Bienvenido, otoño querido.

hoja de otoño

 

Aunque durante el otoño la naturaleza saca a relucir sus mejores colores y se muestra en todo su esplendor,  hay muchas personas a las que esta estación les hace sentir tristes. Los días cada vez más cortos, la falta de luz y las condiciones climáticas más duras, les llevan a la melancolía  y hacen que sientan esta estación como un periodo de “molestia necesaria”.

 

Lo cierto es que ni el otoño, ni su camarada el invierno, resultan demasiado populares: muchas personas desearían borrar estas estaciones y oscilar tan sólo entre el verano y la primavera. Y sin embargo, ambas nos ofrecen un abanico de posibilidades que pocas veces sabemos apreciar. Nos son tan necesarias a las personas, como en su día fueron lo fueron a las cosechas.

 

Todos sabemos que el otoño es la estación de declive de la naturaleza. Tras la exhuberancia de la primavera y la abundancia del verano, llega la recolección y la naturaleza se repliega para recuperarse durante el invierno y poder resurgir en un nuevo ciclo. Esto lleva a la desaparición de los colores, que se van apagando a medida que se marchitan las flores. Los árboles, después de su “canto del cisne” cromático, van desnudándose poco a poco y la tierra se va endureciendo a medida que llegan las primeras heladas. La naturaleza, en su conjunto, se silencia,  se recoge y nos invita a hacer lo propio.

 

¿Estamos preparadas las personas para ello?

 

Vivimos en un mundo en el cual nos hemos desconectado totalmente de los ritmos naturales. Hiper-estimulados de la noche a la mañana, resulta cada vez más difícil pasar tiempo con uno mismo. El otoño es una invitación a prepararse para recogerse en el  silencio del invierno que le seguirá para disfrutar los frutos que hayamos cosechado durante “el verano”.

 

Y el silencio y la quietud, llevan de forma natural a la introspección. A estar en relación con uno mismo. Algo que suele asustar. Quizás porque nadie nos ha enseñado como hacerlo.  Nos han enseñado justo lo contrario: a estar fuera de nosotros mismos, ávidos de estímulos, evadidos en muchos casos de nuestras verdaderas necesidades y sentimientos.  Por eso algunas personas sufren en otoño; no están preparadas para reencontrarse consigo mismas.

 

Si  hemos aprendido a estar en buena relación con nuestro silencio interior, nos gustará el otoño. Pero si miramos a nuestro alrededor, veremos que la mayor parte de las personas viven en una profunda desconexión de sí mismos; siguiendo patrones y deseos que otros les han  “impuesto”.  O bien escapando de vivencias y emociones que no han podido gestionar y han enterrado “bajo el follaje” de la actividad social. En ese sentido, los vientos de otoño, si se lo permitimos, igual que barren las hojas, barren nuestro “follaje mental”, dejándonos desnudos con nosotros mismos: con nuestras miserias y nuestras grandezas.

 

El otoño nos invita a desnudarnos de ruido externo, a acallar el parloteo de la mente y  a acompasarnos a la quietud de la naturaleza para volver a conectarnos con nosotros mismos. Podemos así permitirnos reflexionar con sinceridad sobre las ideas y creencias con que construimos nuestra realidad y cambiarlas si lo deseamos. Es una ocasión creativa única: nos posibilita  recapacitar, analizar y  plantar “nuevas cosechas” si fuera necesario.

 

El otoño nos brinda saborear y acrecentar nuestra madurez interior. Abrirnos a nuestra autoobservación, a la posibilidad de desarrollo de la vida interior. Ponernos en contacto con nuestro mundo espiritual. Y cuando hablo de mundo espiritual, no hablo de ir a la búsqueda de lo extraordinario: lo extraordinario reside en la profundidad de lo cotidiano y ordinario.

 

El ralentizarse de las funciones naturales nos invita a adoptar un ritmo más a nuestra medida que nos permita vivir intensa y conscientemente cada momento. Nos invita a darnos cuenta de la belleza y misterio que supone cada nuevo día y sentirnos agradecidos por ese privilegio. Nos invita a asombrarnos con cada color, con cada hoja que vuela, cada copo de nieve que revolotea aparentemente perdido en la inmensidad.

 

Ese es el otoño. Aceptar su invitación es todo un desafío a construirnos como personas más completas y conscientes.

 

Por eso, yo le digo: “bienvenido, otoño querido.

 

Y tu: ¿aceptas la invitación del otoño a construirte como persona?

 

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