que por querer disfrutar de la bellísima playa de Viveiro,  se nos hizo muy tarde y parecía que iba ser imposible encontrar un lugar donde dormir en aquellos pueblecillos dispersos a los lados de las carreteras comarcales, camino de Ferrol. Esto ocurrió porque viajamos normalmente sin itinerario definido, a lo que surja, para poder disfrutar de la sensación de aventura que nos da la libertad de ir sin rumbo.

 

playa de Area

 

También ese corazón se extasió al escuchar las gaviotas chillar toda la noche en A Coruña, como en otros viajes se extasió al escuchar la berrea de los ciervos. Y se ensanchó al ver tanto arte y belleza en los lugares a en los que paró. Y se regocijó en la compañía de otras personas que fue encontrando en su camino. Recordó que estaba vivo y dispuesto a sentir a cada minuto, recuperando una mirada correcta sobre la vida porque está llena de amor. Esa es la mirada que nos permite entender quienes somos en realidad, qué nos mueve, qué nos importa y a qué aspiramos en la vida.

 

Porque ya sabes que no puede verse bien con los ojos y que la verdadera mirada auténtica y libre es la mirada del corazón.

 

Y ha sido ese corazón quien ha SENTIDO que los ingredientes para que haya unas excelentes vacaciones son sencillos: poder tener tiempo para pasarlo con nosotros mismos y los que  queremos y nos importan, haciendo cosas que nos nutren y nos acercan a quienes somos,  durante el tiempo suficiente para desconectar por completo de nuestras rutinas. Y eso, sin duda, lo he tenido en abundancia en estos pocos días.

 

Por eso, estas vacaciones, han sido en su esencia unas buenas vacaciones, auque no haya habido diversión. Pero me han permitido vivir instalada durante unos días en muchos de mis valores: movimiento, aventura, novedad, curiosidad, armonía, belleza y libertad. Y familia.  Desde ahí, he podido regresar al mundo de las posibilidades, al mundo de la no determinación. Pocas cosas son tan grandes como sentir dentro de uno mismo la sensación de no estar limitado, de poder elegir quien se quiere ser, dónde se quiere ir o donde ha elegido uno quedarse, aunque se quiera ir a muchos lugares. Para mi, eso es madurez, eso es libertad, eso es viaje interior.

 

Lamentablemente, vivimos en una sociedad compleja, inmersos en situaciones que sin revestir en muchas ocasiones gravedad, nos separan y nos distancian de quienes somos en realidad. Lo veo continuamente a mí alrededor: entre mis clientes, mi familia, mis amigos…e incluso a veces, como ha ocurrido este verano, en mi misma. Vamos por la vida con el corazón caído. Cautivos de emociones que no controlamos, revolcados por una sociedad cambiante y exigente y además, conocedores de realidades dramáticas  a nuestro alrededor, que nos hacen sentirnos culpables por no ser capaces de sentirnos bien; por no ser super-felices con lo que está pasando  en el  resto del mundo, cuando nosotros somos unos privilegiados. Y por eso, acabamos  con la cabeza separada de nuestro corazón, desconectados el uno del otro, causándonos una inquietud inexplicable y una permanente desazón. Y así vivimos: con la cabeza tirando de un lado, el corazón sintiendo algo totalmente diferente,  desorientados, estresados y apagados sin saber la razón y encima sintiéndonos culpables.

 

 

Por eso hoy estoy aquí para recordaros que probablemente, vosotros también tenéis un corazón hambriento de vida, sediento de pasión, latiendo en vuestro interior. Seguro que lo habéis sentido durante las vacaciones, y quizás ahora lo hayas aparcado para tu día a día. Recupéralo por favor.

 

 

Todos tenemos un  corazón salvaje y demasiadas veces se nos olvida. Se nos olvida, cuando es nuestro motor, nuestra fuente de felicidad.  

 

Y es responsabilidad nuestra alimentarlo. Darle savia, darle gasolina, darle de comer lo que quiera que necesite tu corazón para sentirse vivo. En mi caso, es  aventura, es humor inteligente, es creatividad, fantasía, proyectos, contacto con personas inspiradoras. Y es arte y naturaleza y belleza. Y sentirme íntegra, coherente y responsable de mi vida. Sin esos ingredientes en mi vida, mi cabeza y mi corazón se  distancian, creando división, haciéndome percibir la vida  desde el miedo y la carencia, en vez de vivirla desde el amor y la abundancia.

 

Y aunque normalmente presto atención a tener ese coctel de ingredientes en mi vida, no siempre es fácil conseguirlo. Nuestro estilo de vida no suele ayudar. Y en mi caso además, se complica porque mi tendencia natural es la de actuar como una “super woman” llenándome de actividades, tareas y responsabilidades, olvidando dejar suficiente espacio a mi corazón para que vibre y baile, como ha hecho estos días.

 

Podium boteriano en Avilés: medalla de oro, plata y bronce.
Podium boteriano en Avilés: medalla de oro, plata y bronce.

 

No sé cuanto me durarán esas sensaciones una vez regrese. Hoy todavía, cuando conducía de vuelta y he parado a repostar, me sentía tan alegre en mi interior que me he puesto a bailar en el parking de la gasolinera, hasta donde llegaba  la música de un chiringuito cercano. ¡Qué queréis!….mi corazón es muy bailongo y cuando le presto atención, cuando vivo desde él, apenas oigo música se me van los pies y el cuerpo les sigue.

 

Este poste se me convirtió en una improvisada barra de pole dance.
Este poste se me convirtió en una improvisada barra de pole dance.

Quien sabe…quizás algún día me encuentre en un video por youtube, con las pintas de asilvestrada que se me ponen con mi ropa vieja cuando viajo en plan movie road, bailando como una insensata en el parking mientras los demás miraban el futbol. Pero si lo encuentro, que me sirva para recordar una vez más quien soy: la chica de corazón salvaje, que se vuelve tan loca cuando conecta con sus valores  que baila en una solitaria fiesta interior. La que según mi madre,  maldice como un camionero cuando un estúpido con la “L” le adelanta a 140. La que sabe que el mundo sigue ahí, dispuesto a ser mejorado y a llenarse de amor, belleza y poesía a través de nosotros, de nuestras vidas, de nuestra pasión y entrega personal.  La que sigue esperando para ser la coach de mujeres y hombres de corazón salvaje. Y la que confía en que, como ella, habrá cada vez más personas conscientes y orientadas,  decidiendo quienes quieren ser, cómo van a vivir y cómo van a aupar sus corazones, en los próximos meses, en los próximos años.

 

Es momento de regresar. Yo aquí seguiré, en mi blog, trayéndos la mirada de mi corazón, la mirada coach. Una mirada llena de amor, desafío y emoción con la  que espero ayudaros a encender  vuestros corazones.

 

 Y tú: ¿cómo vas a mantener arriba tu corazón este otoño?

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