AGOSTADA: situaciones que nos marchitan

Atreveta a provocar los cambios

 

Parece que haya transcurrido un siglo desde que regresé de mi viaje a Marrakech, allá por Abril. Y lo único que he hecho, casi sin excepción, ha sido trabajar, trabajar y trabajar. No en mi proyecto como hubiera deseado, sino en el empleo que me da de comer mientras voy construyendo a pasito de hormiga la visión profesional que he elegido para mi futuro.

 

No era algo que esperaba, no era algo con lo que contaba. Al contrario. Es algo que estoy luchando por cambiar. Pero así ha ocurrido, por más que me pese.

 

Y me pesa sobretodo, porque la extrema sobrecarga de trabajo de este año  ha repercutido en una merma considerable de mi energía y mi calidad de vida en estos últimos meses. Ha desbaratado algo tan esencial y preciado para mí como es mi equilibrio vital: ese delicado balance entre el cumplimiento de nuestras funciones, el descanso necesario para el cuerpo y el alimento del alma, que nos permite enfrentar cada día con ilusión renovada. Sabiendo de antemano que será un gran día, porque en él encontraremos todo lo necesario para ser útiles, disfrutar, nutrirnos y desarrollarnos.

 

Al principio mantuve el tipo  durante los meses de Abril y Mayo. Cuando hablo de “mantener el tipo”, quiero decir que todavía continué trabajando sobre mi proyecto personal  aunque fuera a medio gas y mantuve el continuar con el deporte de la forma habitual. Dos de las 4  maneras que tengo de cuidar de mí en este momento de mi vida. Así que ni tan mal. Sin embargo, y debido a la tensión originada por una falta de medios endémica en la empresa en la que trabajo y mi carácter que se siente responsable hasta más allá de donde debería,  entré en una fase de insomnio espantosa. Por esta causa, para el mes de Junio arrastraba ya un cansancio tan importante,  que me hizo tener que renunciar  escribir en mi blog y suspender mi actividad en las redes sociales.

 

Y  si Mayo y Junio fueron agotadores, Julio fue ya el puro infierno. Casi pasé más tiempo apagando fuegos que me permitieran hacer mi trabajo, que llevando a cabo mis funciones, ya que una de las personas que se contratan para cubrir la temporada y que ocupaba un puesto clave, abandonó porque no aguantaba ni el ritmo, ni la tensión, quedándonos todos empantanados.

 

De esta forma, trabajando sin casi tener tiempo ni para pensar ni para respirar, se pasó Julio. Y ahí empecé a venirme abajo. Yo, que en primavera estuve ilusionada porque como parte de mis reivindicaciones había conseguido una persona más trabajando unas horas para dar apoyo al departamento…..¡Ingenua de mi, que confiaba que con esa ayuda podríamos sacar adelante el trabajo de verano de forma más eficiente, organizada y humana! La realidad es que me encontré con que el inesperado incremento de un 55% de las ventas en mi departamento hizo que ese apoyo se fuera en lograr no colapsarnos en el servicio. Pero para nada me evitó a mí el desgaste brutal que conlleva cada verano un empleo en un lugar donde la falta de previsión y organización se asume con un resignado  “es que en las empresas estacionales es lo que hay”.

 

Para rematar todo esto, en Julio  dejé el gimnasio. Empecé a sentir que incluso la rutina del deporte me pesaba…y me auto-engañé pensando que así, en vez de encerrarme en el gimnasio, aprovecharía el verano para hacer deporte al aire libre disfrutando de nadar en el mar. Pero al salir de trabajar, solo me apetecía tirarme tranquila a descansar un rato en un lugar silencioso y no ver a nadie. Y viviendo a escasos 150 metros de una de las playas más cuquis de la península, este año apenas he pisado la playa. A mi que me encanta el agua y empiezo a bañarme en el mes de Febrero apenas alarga el día y ya no te da la sensación de que te van a devorar los lobos por la calle en medio de la oscuridad y la lluvia….Da igual que en esas fechas esté helada;  para mi, pocas cosas pueden compararse al placer de bañarse en el mar. Pues este año, nada. Ni una tarde a nadar; en un año que ha sido el más soleado de los últimos 5 años y encima, sin plagas de medusas.

 

Por eso, si en Julio,  aun machacada físicamente mantuve el ánimo a fuerza de mucha determinación en sobrellevar las circunstancias con estoicismo, lo cierto es que en las últimas semanas, he caminado en una ciudad cada vez más vacía de coches y de gente, sintiéndome absolutamente triste y desanimada, hasta el punto de no reconocerme a mi misma.

 

Sin que me diera cuenta, lo que en coaching denominamos nuestro “yo patético” desplazó a mi “yo brillante”. Y empezó a provocar  esa sensación de que todo se nos tuerce. El “yo patético” que provoca el cansancio extremo no implica  grandes dramas, pero parece que nada puede salir como desearíamos o necesitamos. Poco a poco, nos invade la frustración y nos entra un punto de victimismo. La explicación es tan sencilla como que, al estar tan cansados, no tenemos ganas de organizar el tiempo de ocio de  forma “nutritiva”, de modo que podamos recargarnos. Y como no nos recargamos correctamente, cada vez estamos más cansados y perdemos perspectiva. Nos rallamos. Y cuanto más te “rayas” más perspectiva pierdes. Es un circulo diabólico que se retroalimenta  y va hundiéndote en una espiral de tristeza y desesperanza. Y cuanto más triste estás, más te desanimas y tiendes a ver la botella medio vacía o vacía entera. Y buscas todo lo que te confirma esa sensación que tienes….¿Os suena?

 

Y por ese efecto, yo, que soy pura actividad,  he pasado un verano anodino, rutinario y metida en casa los domingos, como no recuerdo ningúno verano desde hace años. Sin ganas de hacer nada, intentando tan sólo descansar y recuperarme para el lunes. Y cuando intentaba organizar un plan, parecía que todo fallaba y nada salía como yo hubiera necesitado.

 

Así que mientras en Agosto todos parecían disfrutar de sus vacaciones, yo acabé caminando con un corazón que pesaba como el plomo, sintiendo que mi verano había pasado.

 

¡Es tan breve, tan fugaz el verano aquí en el norte! ¡Y a la vez, tan bello cuando hace un tiempo soleado como el que hemos tenido! Y para mi ha pasado casi sin verlo, sin sentirlo, sin saborearlo, sin disfrutarlo… ¡para mi que soy doña momentos mágicos! Yo  que saco chispas a todo: a las puestas de sol en la Contxa buscando el rayo verde, al amanecer sobre los montes mientras hago deporte por la playa antes de entrar a trabajar o a las matas de hortensias que cuajan de rosa y azul la luz gris de los días nublados del norte, en el caserío que tiene mi madre en Francia.

PicMonkey Collage verano

 

Ahora, esa misma playa se cubre de sombras por las mañanas. Y las flores de hortensias muestran sus pétalos marrones, en una textura requemada, característica de final del estío. Y en el parque que bordea la oficina, veo las primeras e imperceptibles señales que anuncian la llegada del otoño; ya las hojas de los castaños de indias que sombrean sus avenidas y que en julio aún mostraban un verde oscuro y profundo, están retorcidas sobre si mismas y han virado a un seco color rojizo.  Viéndolas, así, agostadas y herrumbrosas, pienso que igual me encuentro yo: AGOSTADA.

 

Agostada por la frustración de este verano estéril. Donde todo ese esfuerzo  no ha estado dedicado a mi proyecto personal. Donde mi atención ha estado volcada fuera de mi misma y las cosas y personas que me importan. Yo la primera.

 

Agostada. Separada de mi energía, de mi vitalidad, como si mi resorte interno se hubiera roto. Marchita por entrar,  sin saber poner límites, en el juego maquiavélico de una demanda externa en la que el listón se pone tan alto, que para llegar a cumplir, tienes que olvidarte de ti mismo,  de tu vida. Algo que debemos confrontar con  demasiada frecuencia, si pienso, por ejemplo, en mis amigos de Madrid, que entran a las 9 a trabajar y no salen hasta las 7 para poder conservar su empleo en empresas cada vez más deshumanizadas, aunque sólo les paguen hasta las 5. ¿ Os suena?

 

Por suerte, las dos últimas semanas las he pasado recuperándome poco a poco y volviendo a ubicarme. Necesitaba algo tan importante como ejercer mi discernimiento respecto a lo ocurrido estos últimos meses y saber qué parte tengo yo en ello; entender dónde estoy respecto a esa situación vivida y qué necesito corregir  de mi misma o cambiar de lo que no aprecio.

 

¿Qué hace que cada verano tenga que pasar en mayor o menor medida por una situación en la que para poder sacar adelante el trabajo acabe perdiendo disponibilidad  para los que me rodean, humanidad y disfrute? ¿Deseo aceptar sin intentar cambiarlo que  el desempeño de mis funciones en la empresa este reñido con cuidar de mi misma y ocuparme de mis  necesidades?

 

¿Qué voy a hacer yo respecto a esa situación que parece reproducirse en mayor o menor medida cada verano en mi empresa? ¿Qué puedo hacer? ¿Hasta qué punto la causo yo y cómo quiero cambiarla?  

 

En breve me iré de vacaciones. Descansaré. Desconectaré. Iré recorriendo el delicado camino que me lleve de vuelta a mi misma. Sin embargo, antes me toca ejercer mi responsabilidad: si lo que vivo o veo no se corresponde con mis valores y mi visión del mundo, puedo elegir cambiarlo.  Si dejo pasar esta oportunidad y me pierdo en la facilidad del disfrute y del olvido, sé lo que me cabe esperar: que a la vuelta de la esquina, este verano se vuelva a repetir.

 

Por eso, hoy me recuerdo que somos las elecciones que tomamos cada día.

 

Creo firmemente en que nuestras decisiones de hoy conforman nuestro mañana. Y por eso, yo elijo provocar los cambios necesarios en mi y a través mío para que una situación así no vuelva a repetirse en mi vida. Podré tener éxito o fracasar en mi empeño. Pero no elegiré la indiferencia o la resignación.

 

De ahí que hoy haya querido compartir con vosotros esta triste experiencia. Sin duda hubiera preferido regresar con uno de esos post energéticos, que nos impulsan y nos elevan, invitándonos a soñar. Sin embargo, siento que en demasiadas ocasiones en nuestra vida pasamos por situaciones como estas: situaciones que nos marchitan, que nos roban nuestra savia vital. Y muy pocas veces vamos más allá de la queja y pasamos al auto- análisis, que es lo que nos permitirá extraer el aprendizaje para ejercer nuestra responsabilidad y aplicar los cambios que necesitaremos para no volver a caer en la misma trampa.  Hoy te invito a hacerlo.

 

Y tú: ¿qué eliges en tu día a día?

¿implicarte para provocar el cambio o la indiferencia?

 

Que tengas un gran día.

Soy María Díez Coach y con mi blog ofrezco un espacio de encuentro vital, reflexión y aprendizaje para personas comprometidas con su superación personal, familiar y laboral.

En él encontraras herramientas de inteligencia emocional para superar los obstáculos cotidianos y construirte una vida llena de fuerza, confianza y pasión. Una vida  a tu medida, que sientas que merece la pena vivir.

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