Bendito Amor de Madre

 

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Gracias a todas esas madres que han sujetado nuestras manos.

 

Guardo pocos recuerdos de infancia. Tan pocos, que ni siquiera recuerdo el momento en que me tomaron esta foto a pesar de que  fue en uno de los días más felices de mi niñez: el día en que tomé parte en el desfile de la tamborrada infantil con motivo de la festividad del patrón de la ciudad, San Sebastian.

 

Encontré la foto por casualidad el año pasado y mi hermano el segundo, al verla, afirmó que fue él quien la hizo, allá por 1977 o 78…. No estamos seguros. Pero al mirarla, todos sentimos que ha transcurrido una eternidad. En esos detalles uno entiende que se va haciendo mayor. Tendría yo sobre los 8-9 años y el uniforme de cantinera que llevo es el de las Escuelas Francesas; un colegio pequeño y de mentalidad muy avanzada para la época,  hoy ya desaparecido. Observo que apenas se me ve la cara, tapada por el tul de la lazada que sujetaba mi sombrero. Una opinión muy  generalizada era que nuestro uniforme resultaba de los más elegantes del desfile. Un desfile que recomiendo a todo el mundo, pues aparte de la vistosidad de los uniformes de los diferentes colegios, pocas cosas pueden igualar la belleza de ver a casi 5000 niños con los ojos brillantes de alegría.

 

La salle

Algo que sí recuerdo de ese día,  es que lució el sol. Bueno, o al menos, no llovió. Que para un donostiarra es algo inaudito y más en el mes de Enero. Lo normal de aquella época era que la lluvia hiciera que el desfile infantil se pospusiera un domingo tras otro, a la espera de un día de clemencia metereológica. Esperando, esperando, en alguna ocasión el desfile  llegó a celebrarse en el mes de Marzo. Pocas veces me recuerdo escuchando el tiempo con tanto interés como en las vísperas del 20 de Enero.

 

La mujer que sujeta mi mano es mi madre. Mi madre, que cuidaba de nosotros 4 y se desvivía cada día de San Sebatian para poner a punto los uniformes;  primero de mis 3 hermanos mayores, que desfilaron uno tras otro con el colegio La Salle, y luego el mío.

 

Había que repasar los botones dorados de las guerreras y las polainas,  planchar la raya de los pantalones, enderezar los copetes de los sombreros, blanquear los guantes que heredaba un hermano tras otro…En mi caso, se ocupó hasta de ponerle azulete a la banda de raso de la que colgaba mi barrilete y ella misma me confeccionó la falda a la que repasó mil veces las tablas. A todo eso, se añadía preparar la cena de la Víspera  y la comida del Día de San Sebastian.

 

Ahí posa sujetando mi mano, tranquila y elegante, como si nada. Cómo si no se hubiera acostado el día anterior de madrugada después de haber trabajado en la oficina y en casa. Todavía no he logrado saber como pudo conseguir que me incluyeran para desfilar cuando en mi escuela las plazas eran escasísimas. Pero de mis recuerdos de niñez, ese fue sin duda de los más bonitos, de los que más atesoro.  Todo eso y cuanto más, hacen por nosotros esas mujeres que darían la vida por nosotros. Bendito amor de madre.

 

Bendito amor de madre que nos nutre y protege en nuestra infancia y nos ayuda a transitar por la vida sujetos por esa mano que pretende evitarnos los tropiezos y las dificultades, a su modo. Y digo a su modo, porque aunque lo deseable es que esa misma mano nos invite a soltarla llegados a un punto del recorrido, no siempre es fácil para ellas asumirlo y darnos el espacio para encontrar nuestro propio camino….Si. Si algo tiene el papel de madre es que es de todo, menos fácil. No es fácil en todas ocasiones dar leche para alimentar y saber dar miel para calentar el corazón. No es fácil mantener las sabias dosis de dulzura y firmeza que requiere la educación de un niño. No es fácil saber mantener esa mano abierta, amando para la libertad,  y a la vez tendida, por si necesita volver a sujetarnos cuando todo nos falle.

 

Y no es fácil sobre todo, porque muchas de esas madres han aprendido sobre la marcha, huérfanas de un modelo que seguir, en una época en la que sobrevivir era lo más importante y el resto, accesorio.  Por eso es tan importante revisar esa parte de nuestra herencia y hacer las paces con esas madres y su amor infinito, en lo bueno y en lo malo. No se puede hablar de madurez emocional en la persona si no se logra asimilar y superar esa herencia de creencias, roles y costumbres que nos legan, así como la particular forma de vivir la relación materno-filial que nos han transmitido nuestras madres.

 

Uno de los pasos más importantes y necesarios en nuestra construcción como personas es revisar la herencia emocional que nos han transmitido: entender qué parte de ella queremos conservar y de qué parte queremos desvincularnos para construir una identidad propia.

 

Sin duda, no todo lo recibido será válido, ni deberá quedarse. A veces, nos quisieron, pero por no saber hacerlo mejor, nos quisieron malamente, como pudieron. Supliendo la calidad con cantidad. Nos querían mucho, infinito, pero no sabían querernos mejor, aunque nunca tuvieran otro deseo mayor que ese: el de darnos todo su amor.

 

Entender que aquello que nos mostraron y recibimos es lo que consideraban lo mejor, es llenarnos de paz. Dejar partir aquello que no corresponde sin acritud ni rencor es un acto que iguala en cantidad de amor al que ellas nos dieron. Tener la humildad de agradecer lo recibido sin avergonzarnos es entender la grandeza de ese amor de madre y honrarlo como se merece.

 

Si. Hay muchas personas que a pesar de querer a sus madres se avergüenzan de aspectos de ellas o guardan reproches respecto a lo que era esperable de ese rol y no cumplieron. Yo conozco a varias. ¡Qué gran desgracia para ellos no saber liberarse de ese rencor! Es como si perdieran el amor dos veces: el de su madre y el suyo propio. Porque el amor por uno mismo que derivará en sana autoestima, no puede empezar si antes no se ha hecho las paces con sus orígenes y sus progenitores.

 

Por mi parte, son muchas las cosas que he tenido que desaprender del modelo de amor que me transmitió mi madre. Pero son infinitamente más las que me quedo, las que he heredado y a las que hoy quiero homenajear.

 

Entre ellas destaco:

 

–           inagotable curiosidad y gusto por seguir en constante evolución y aprendizaje.

–          sentido de la independencia económica ( el otro, el sentido de la independencia emocional ha sido una conquista mía)

–          capacidad de esfuerzo y superación

–          inquietud cultural y mundología.

–          gusto estético y gastronómico.

–          Vitalismo.

–          Sentido artístico

–          Amor por la naturaleza y los animales.

–          Generosidad y capacidad de compromiso.

–          Sentido de la justicia y bondad hacia los menos favorecidos.

 

Supongo que olvido muchas cosas, pero este no es un acto para ser exhaustiva, sino agradecida.

 

 

Y tú: ¿qué cosas bendices y qué cosas quieres dejar de ese amor de madre?

Soy María Díez Coach y con mi blog ofrezco un espacio de encuentro vital, reflexión y aprendizaje para personas comprometidas con su superación personal, familiar y laboral.

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8 comentarios en “Bendito Amor de Madre

  1. ¡No tengo nada más que decir! ¡¡Lo has transmitido divinamente!!

    “Entender que aquello que nos mostraron y recibimos es lo que consideraban lo mejor, es llenarnos de paz” Aceptar.

    Que disfrutes a lo grande de este día ¡que de momento el sol brilla por su ausencia! pero nos sorprenderá (esperemos, que la esperanza nunca se pierde)

    Que suenen los barriles y los tambores…

    • ¡Gracias Ana! ¡cuánto pasan las madres y qué haría el mundo sin ellas! Va también por tí, que sé cuanto te afanas para ser mejor madre cada día. ¡qué suenen los tambores y que todos se unan a la fiesta, excepto la lluvia!

  2. MARIA me emociona lo que cuentas pues es tan verdad, bendito amor de madre, la mía saco adelante a seis hijos, nos hacia ropa, nos preparaba para el colé todos los días, la comida, y todo lo que conlleva una casa con ocho personas e incluso estuvo mi abuela que también cuidaba y a mi tío hasta q murieron, también cuido a mi hermana Loli q a los 17 tuvo un grave accidente y estuvo varios meses en la cama, mi madre Una campeona. Y yo a día de hoy no la he oído quejarse ni una sola vez de ninguno de esos momentos duros para que saliéramos adelante, ni siquiera si la dejábamos descansar o no, si le dábamos espacio o no, siempre esta ahí, por eso ahora la adoro mas que a nadie en este mundo por su entrega incondicional por el amor tan grande que a su manera nos dio y nos da.

    • Es que las madres sois todo dar: dar vida, dar amor, dar cuidados…excepcionales en tantos sentidos y muchas veces poco valoradas cuando los hijos crecen, juzgadas y sin recibir apenas nada de lo que ellas dieron. Disfruta mucho de tu mami, y disfruta de ser madre Clara. Porque ya solo eso te hace excepcional.

      • Si lo que puedo cuando estoy con ella, y tú tendrás q hacer otro post de los hijos, pues eres una gran hija, que has tenido la sabiduría y bondad de descubrir y darte cuenta de la magia y el amor de madre.

  3. Estoy totalmente de acuerdo contigo María, la madres nos quieren lo mejor que saben, aun con sus errores, ya que no son perfectas, son seres humanos con sus inseguridades, sus temores y sus complejos, pero en mi caso sin duda es infinitamente más lo que tengo que agradecer que lo que podría “reprocharle”, cosa que además no pienso hacer, ya superé esa etapa adolescente.
    En mi caso puedo agradecerle el amor por el arte y la cultura, la curiosidad constante por aprender y evolucionar, el gusto por viajar, la capacidad de afrontar las dificultades, la resiliencia, el gusto por ayudar a los demás, etc
    Gracias por ayudarme a recordarlo con tu post.

    • Gracias a ti Laura por compartir con nosotros todo lo que has heredado de tu madre. Creo que se debería crear un dicho que dijera: “detrás de cada gran mujer, hay una gran madre”. Un fuerte abrazo y que sigas disfrutando de toda esa herencia!!

  4. María: Te dije que leería tu texto con cariño, por ser tuyo. Además, lo he leído con verdadera emoción… Sé que en el llamado amor de madre hay mucho tópico y que no todo es idílico; que en las relaciones materno-filiales no todo es generosidad ni desinterés y en este sentido hay aspectos que sanar. Con todo, y salvo excepciónes (la verdad, yo no conozco muchas…) el amor generoso, callado, constante, incondicional de una madre es algo maravilloso y, que en momentos duros, le hace a uno sentirse acompañado y (un poco) más seguro. También este amor le hace a uno pensar con gran tristeza y melancolía que cuando nuestras madres partan nos vamos a quedar mucho, muchísimos más solos… Aunque haya personas muy cerca de nosotros.

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